Se puede decir cualquier cosa de Tatarkiewicz, que deambula mucho de una idea a otra, que sostiene sus argumentos más en el tono de la reflexión filosófica y les da cuerpo de artículo, pero quizás su aportación más generosa es el tono de divulgación que imprime a su trabajo, pese a que sus postulados tienen por meta establecer un recorrido sobre la complejidad de la estética, además de ser uno de los autores más relevantes de Polonia, a quien Maurice Merleau Ponty hizo sombra con su Fenomenología de la percepción.

Pese a que Historia de seis ideas se enfoca en el trabajo de los conceptos arte, belleza, forma, creatividad, mimesis y experiencia estética que se han elaborado desde el campo de la estética, con ese libro Tatarkiewicz constituyó de la manera más clara seis aspectos que representan la totalidad de las obsesiones centrales de la estética.

Los capítulos cuatro al seis, en torno a la idea de la belleza, constituyen por sí solos una de las mejores síntesis que existen en torno al problema del concepto. Precisamente porque uno de los conflictos que se erigen sobre el público que no tiene elementos para apreciar la complejidad tras el arte contemporáneo y las numerosas manifestaciones, no de una obra, sino de abstracciones que componen el universo de la producción artística. La obra de Tatarkiewicz representa uno de los respiros más agradables para el aficionado, así como el interesado en estructurar una idea más elaborada.

Lejos de terminar enemistado con los conceptos clásicos, el polaco arroja mucha luz sobre cómo la dimensión conceptual del arte se ha apartado de la diversidad original en que se gestó el concepto, ya que según él, así como en la primera mitad del siglo XX, hubo un divorcio a muerte entre la producción artística sin obra (opus), que precisamente porque carece de cuerpo no puede ser artística, buena parte de las expresiones creadas sin esas características estaban condenadas al rechazo, mientras de origen el concepto griego era más amplio, extendido hasta el campo de las ideas e incluso la moral.

Aunque ni de broma los capítulos en torno a la belleza son en modo alguno el eje definitivo del libro, pese a que Tatarkiewicz (1886-1980) falleció muy cercano a los 100 años, la lucidez con que dedicó su desarrollo lo convierte en un digno ejemplo de la forma en que debería desarrollarse un tratado sobre un tema y ya solo por eso, que las características de su estructura lo vuelven emblemático.

Precisamente, un rasgo que pocos autores lograron asimilar en la creación de sus obras fue la manera en que con ellas aportaban a la búsqueda estética mediante la gesta de un trabajo con el que llevaban la expresión hacia límites conceptuales desconocidos. Uno de dichos autores fue precisamente Claude Debussy. Famoso por sus preludios, una porción muy importante de la obra del compositor francés consistió en la tensión conceptual que depositó en sus partituras.

El caso más obvio y burdo radicó en que, así como el preludio sería el prólogo de una obra, hay trabajos de Debussy que se limitan a ser solo preludios, sin producto consecuente con la obra. Es decir, el anuncio de lo que podría ser una obra pero solo cristalizó en su preámbulo.

Además de su homenaje al mar, Preludio a la siesta de un fauno, en una época que apenas estaba dejando de lado las manifestaciones románticas y góticas con sus correspondientes temores y evocaciones de lo que debería y podía ser el terror pánico, así como la diferencia entre apolíneo y dionisíaco, el fauno, criatura derivada de pan, de Baco, se asociaba en forma directa con ese horror esencial, con lo pánico. Sin aterrizar en esa versión, Debussy acometió una obra maestra.

El compositor logró una especie de estado intermedio, de transición entre la belleza y el umbral de una fuerza a punto de devorar al escucha, que representaría justo la advertencia de una seducción inminente, a punto de apoderarse de la tranquilidad, sin permitir el reposo ni la quietud estable, sino como el flautista de Hamelin, un hechizo para conducir en otra dirección y, de acuerdo con la ambición de la época, pese a la ambigüedad, belleza.

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