CÉSAR L AYALA

Pachuca.- Otros ejemplos de cultura, religión y sexualidad aparecen en el Antiguo Testamento que partía de la tradición hebrea, con el sexo enmarcado en el matrimonio pero considerado tanto una obligación como una alegría; los textos antiguos del Siglo I en Nag Hammadi, Egipto, que evidencian las diferentes creencias y prácticas de los diferentes grupos cristianos, considerados heréticos en el siglo III, escondidos en parte por los monjes benedictinos y quemados en el siglo V para dar lugar a la unión del Antiguo y Nuevo Testamento en la Biblia e institucionalizar una sola verdad, una ortodoxia que unió a los cristianos frente a las persecuciones pero determinó una sola moral sexual y la intolerancia a versiones discrepantes. Esa moral sexual se vio fuertemente determinada por las creencias del siglo IV mantenidas por San Agustín, el denominado padre de la Iglesia católica, quien afirmaba que nada hacía descender la mente viril de las alturas a tal grado, como las caricias de una mujer, y se sentía culpable de su experiencia sexual pasada. Para él, la sexualidad y la procreación eran inseparables y sostenía que “el deseo sexual es una tendencia animal pero podría ser justificada y orientada hacia el bien, siempre y cuando el acto sexual tuviera como finalidad la procreación”.

Con la Biblia, se exhortaba a crecer y multiplicarse, siendo el sexo reproductivo una obligación y el sexo sin hijos, una ofensa o una maldición. Se condenaba así la prostitución, la homosexualidad y la masturbación.

La mujer fue idealizada y admirada, pero circunscrita al rol mujer-madre, santificando sus atributos maternales, nurturantes, de cuidado y expresividad de sentimientos positivos. La Biblia secreta de Santo Tomás dice que “María debe ser excluida por ser mujer, no merecedora de la vida”.

Para historiadores de las religiones, Eva era una diosa de la fertilidad reverenciada, que luego fue maldita al acusársele de causar la muerte y el mal.

Los grupos de poder político y religioso quedaron limitados a hombres y con la instauración del patriarcado reinó la dominación sobre la mujer bajo el pretexto de la protección de la familia.

Aún hoy los judíos ortodoxos agradecen a su dios no haber nacido mujeres y en la Muralla de las Lamentaciones se segrega a mujeres de hombres.

En la polarización hedonismo-ascetismo, el cristianismo encontró tierra fértil para desarrollarse y se creó la ética sexual cristiana. San Pablo postuló a la soltería y la abstinencia como ideales y, para la mayoría que no puede lograrlos, propuso el matrimonio como forma de legitimar la pasión y la lujuria.

La figura bíblica de Eva se asociaba con el pecado original, pagando con los dolores de parto. El matrimonio dejó de ser una cuestión civil cuando la Iglesia asumió su jurisdicción y estableció reglas para la conducta sexual, en base a la concepción del sexo como pecado.

Con la fusión de culturas las ideas orientales sobre el espíritu y la vida después de la muerte produjeron ansiedad sobre el comportamiento en la tierra y el ascetismo cobró fuerza.

La religión Cananita prejudaica que había prevalecido venerando a dioses de ambos sexos, con diosas de la fertilidad y sacerdotisas, tuvo que cambiar para dar lugar a religiones monoteístas como el dios judío Jahvé, masculino.

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