El estado de Hidalgo se ha distinguido, en las últimas dos décadas, por su mala suerte con los grandes proyectos. Es muy conocida la historia del fallido aeropuerto de Tizayuca, que estuvo en ciernes desde el sexenio de Jesús Murillo y que ha sido revivido y sepultado en varias ocasiones. Su última muerte, por cierto, fue anunciada por el gobernador Omar Fayad, quien hace apenas unas semanas dijo que ya no buscaría impulsar la construcción de un aeropuerto alterno para la Ciudad de México en ese municipio del sur del estado y que más bien colaboraría en la consolidación de la nueva terminal en Santa Lucía, Estado de México. Otro de los grandes proyectos frustrados fue la refinería Bicentenario, que se levantaría durante el sexenio de Felipe Calderón. Como todos sabemos, el proyecto quedó en una barda perimetral que le implicó a Hidalgo contratar una deuda de mil 500 millones de pesos para comprar el terreno en el que supuestamente se construiría el complejo. En 2014, el proyecto fue cancelado oficialmente y desde entonces 700 hectáreas se encuentran ociosas… otro elefante blanco para nuestra entidad. Ayer, el presidente Andrés Manuel López Obrador reveló que ya buscan una vocación para ese terreno y barajeó que podría construirse un centro de distribución de combustible, dada la ubicación de ese lugar, colindante con la refinería Miguel Hidalgo y muy cerca de la Zona Metropolitana del Valle de México. Al menos, si finalmente se concreta esa idea, el exproyecto de la refinería Bicentenario tendrá un uso parecido para el que originalmente fue concebido. Sería muy positivo que al menos pudiéramos deshacernos de uno de nuestros magnos elefantes blancos. De filón. Y hablando de megaproyectos, ojalá que no tenga la misma suerte que el aeropuerto de Tizayuca y la refinería Bicentenario el plan Sincrotrón, cuyo costo, según la investigadora María Brenda Valderrama Blanco, implicará una erogación de 20 mil millones de pesos durante una década.

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