Hace poco encontré en Internet un testimonio que yo escribí en la década de 1990 y que recibió una mención honorífica en los concursos de Biografía y Autobiografía que hace Documentación y Estudios de Mujeres (DEMAC), gracias a la generosidad de Amparo Espinosa. Mi testimonio aborda dos momentos que marcan la vida de toda mujer: ser madre y decidir no serlo. La segunda parte del libro es desgarradora pero esperanzadora, ya que pese a la fuerte decisión que alguna vez tuve que tomar, en mi texto prefiero cerrar con la decisión que ilumina mi corazón remendado: tener un hijo, un hijo llamado Baruch, que este 17 de octubre cumplió 24 años.
Toparme con este texto, a años luz de no leerlo, realmente me sorprendió y me conmovió. Hace mucho que no leía cada uno de esos capítulos, cada una de mis palabras, de la mujer que fui cuando me miré un día al espejo y empecé a imaginar si yo podía ser madre, si estaba preparada para esa gran labor, si alguien una vez me diría mamá.
Después el miedo y la alegría, salir del consultorio del ginecólogo cantando “qué alegre va María, esperando a su hijo va, a su hijo que pronto vendrá”. Esos días de antojo, la primera vez que lo descubrí moverse dentro de mí y llenar de extraños “chipotes” mi panza. Mi cuerpo que cambiaba y cambiaba para darle espacio, crecer, acompañarme por la vida. Y el momento del parto, ir con mis calcetas rojas de la buena suerte, que no me dejé quitar. La forma en que mi nube gozosa desapareció dejando mi sexo al descubierto. Entrar al quirófano, darle lata al anestesista: ¿Ya, ya, ya? Y escuchar ese llanto que paró mi corazón por unos segundos, hizo brotar mis lágrimas más felices pero también más extrañas, yo ya era mamá. Tenerlo entre mis brazos y sorprenderme de la forma en que me miraba, curioso, divertido, como preguntándose si esa señora podría cuidarlo.
Todavía no lo sé, simplemente sé que lo amo con el amor más profundo y desgastante que he podido sentir por alguien. Amantarlo, arrullarlo, cuidarlo cuando se enfermaba, sus primeros pasos, la primera vez que me dijo “mamá”. Acompañarlo a su primer día de escuela, sus travesuras y sus enojos, los buenos ratos. Y en ese testimonio me delato todita, detallo lo que es vivir en el castillo del maternazgo y sobrevivir a puro amor gozoso, desgastante, honesto, total.
En el último párrafo jugué a la gitana, escribí: “Y lo que me falta de aquí a sus novias, de aquí a lo que quiera estudiar…” Y nuestra historia sigue años después, ahora ya titulado, demostrándome el excelente psicólogo que ya es cuando me entran mis locuras o depresiones. Y la novia cerquita de él y dejándose querer por la familia completa. Sus gritos cuando anota su equipo favorito o cuando todavía juega con su amigo Carlitos. Su manera de darme lata y preguntar lo que habrá de comer para rechazar todo y decirme que prefiere “vómito de perro”. Nuestras escapadas a la pizza y a la Ciudad de México para comprar libros y libros. Su voz diciéndome: “Madre”. Leyendo mis textos y despeinando mis cabellos para felicitarme. Y lo que me falta… Feliz cumple, querido Baruch.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.