Like
Like Love Haha Wow Sad Angry

El libro de la semana

En el libro Historia regional del estado de Hidalgo, siglos XIX y XX: Espacio y sociedad, en su primer apartado “Iglesia y cambio social” se presenta la institución religiosa como espacio mental e interpreta históricamente la percepción del cambio histórico al interior del pensamiento religioso en los siglos XIX y XX.

El texto se integra por cuatro capítulos: “José Mora y del Río (1840-1928) y el catolicismo social: congresos agrícolas de Tulancingo” de la autoría de Raquel Barceló; “A la sombra de la Paz, la vida parroquial de la iglesia de San Francisco de Pachuca (1895-1905)” de Berenice Bravo Rubio; “Los orígenes del protestantismo en el estado de Hidalgo, 1869-1910” de Daniel Escorza Rodríguez; y “Los bienes eclesiásticos de Tepetitlán, Hidalgo ¿Un patrimonio olvidado?”, de Lourdes Mondragón Barrios y Patricia Fournier.

Históricamente, la religión ha sido uno de los agentes más poderosos para facilitar el cambio de la conducta y actitudes de las personas.

El primer capítulo analiza el papel del padre Antonio Plancarte y Labastida (1840-1898) en la formación del arzobispo José Mora y del Río (1854-1928) con ideas del catolicismo social. Plancarte realizó sus estudios eclesiásticos en el Colegio Pío dedicado al apostolado de la educación de niños y jóvenes pobres; al ordenarse dio clases en el Colegio de San Luis Gonzaga, mismo que fue clausurado en 1876, por lo que se dirigió a Roma con un grupo de jóvenes alumnos, entre ellos Mora y del Río, para incorporarlos al Colegio Pío Latino Americano, en un momento de cambios para la Iglesia católica, que había padecido una serie de condenas y rechazos por parte de una sociedad que trataba de definirse o encontrar nuevas formas de convivencia social en el liberalismo imperante o en las ideas del socialismo y del anarquismo del siglo XIX.

Los papas Pío IX y León XIII impulsaron una transformación estructural del catolicismo inaugurándose con ellos la doctrina social de la Iglesia. Mora y del Río simpatizó con el tomismo y el catolicismo social que profesaba el papa León XIII. Cuando fue designado obispo de Tulancingo, en 1901, implementó la acción social católica, que buscaba una salida al descontento y la marginación de vastos sectores del país sumidos en la miseria y en la exclusión política; se fijó en la situación de la población indígena de las haciendas de Tulancingo.

En 1903, después de mandar hacer una investigación socioeconómica, celebró el primer Congreso Agrícola como una oportunidad para promover un discurso-acción de cohesión social, justicia y democratización; más tarde, del 6 al 8 de septiembre de 1905, celebró el segundo Congreso Agrícola. Mora y del Río con ambos congresos pretendió una acción política y social comprometida en resolver desde un modelo cristiano la llamada “cuestión social”. Tulancingo no fue la región adecuada para esos fines, pero sí la chispa que más tarde en el México revolucionario, en otras regiones del país, impactó en el origen de la Confederación Nacional de Círculos Católicos de Obreros, que mitigó el avance de las ideas socialistas.

Berenice Bravo Rubio en “A la sombra de la paz, la vida parroquial de la iglesia de San Francisco de Pachuca (1895-1905)”, analiza en el microespacio de la iglesia de San Francisco los cambios que sufrió la vida parroquial debido a acontecimientos tales como la creación de Hidalgo, en 1869, los intentos de los cambios de la iglesia a otra diócesis y el reacomodo de los bienes por la expropiación producto de la separación del Estado y la Iglesia.

En el capítulo “Los orígenes del protestantismo en el estado de Hidalgo, 1869-1910”, Daniel Escorza analiza cómo surge y se expande el protestantismo en la entidad; el proceso revolucionario que modificó sustancialmente la práctica de esa religión por el anticlericalismo de la Constitución de 1917, que no distinguió entre las pretensiones de la Iglesia católica y de las distintas denominaciones protestantes y los cambios morales entre los practicantes de esa religión.

Por último, el capítulo “Los bienes eclesiásticos de Tepetitlán, Hidalgo. ¿Un patrimonio olvidado?”, de Lourdes Mondragón Barrios y Patricia Fournier, señalan la riqueza patrimonial de los bienes de la iglesia de Tepetilán, ubicada en el Valle del Mezquital. Fue fundada por la orden franciscana en el siglo XVI y en 1615 aparece como parroquia dependiente de la vicaría foránea de Huichapan. Se le designa con el nombre del Sagrado Corazón de Jesús, pero se le deja la advocación original de San Bartolomé. Como dicen las autoras: al “hablar del patrimonio cultural nos enfrentamos a un vasto universo de diversos valores, con base en el espacio-tiempo; urdimbre de significados desplegados de forma tangible e intangible”. El patrimonio eclesiástico, acumulado desde el siglo XVI, es a la vez la memoria y el olvido, la rememoración, memorización y conmemoración. Tienen razón las autoras porque en el patrimonio está la memoria del pasado, el legado de las generaciones de varias épocas y el legado a las generaciones futuras; a la vez, cada patrimonio tiene una identidad histórica, si entendemos que cada imagen tiene lo propio que se va a recordar, exhibir, difundir y conservar. Es el caso de la celebración del santo patrono San Bartolomé, que fue venerado durante los siglos XVI y XVII, pero a partir del siglo XVIII la población de Tepetitlán cambió esta festividad por el Señor de las Tres Caídas.

Las festividades, que también son un patrimonio, son el resultado de una construcción social, refieren a un conjunto de bienes que reciben una valoración positiva por parte de la sociedad, cuya identidad expresan en el sentido de que es un elemento mediante el que se establece la diferencia con los otros grupos sociales y culturales, pero representa, asimismo, un factor de resistencia contra embates de la uniformización. Por lo que el patrimonio es una simbología social para el mantenimiento y la transmisión de la memoria colectiva, que en el caso de San Bartolomé la dimensión mental y simbólica quedó en el olvido. A su vez, las autoras hablan de un inventario de los bienes eclesiásticos de Tepetitlán, elaborado en 1754, que dan cuenta de la riqueza de la iglesia.

Los bienes culturales, tangibles o intangibles, no son residuos de un tiempo pasado que hay que conservar en un supuesto modelo ideal. Por ejemplo, las manifestaciones vivas, representaciones significativas de la tradición, continuamente están reproduciéndose en un proceso inacabado de transmisión.

El libro también contiene temas como: territorio y ciencia / escuela y sociedad; y conflicto, sociedad y trabajo.

La publicación puede consultarse en las bibliotecas de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) y en la librería Carácter de Ciudad del Conocimiento. Esperamos sus comentarios en la dirección electrónica: [email protected]

Like
Like Love Haha Wow Sad Angry

Comentarios