Las cuatro palabrotas que presentamos a continuación son viejos términos que los españoles solían emplear hace siglos, pero que han caído en desuso. Un par de ellas se usa a manera de votos –maldiciones en demostración de ira del tipo “¡voto a 100 mil legiones de demonios!”–, mientras que las otras son eufemismos de expresiones impronunciables para la gente pudorosa y decente.

¡Malhaya! Según el DRAE, es una “locución interjectiva usada con intención imprecatoria”. Proviene de unir mal y haya –que haya mal–, se usa a modo de maldición y básicamente equivale a maldito. En 1904, Manuel de Falla compuso una ópera titulada La vida breve, cuyo coro central dice:
“¡Malhaya quien nace yunque en vez de nacer martillo!”

¡Mecachis! La Real Academia Española afirma que se trata de una “interjección usada para expresar extrañeza o enfado”, mientras que el Diccionario sohez del español cotidiano la califica de “ñoña”. Sin embargo, su origen no puede recibir este calificativo, ya que hablamos de la contracción de “me cago”, y si además agregamos que las frases originales son “me cago en Dios” y “me cago en la Virgen”, incluso resulta sacrílega. Por ello se ha llevado lejos el eufemismo, hasta el punto de convertir dichas expresiones en ¡mecachis en diez! y ¡mecachis en la mar! No se sabe desde cuándo se usa, pero ya en el siglo XIX vivió un caricaturista cuyo nombre artístico era precisamente Mecachis. La palabrota ha tenido sus épocas de modita: la última de ellas fue hace unos 30 años. Sin embargo, el ¡mecachis! se niega a morir y aún se usa, ¿por qué no?, en traducciones castizas de novelas rosas, con títulos del tipo Un mundo entre tú y yo (2010), donde la protagonista exclama:
“¡Mecachis! Esa silla me ha puesto la zancadilla, Jane. ¡Y ahora la silla se está riendo!”

¡Pardiez! Es un arcaísmo que igualmente podría venir de dos lenguas –los especialistas no se ponen de acuerdo–: del francés par Dieu o del latín per Deum. De cualquier forma, esta exclamación coloquial se usaba como eufemismo de “por Dios”, para evitar la irreverencia, como dice María Moliner, quien agrega que es también un sustituto de “¡caramba!”. El ¡pardiez! Puede detectarse en muchas viejas novelas de caballería, en las que se usaba a modo de juramento. Muchos autores del Siglo de Oro español recurrieron a ella, empezando por Miguel de Cervantes Saavedra en su Don Quijote de la Mancha:
“¡Pardiez!, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie.”

¡Rediez! Nuevamente nos encontramos con un eufemismo, esta vez por ¡rediós! Si bien dos diccionarios –DRAE y Espasa Calpe– aseguran que esta interjección coloquial indica extrañeza, admiración o sorpresa, el Diccionario sohez agrega que se trata de “una exclamación de mucho enfado”. Revolviendo el baúl de las antiguallas, ¡rediez!, encontramos un versito en cierta obra de teatro de revista llamada La primera centinela (1914), del pícaro autor español Manuel Fernández Palomero:
“¡Rediez con el gobierno! ¡Rediez con el poder! ¡Rediez, cómo está todo! ¡Rediez, rediez, rediez!”
¡Rediez!

El que transa no avanza

Es un libro enfocado en un problema que ha acompañado al ser humano desde que se asumió como un ser político y social: la corrupción. En sus páginas recorremos sus antecedentes, causas, participantes, ofensores y ofendidos, víctimas, métodos y esfuerzos para combatirla, pero analizándolos de una manera inteligente y con sentido del humor. Si alguna vez se ha preguntado por qué damos “mordidas” o nos arreglamos “bajo el agua”, este texto es perfecto para usted.

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