(Sexta de seis partes)

En México, cinco son los grandes momentos que suceden entre diciembre y principios de febrero: las posadas, del 16 al 24 de diciembre; la Navidad, también conocida como Noche Buena, el 24 de diciembre; el Año Viejo y el Año Nuevo, la noche del 31 de diciembre y el primero de enero; la Noche de Reyes, el 5 y el 6 de enero, y el Día de la Candelaria, el 2 de febrero. De esos jolgorios recuperamos la fiesta de Reyes, de la cual damos cuenta a través del relato de la pintura, la música y el teatro del retablo de los Santos Reyes en Metztitlán y las huellas de los Reyes Magos en Acaxochitlán.

El retablo de los Santos Reyes en Metztitlán

Desde la edad media, la vida de Jesús es un tema fundamental en el arte del cristianismo católico. Ilustrar la vida del redentor ha sido una tarea en la que pintores y escultores se han afanado desde hace muchos siglos. Al ocurrir la “conquista espiritual” de América, las necesidades de evangelización pusieron de relieve la urgencia de contar con imágenes para ser utilizadas en la catequesis.

Para mostrar los diversos pasajes de la vida de Cristo, los artistas no podían ceñirse a lo descrito en los textos canónicos u ortodoxos; tales relatos son muy escuetos y carecen de detalles, ya que su objetivo no es histórico, sino catequético, es decir, encaminado a trasmitir un mensaje ético y religioso, no a detenerse en detalles cotidianos como tema central.

En muchas ocasiones, los pintores y escultores se han atenido a los relatos conservados por la tradición e inclusive a los evangelios apócrifos, los cuales son pródigos en asuntos anecdóticos y fantasiosos.

La crucifixión y el nacimiento de Cristo son quizá los pasajes más profusamente ilustrados en la iconografía cristiana católica. La adoración de los Reyes es un pasaje que el evangelio de san Mateo relata de manera muy escueta:

“He aquí que habiendo nacido Jesús en Belén de Judea, durante el reinado de Herodes, unos magos vinieron de Oriente a Jerusalén”. El evangelista no especifica el número de “magos”, tampoco dice que se trataba de “reyes”, menos aún describe su fisonomía o su vestimenta. Fue la tradición la encargada de completar este pasaje. Determinó que fueran tres “Reyes Magos”: un anciano, de tez blanca y barba blanca o rubia; otro personaje más joven, de piel morena y barba negra, y por último, un hombre lampiño, de raza afrodescendiente. Sus vestimentas serían europeas, orientales y africanas, según el caso, e irían montados en un caballo, un camello y un elefante, respectivamente. La intención fue que estuvieran representados los tres continentes hasta entonces conocidos. Se dice también que cada quien ofreció al niño Dios un presente: incienso, oro y mirra. La misma tradición les otorgó nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar.

Los frailes de la orden de San Agustín, que predicaron el cristianismo a los naturales de la Sierra alta hidalguense, tuvieron una especial devoción a los Santos Reyes, y a ellos dedicaron la iglesia que construyeron en una de las más importantes poblaciones de esta zona: la de Metztitlán. Su fundación data de cerca de 1536, aunque la edificación del actual conjunto de la iglesia y el convento es posterior. El santuario se engalanó con la construcción de varios retablos barrocos, de los cuales el del altar mayor es verdaderamente destacado.

Se sabe que su autor fue un muy diestro tallador y dorador de la Ciudad de México llamado Salvador de Ocampo, a quien los habitantes de Metztitlán contrataron para que realizara la obra y la entregara para su estreno el día de la festividad de los Santos Reyes de 1698.

El retablo de Salvador de Ocampo posee tres cuerpos y un remate. Sus columnas son salomónicas y delimitan la calle central y tiene dos entrecalles a cada lado. En estas aparecen pinturas al óleo de Nicolás Rodríguez Juárez y en la central, en el segundo cuerpo, se colocó un relieve en madera con la “adoración de los Reyes”. En torno a este tema fue desarrollado todo el programa pictórico y escultórico del retablo, de acuerdo con una interpretación iconográfica: las tres pinturas del lado izquierdo representan, en orden ascendente, la adoración de los pastores, la circuncisión y la ascensión del señor; y las del lado derecho, el nacimiento de la Virgen, la presentación del niño en el templo y la asunción.

