Tecleo ese término médico en mi computadora, me preocupo: hipertensión. Busco su significado porque es una palabra que quiebra un poco la voz de mi mejor amiga cuando, como siempre, me comparte sus preocupaciones. Deletrea esa enfermedad pero sin perder esa fortaleza que tanto le admiro.
Al leer significados, puedo justificar absurdamente el incremento de la presión sanguínea en sus arterias porque su ritmo de vida es de acelere, entrega y pasiones totales. Ahí está, pendiente de Raquel y Carlos, sus hijos adolescentes que ya hacen su vida y a quienes, pese el feminismo de mi amiga, nunca ha negado ese “maternazgo” abnegado. Las horas y horas entregadas al compromiso de la docencia y lidiar con un ambiente de flojera y otras veces de fascinación. Planear la clase, buscar nuevas lecturas, leer algunas tareas fatales hasta ensayos muy precisos. Las investigaciones, las colaboraciones, las conferencias más las escapaditas a tomar un cafecito, a brindar por nuestra amistad ya de 30 años. Y hasta desgata cuando esquiva villanas que por envidia ponen todas las piedras existentes y por existir en el camino de la jornada profesional.
Un nudo en la garganta me impide leer en voz alta si hoy su presión está sistólica o diastólica. Soy incapaz de confesarle que odio si el tal flujo sanguíneo se ha modificado adrede para joder a nuestros corazones, si sus vasos sanguíneos brindan entre ellos para mantener la presión en ese porcentaje normal. Si el remodelado de la pared de las arteriolas de resistencia de verdad está resistiendo con la misma fuerza que ha caracterizado la vida de mi amiga.
Ella se niega a considerarse enferma, anormal o una paciente abnegada. Menos bautizarse con esa palabra que no nos gusta: hipertensa. Pero también sabe que hoy más que nunca seguirá disciplinada, saboreando sus amadas verduras o asando esos salmones deliciosos. Una copa de vino para brindar por sí misma. Una pastillita que equilibrará esa presión bendita. Bombear cada mañana ese aparato raro que reportará una presión que apueste por la equidad.
A veces no comprende cómo algunas personas con hipertensión parecen resignadas o se han conformado con su estado de salud. Posiblemente porque ella siempre ha sido una luchadora. Por eso le digo que trate de no preocuparse, que durante toda su vida ha creado estrategias para quererse bien y aceptar los retos. La apapacho y le aconsejo continuar, lo que hará puede ser un ritual por la buena salud: tomar el medicamento recetado. Sé que va seguir como siempre aunque el pulso murmure quedito: hipertensión, hipertensión…
De lo que sí estoy más segura es que estaré junto a ella porque la amistad entre nosotras es leal, gozosa, cómplice y llena de sororidad de la buena. Hemos estado juntas en momentos memorables de nuestras vidas pero más en los difíciles como la situación que hoy enfrenta. El malestar ahí está, pero esa enfermedad debe tener muy claro que adelantito de ella va una mujer fuerte como siempre es y será mi amiga que se levanta gozosa cada mañana porque avanza más allá de una hipertensión.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.