Se nos hizo de noche durante el paseo al puerto. Ya no nos soltamos las manos desde el beso y permanecimos un rato en silencio mirando el horizonte compuesto de luces que se iban alejando y acercando, “como un cielo que se cae y se vuelve a levantar”, dijo ella en algún momento.

Escuchamos las campanas de la catedral. Eran las nueve de la noche y hacía un poco de frío cuando arreciaba la brisa marina. La abracé y ella se arrebujó entre mis brazos. Hizo un sonido como de ronroneo feliz y me acarició el rostro suavemente.

En un momento se separó de mí y empezó a correr invitándome a que la siguiera. La seguí por unas callejuelas que desde el Paralelo se adentraban hacia el Rabal. De vez en cuando se paraba y volteaba para comprobar si la seguía.

De pronto se paró y me tomó de la mano. Entramos en una casa que tenía una luz roja en la entrada. En un segundo pagó una habitación a una mujer que nos miró sin vernos. El cuarto era cochambroso y oscuro. Una luz de neón, la misma que habíamos visto al entrar, parpadeaba intermitentemente.

No nos fue muy bien, ambos éramos demasiado inocentes. Lo mejor fueron los veinte minutos que nos quedaron. En ellos nos miramos en silencio y comprendimos sin palabras todo lo que éramos el uno para el otro.

Se fue a vivir conmigo a la casa de la búlgara, quien estuvo feliz de que viviéramos con ella. Diana le era de mucha ayuda y yo intentaba colaborar en lo que podía. La universidad por fin se había abierto y las clases y debates políticos habían vuelto. Era muy feliz.

Poco tiempo después, Diana quedó embarazada y yo empecé a trabajar en una librería de viejo llamada El Tiempo. La regía un viejo anarquista que no había perdido la fe en el hombre, pese haber sufrido mucha represalia. Se llamaba Pablo a secas, lo de los dones y los señores se lo dejaba a otros, decía.

Hicimos una gran amistad y a cada rato los cuatro, Diana y la búlgara siempre se unían, hablábamos de política o de cualquier otra cosa. Siempre me prestaba libros prohibidos que luego yo le daba a Diana.

A nuestro hijo le llamamos Pablo en su honor. Dos años después de que naciera me titulé con honores de la Universidad de Barcelona. Hicimos una fiesta magnífica con los amigos. Mis padres no pudieron venir del pueblo.

Dejé la librería de Pablo y empecé a trabajar de abogado en un despacho que defendía a los más necesitados. No ganaba mucho, pero era mi vocación. Diana me apoyaba. Ambos nos afiliamos al partido comunista, que era ilegal, y hacíamos trabajo clandestino. La Policía, sin que lo supiéramos, seguía nuestros pasos.

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