La ciudad de Mujia se encontraba situada en un extenso valle que regaban las aguas del Tigris. Era conocida por sus hermosas avenidas y esplendidas fuentes, donde el cansado viajero gozaba de un agua fresca sin igual.

Vivía en esa ciudad un panadero llamado Nuj, que en el momento que inicia esta historia no tendría más allá de 19 años. Ese joven, pese haber sido pretendido por los mejores partidos de la ciudad, seguía solero. Nadie se explicaba por qué tan excelente muchacho había rechazado una por una todas las proposiciones de matrimonio que las mejores familias le habían hecho.

El caso es que guardaba un secreto muy adentro de su corazón y nadie lo conocía, salvo él mismo, claro está. Ese secreto estaba íntimamente ligado a sus reiteradas negativas, las cuales al principio causaron extrañeza, aunque después las malas lenguas hicieron su aparición, dando lugar a las más crueles murmuraciones hacia su persona.

Nuj, ajeno a todo ello, seguía trabajando desde la madrugada hasta el atardecer en el negocio de sus padres, quienes en verdad sufrían por el comportamiento de su único hijo. Se extrañaban de que el muchacho continuamente, y sin dar explicación alguna, rechazara tan excelso porvenir como se le presentaba y prefiriera seguir trabajando en la panadería, un trabajo duro que solo alcanzaba para comer todos los días.

“Él –se decían– puede aspirar a cosas mejores, pero no quiere. Es terco como una mula sin herrar”. Así era el dicho; y en su caso se cumplía a cabalidad según su madre que de refranes sabía un rato. Su padre se lo tomaba con más filosofía. Le decía a su esposa: “déjalo tranquilo, ya le llegará la adecuada, y cuando eso suceda, no habrá fuerza humana que evite que se case”. La mujer por toda respuesta se santiguaba y se metía en la casa más deprisa que corriendo. Pero hete aquí que se topaba de bruces con el mentado, quien se solazaba, como era su costumbre, en las frescas sombras que producía la palmera del patio. La madre se iba murmurando: “salgo del fuego y me caigo en las brasas. ¡Qué desdichada soy! Pero no lo era en absoluto, al contrario, vivía dichosa y consentida por su marido y por su hijo, quienes la adoraban.

¿Cuál era el secreto de Nuj? El que explicaba sus reiteradas negativas al contraer matrimonio. Para conocerlo debemos retroceder 10 años atrás y seguirlo en el extraño suceso que le aconteció. Tenía entonces ocho años, casi nueve, cuando le sucedieron aquellos hechos que le permitieron saber cuál era su destino.

Había salido con otros niños a la puerta principal de la ciudad para jugar, una más de las travesuras sin importancia a las que se dedicaban con renovada alegría. Solo él se atrevió a ir más allá y salir fuera de la ciudad, donde miró fijamente a la diosa guardiana que a todos protegía.

Inesperadamente se hizo de noche y la puerta se cerró detrás de él. Un frío inmenso que procedía de su interior le hizo estremecer de pies a cabeza. La diosa le habló: “Nuj, esperaba este momento con ansia, aunque sabía exactamente cuándo se produciría. Debes saber que eres hijo mío y de Simbad el marino, y no de los padres que te han criado. Ahora no puedo contarte de nuestro amor, del cual eres fruto. El tiempo apremia y no tendremos otra ocasión para hablar. Lo importante que tienes que saber es que para que se cumpla tu maravilloso destino debes esperar a tu vigésimo cumpleaños. El mismo día que cumplas esa edad conocerás a la que será tu esposa. Espérala hijo mío, de lo contrario tu vida será desafortunada”.

Al despertar se encontró rodeado de los otros niños, quienes le refrescaban la frente con agua fría. No les contó lo que le había sucedido, pues le creerían loco. Guardó en su pecho las palabras de la diosa Taris, quien al parecer era su verdadera madre.

Transcurrió el tiempo rápido y ya quedaban pocos días para que el joven cumpliera 20 años. Sus padres preparaban una gran fiesta para la ocasión, en la cual bien merecía “echar la casa por la ventana”. Debemos aclarar que en aquellas tierras la principal celebración para una familia era precisamente cuando el primogénito cumplía aquella edad, y ello con independencia de si este estuviera soltero o no. En ese día la puerta de la casa permanecía abierta para todo el que quisiera entrar en ella y degustar los exquisitos manjares y vinos servidos en abundancia.

Como todo llega en la vida, llegó el esperado día. Nuj se vistió con sus mejores galas y se puso a esperar, sabiendo que cuando llegara la joven él sabría reconocerla sin más presentación que una mirada.

Un soplo de admiración se desprendía del simple vuelo alado del vestido de seda azul que hacía juego con el color de sus ojos de cielo claro. Le hicieron los honores como si de una princesa se tratara. Además, todos comprendieron que Nuj la había estado esperando y que al terminar el día se iría con ella. Se sintieron un poco tristes por esa partida presentida, pero también alegres por el maravilloso destino que esperaba al muchacho. Al llegar la noche se despidieron de los presentes. A nadie extraño de que se fueran juntos. Al pasar por la puerta de la ciudad la diosa Taris los bendijo.

Comentarios