La adoración de los Reyes es conocida también como epifanía (manifestación, aparición), porque, de acuerdo con la exégesis católica, fue el momento en que Dios hecho hombre se manifestó a los hombres. Para entender la tradición de la epifanía conviene resumir la parte correspondiente del evangelio de san Mateo que le dio origen:

“Al llegar los magos preguntaron: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle?’ Cuando esto llegó a oídos del rey Herodes, se sobresaltó y con él toda Jerusalén. De inmediato llamó a los sabios, sacerdotes y escribas, con el fin de estar informado del lugar donde había de nacer el mesías (el anunciado por los profetas). Después de consultar en los libros, respondieron a Herodes que el mesías debía nacer en Belén de Judea. Esto a pesar de que Belén, de acuerdo con la escritura, era la menor entre todas las ciudades de Judea. Con esta información, Herodes llamó a los magos para conocer el momento de la aparición de la estrella. Después de hablar con ellos les dijo que fueran e indagaran cuidadosamente sobre ese niño y les recomendó que cuando lo hallaran, pronto se lo comunicaran a él para que también fuera a adorarlo. Después de oír al soberano, reanudaron su camino. La estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó a su destino y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver esto se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa. Vieron al niño con María, su madre y, postrándose, lo adoraron. Abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Por último, fueron avisados en sueños que no volvieran donde estaba Herodes, pues deseaba matar al niño, de manera que se retiraron a su país por otro camino.”

Este pasaje evangélico inspiró la bella composición en altorrelieve que ocupa el lugar central del retablo de Metztitlán. En la tabla se talló la figura del niño Jesús sentado sobre las piernas de la Virgen María. Ambos personajes inclinan la cabeza para mirar a uno de los Reyes Magos, quien ha depositado su turbante en el piso y, arrodillado, besa uno de los pies del niño. Este alarga el brazo derecho para tocarle la cabeza. Atrás, de pie, los otros dos reyes sostienen los dones que le han llevado en dorados recipientes. También aparece un personaje del séquito de los magos y, por supuesto, san José, quien inclina la cabeza para observar lo que ocurre. En la parte superior del relieve se observan las columnas del recinto donde se encontraban y, en el cielo, la estrella de ocho picos que lanza un resplandor sobre los protagonistas.

Por fortuna, este relieve y el retablo en general fue limpiado del polvo que al cabo de muchos años lo cubría, impidiendo que luciera en todo su esplendor. Así, restaurado, puede admirarse mejor una de las obras más valiosas del barroco salomónico, no solo de Hidalgo, sino del país, que además tiene la suerte de que la documentación donde se da cuenta de su fabricación, costos y autores, se ha conservado hasta nuestros días.

Víctor Manuel Ballesteros García

Las huellas de los Reyes Magos en Acaxochitlán

Era la década de 1960 y yo tendría aproximadamente nueve o 10 años. Recuerdo que me gustaba mucho la época navideña y la emoción iniciaba más o menos a finales de octubre, cuando mi padre, don Humberto Ponce Perea, nos llevaba en familia al bosque para invitarnos a la bondad y al bien ser. Normalmente visitábamos una pequeña propiedad de mi abuelo, La Huertita, rodeada de pinos y un camino de terracería por donde transitaban lo mismo cuadrúpedos de carga que bicicletas y vehículos motorizados.

Salíamos de casa cuando estaba por ponerse el Sol y mi padre calculaba muy bien el retorno para cuando el cielo estuviera cuajado de estrellas. Entonces venía el momento mágico. Mirando al cielo, nos decía: “Observen la estrella más grande, esa que tiene más luz. Allí viven los Santos Reyes. Desde ella observan a todos los niños que se portan bien, y allí es donde fabrican sus juguetes”.

No recuerdo en mi niñez momentos de mayor emoción que esos días en los que nuestros padres nos regalaban ese paseo vespertino, para encontrarnos con la magia de poder observar aquella estrella, la más grande, e imaginar cómo serían elaborados nuestros juguetes.

Más avanzado el año, casi a fines de noviembre, el pueblo empezaba a vivir un ambiente navideño. Recuerdo que el único lugar donde podíamos acudir a ver los adornos de época era en la farmacia Rex, del doctor Zigler, siempre engalanada con focos de color rojo, de bombilla grande, de esos que ni siquiera parpadeaban.

