Estamos ante las puertas de 2020. No se trata solo de una fecha más; es el cierre de una década y el comienzo de una nueva, sin precedentes y poblada de incógnitas. Es un momento de repaso y la reflexión que uno arrebate al vértigo del presente. No obstante, el optimismo que ello representa, la realidad es que el hombre apenas ha logrado diferenciarse del sujeto del pasado y sus valores se han modificado muy poco. Dicho de otra forma, el hombre sigue siendo el mismo, no ha evolucionado.

Internet, los apéndices tecnológicos que se han desprendido de él y cómo son usados, representan la cúspide de absolutamente todo lo que parece haber logrado desde la aparición de la world wide web (www) en 1987. Toda una ironía cuando se toma en cuenta que Internet es parte de un proyecto militar semiabandonado que luego se engancharía a la investigación de las colisiones de hadrones y cuya ingeniería terminaría por inyectar más potencia al proyecto. Es decir, el progreso tecnológico más representativo de la actualidad proviene de ideas a las que en su momento no se dio importancia o fueron desechadas.

Y, para el caso, ¿en qué consiste la idea de progreso? Paradójicamente, la noción, el concepto “progreso” es de origen tardío y proviene de la edad media, alrededor del siglo XII, ligado a conceptos de carácter religioso. Pero ya iniciado el siglo XX, dadas la primera y segunda Guerra Mundial en calidad de coyunturas políticas, sociales, ideológicas y económicas de los centros neurálgicos que representaron Europa y Asia durante el conflicto armado, a partir de ellos surge un problema que consiste justo en determinar el porqué de un fenómeno que atrae la atención de los especialistas en humanidades: la crisis de valores.

Nisbet se encargará de ver que lejos de un escándalo de conciencias ociosas, que se perturban ante nimiedades, el análisis del concepto y la lucidez que sobre “el progreso” se tenga nos mostrará cómo el pensamiento occidental se ha manifestado en una prodigiosa capacidad de síntesis para encapsular las inquietudes sobre un origen que se presentó en un pasado remoto y cómo a partir de él debe existir el molde para un porvenir.

Gracias a que Occidente vio en los frutos de la ciencia uno de los combustibles para el cambio desde muy temprano, además de una salida de la barbarie, también fue posible su contradicción y hasta el disfraz integral de una idea de origen religioso, asimilada por la ciencia como una necesidad operativa fundamental, transitar de un estado de origen hacia otro de cambio y transformación. Así, durante el proceso, la falta de un énfasis de carácter humano y social se volvió pura inercia sin meditación ni reflexión sobre los resultados.

Historia de la idea de progreso es un libro de Nisbet que se escribió a punto de concluir el siglo XX, poco antes de la emergencia de las colectividades hambrientas de la justicia social que se ha dado en el ámbito de los derechos humanos, así como la actual conciencia ecológica.

Antes de finalizar su texto y para cualquiera nacido décadas antes del comienzo del siglo XXI, es bien clara la existencia de un apetito por la justicia colectiva, misma que tras la caída del muro de Berlín no había forma de asociar a una simpatía política ni social concreta, pero gracias a la emergencia de Internet, en lugar de una necesidad mesiánica resuelta, se volteó hacia la simpatía grupal.

Así, antes de la llegada de esa nochebuena, recordemos a través del dub parte de lo que Bob Marley en su momento buscó con la música: hacer que la realidad pasara por un efecto de ralenti, primero para abonar a la gente un descanso y desde ese relajamiento permitirse la oportunidad para mirar las cosas desde otra perspectiva, menos persecutoria.

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