La salida de Diana de la cárcel fue un momento de indescriptible alegría para mí, pero fue un momento agridulce en el que predominó, después de un instante de intensa felicidad, la tristeza.

La mujer que volvió a ser libre seguía encerrada tras unas rejas peor que los barrotes fríos y duros de la cárcel. Su mente seguía adentro, aunque su cuerpo deambulara a mi lado.

Creí que pasado el tiempo su alma sanaría, pero estaba equivocado. Su miedo era demasiado profundo: estaba arraigado en las raíces de su espíritu con demasiada fuerza. Ella no se podía desprender del mal que le habían hecho.

Un esbozo de sonrisa apareció en su rostro cuando Pablito se abalanzó con las manos extendidas hacia ella y le dijo mamá. Solo fue un instante, demasiado breve para dejar huella.

Rápidamente se fue a su habitación y cerró las persianas para quedar en completa oscuridad. Se metió en la cama y vestida se arrebujó debajo de las mantas. Solo quería dormir eternamente.

Los días siguientes no fueron mejor, apenas se levantaba y comía muy poco. Temí que se pusiera enferma y no pudiera hacer nada. Me recomendaron un especialista de los nervios y la llevé como pude.

El psiquiatra recomendó unos fármacos que la hacían dormir más. Se encontraba aparentemente tranquila, aunque por la noche tenía unas pesadillas horribles y se levantaba bañada en sudor.

Me encontraba impotente y sin saber qué hacer. El niño seguía bajo el cuidado de la portera, quien viendo la situación nunca lo abandonó. Pablito tampoco comprendía por qué su mamá era tan indiferente con él.

Algunos vecinos empezaron a murmurar sobre la locura de Diana y expresaron temor de que les hiciera daño, aunque ella era incapaz de matar una mosca y de murmurar una palabra más alta que otra.

De repente se había convertido en el monstruo de atracción del cual murmuran todos. Por suerte mi mujer era ajena a todo ello y seguía viviendo en su mundo, tan alejada de ellos como de cualquier otro.

Así pasaron tres años, sin que hubiera un ápice de mejoría en su estado mental. Pablito crecía sin su madre y yo padecía su ausencia más que nadie. Seguía amándola demasiado para abandonarla.

No hice caso de quienes me recomendaban internarla en San Boi de Llobregat, un centro de salud mental, decían. En realidad un manicomio donde se dejaban tirados a los enfermos de la cabeza que eran pobres.

Cada día despertaba con la esperanza renovada de que reaccionara, cada noche me acostaba con la sensación de que al día siguiente despertaría de su pesadilla, que volvería a la vida.

Las nubes siguieron cruzando el cielo amenazando tormenta. La negrura de su faz presagiaba los perores augurios. Pero yo me resistía a cederles el paso y dejarme arrastrar por las turbulencias que anunciaban.

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