La parte sustancial de esa época la tenía el nacimiento del niño Jesús, y en esta parte jugaba un rol primordial la familia Téllez, cuyas mujeres desempeñaron el papel de catequistas de muchas generaciones en el pueblo y junto con sus hermanos, inquietos y creativos, colaboraban en el desarrollo de las posadas. Eran eventos muy sencillos y sanos, donde esa familia tenía la virtud de coordinarnos a todos para cantar y rezar las letanías.

Me acuerdo que la fachada de la casa de las tías Téllez era adornada con unos faroles que mandaban hacer con varitas cuadradas y papel de china. Les daban forma de farol, como de unos 30 a 35 centímetros, y en la parte interior le ponían una vela. A algunos de nosotros nos daban un farol de esos y otros los dejaban colocados en las paredes con su vela encendida. Cuando se iniciaba la procesión, para ir con los peregrinos, algunos de nosotros llevábamos uno de esos faroles; otros llevaban velitas de colores muy llamativas: verde, rojo, morado, amarillo.

Con esas velitas teníamos que ir iluminando el trayecto. Nos daban también unos silbatos de lámina, pequeñitos, que en el interior traían un garbanzo; ese garbanzo, cuando uno soplaba, se movía por dentro y hacía muchísimo escándalo.

Recuerdo que en cierta parte de la liturgia nos indicaban a todos que silbáramos, y era algo muy especial escuchar a toda la gente que acudía usando aquellos silbatitos con tanto entusiasmo. Se hacía una escandalera fenomenal.

Otra parte emocionante de esas celebraciones era el reparto de los aguinaldos, otorgados y a veces preparados por los comerciantes de las tiendas principales del pueblo.

Consistían en una bolsita de papel de estraza donde, por lo regular, metían golosinas y frutas de temporada en la siguiente proporción: un 50 por ciento de galletas de animalitos, 20 por ciento de tejocotes, un poco de colación, cañas y eventualmente una naranja. La novena y última posada era esperada con cierta expectación, ya que quienes la organizaban procuraban lucirse. Cuando la aparición del plástico era toda una novedad, recibir una pequeña canastita de plástico saturada de colación era sumar un nuevo tesoro a nuestras propiedades infantiles. Esa se nos entregaba después de escuchar la homilía. Nos formaban.

El centro de socialización del pueblo, por supuesto, era la iglesia, donde lo mismo se cumplía con los deberes religiosos que se gestaban los noviazgos y las travesuras más divertidas. En ese entonces, el pueblo era muy frío; los inviernos nublados, helados, con lloviznita, con aguanieve, con bastante frío. La localidad se nublaba completamente, y la gente no acostumbraba chamarras. Iban los señores con sus cobijas, unas cobijas de lana muy gruesas; algunos otros con sus cotorinas, también de lana, bastante gruesas; las señoras, por lo regular, iban con chales o rebozos, igual de lana, hasta cierto punto gruesos.

Los pisuelos1 tenían un atractivo especial para algunos de nosotros, invitándonos a unir señores con señoras, muchachos con muchachas. Procedíamos a amarrar esos pisuelos y a retirarnos de inmediato del lugar. Cuando la gente se daba cuenta de que estaba amarrada, si la relación entre ellos era amigable, no pasaba de sonreírse mutuamente y proceder a desatarse; pero cuando la amistad entre ellos no era buena, el disgusto era mayúsculo y, para abreviar el desatamiento, terminaban cortando los pisuelos porque era urgente salir a romper la piñata. Recuerdo que esa era una o, cuando mucho, dos. Era una verdadera algarabía proceder a quebrar la piñata y después buscar por el piso los fragmentos de barro forrado de papel de china: hacerse de uno de esos tepalcates era sumar un trofeo más de una hazaña navideña.

Terminadas las posadas venía la espera sublime: la llegada de los Reyes Magos. Las tías Téllez no dejaban pasar tan rica ocasión para que los niños del pueblo juntásemos obras dignas del niño Jesús, y así, nos pedían tener listas pequeñas pajas de cebada para hacer patente nuestras buenas obras en el nacimiento. Era un tiempo lindo de verdad. Nos regocijábamos al poner una o dos pajitas por haber ayudado a nuestros padres en los quehaceres de la casa, cuidando a los más pequeños y hasta evitando los rezongos a nuestros mayores. Era nuestra preparación previa para recibir dignamente a los Santos Reyes, porque, desde luego, el tal Santa Claus no había hecho su aparición en el pueblo, por lo menos de manera popular para regalar aguinaldos.

En las mismas épocas se empezaban a hacer presentes los juguetes fabricados en serie. Las marcas Lilí y Ledí iniciaban su incursión en el pueblo a través de la farmacia Rex. Para la mayor parte de nuestros padres, los juguetes de tales marcas eran inaccesibles. Sin embargo, eso no impedía que los infantes del pueblo asistiéramos con toda nuestra inocencia a observar los juguetes de moda.

La noche previa a la llegada de los Reyes Magos, es decir, el día 5 de enero, nosotros les poníamos nuestra carta. Eran momentos de mucha emoción. Poníamos los juguetes que nos habían traído el año anterior o los años anteriores para demostrarles que éramos cuidadosos y buenos. Y lo más emocionante de ese día, concretamente yo recuerdo que era, en primer lugar, el hecho de no poder conciliar el sueño. Era bien difícil dormir sabiendo que los Reyes venían volando por el cielo y que traían ya nuestros juguetes. Pero era también muy emocionante porque mis padres nos inculcaron la fantasía; de manera implícita también la bondad y la gratitud, ya que nos decían que hiciéramos algo para agradecer a los Reyes Magos el hecho de que nos trajeran un obsequio.

Entonces, lo que hacíamos era organizarnos y entre mis hermanas y yo, con los pocos recursos que teníamos a nuestro alcance, comprábamos por ejemplo 10 centavos de frijolitos y se los poníamos en un cajetito de los jueguitos de té que eventualmente les dejaban a mis hermanas. Me acuerdo mucho que a mi hermana Rosalba le gustaba freír galletas de animalitos en aceite y se las dejaba a los Reyes Magos, doradas en un plato. Esos eran los obsequios que les dábamos nosotros.

También hacíamos una jarrita con agua de limón y dejábamos ahí tres vasos. Obviamente nuestro zapato, nuestra carta. Yo en especial acudía a los lotes baldíos con tres costales e iba con una hoz a cortar lenguas de vaca –que en ese entonces eran unas lenguas verdaderamente hermosas, porque eran grandotas–, y cortaba muchas.

Llenaba los tres costales y los dejábamos en el patio, junto con tres cubetas con agua. La finalidad de esto era también agradecerle al camello, al elefante y al caballo de los Reyes Magos, porque sabíamos que venían volando por el cielo, fatigados y cansados de andar recorriendo todo el mundo en tan solo las horas que les permitía la oscuridad de la noche; entonces, obviamente debían de venir muy cansados. Y mientras los Reyes Magos bajaban a nuestra casa, leían nuestras cartitas, revisaban nuestros juguetes y se comían lo que mi hermana les había preparado, yo sabía que en ese lapso los tres animales aprovechaban para consumir la pastura que yo les había cortado.

Era algo verdaderamente increíble. Ahora incluso lo recuerdo y se me hace un nudo en la garganta, porque era una fantasía tan penetrante el hecho de salir al día siguiente y ver lo que nos habían traído. A mí me halagaba mucho recibir el regalo. Pero para mí era particularmente especial, algo fastuoso, algo mágico, algo verdaderamente increíble salir al lugar donde había dejado la pastura y el agua y maravillarme de encontrar huellas raras marcadas en el suelo (que era de tierra) y ver que las cubetas ya no tenían el agua que le habíamos dejado. Algunas de ellas a veces estaban en otra posición, o a veces volteadas, incluso enlodadas, como si algún animal hubiera consumido el agua que había dejado. Por lógica, también la pastura ya no estaba: estaban los costales vacíos. Y lo más sorprendente era que yo siempre encontraba en el suelo huellas de elefante, huellas de camello y huellas de caballo. Repito, a mí me halagaba mucho recibir un regalo; pero lo más importante era poder constatar que ahí, en mi casa, habían estado parados un elefante, un camello y un caballo, y que esos tres Reyes Magos habían estado a cierta hora de la noche leyendo nuestras cartas y constatando nuestra inocencia.

Esa fantasía, alimentada por nuestros padres y abuelos, era el regalo más bello que recibíamos. Ella nos hacía ver las muñecas de trapo y barro, los carritos de hoja de lata, los de madera y los trastecitos de barro como los juguetes más hermosos, ya que habían sido elaborados exclusivamente para cada uno de nosotros y eso los hacía únicos.

Humberto Ponce Rivero

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