“El comisario Sebastián Alcide dejó de pensar en los hechos, que le producían dolor de cabeza, y empezó a preguntarse por las razones del homicidio. Descartó el móvil del robo: la cartera se encontró intacta en el bolsillo interior de la americana de la víctima.
“Tampoco el crimen pasional parecía ser el motivo, ya que esos crímenes solían ser encarnizados y no era el caso. Además, el sujeto era un hombre solitario al que no se le conocía relación sentimental alguna.
“El crimen por interés era en absoluto probable. Agustín Ramírez, nombre del asesinado, no tenía donde caerse muerto y no iba a recibir ninguna herencia que lo hiciera atractivo para caza fortunas sin escrúpulos.
“Nada, no tenía nada. Por más que se devanara los sesos con método y sistema nada resultaba lo suficientemente razonable para ser un hilo que le permitiera desenrollar la madeja. El caso era extremadamente extraño y su lógica no funcionaba para resolverlo.
“Quedaba la hipótesis del crimen al azar, algo así como el resultado de un juego de rol macabro ideado por mentes perversas. Pero si fuera así debería haber algo que identificara a los autores de aquella atrocidad y no había nada, absolutamente nada.
“El comisario y su colega en el caso, José Ruiz, no tenían ni idea siquiera por dónde empezar y mucho menos de cómo proceder para resolver un crimen del que la prensa ya levantaba voces airadas en contra de la ineficacia de la Policía.
“Un nuevo caso, similar al anterior, volvió a sacudir a la tranquila ciudad dos días después. Se trataba de una mujer joven, de 27 años, que apareció muerta dentro del banco S, justo debajo del cajero automático.
“No había testigos tampoco en esta ocasión y la hora del homicidio fue exactamente, según la cámara del banco S, a las 3 horas con 44 minutos y 22 segundos. Misma hora, mismo minuto y mismo segundo que en el caso anterior. ¿Coincidencia?
“En esta ocasión hubo más suerte con las imágenes, eran de muy buena calidad y se veía todo lo que había sucedido perfectamente, aunque no se entendía nada. La víctima se encontraba sola y recibió un disparo en el corazón de alguien invisible que se encontraba tan cerca de ella que era imposible que la cámara no lo hubiese captado.
“La mujer también reía en el momento de morir. El comisario Alcide, preso de una corazonada, incautó las imágenes y se fue directamente a una productora de cine, en la que trabajaba su amigo Antonio Rico de editor. Le entregó las imágenes que duraban un minuto con 47 segundos y las pasaron a cámara lenta durante varias horas, deteniéndose en el momento exacto del crimen. Este lo analizaron fotograma por fotograma.
“La clave de la resolución de los casos estuvo en uno de ellos, que mostraba la procedencia del disparo, al tiempo que se veía claramente, en el retrovisor de un auto que pasaba en aquellos momentos en frente del Banco S, que sucedía exactamente delante de Carmen Pereira. Eso sí hubo que ampliar la imagen al máximo para alcanzar el detalle preciso y esclarecedor que daba el reflejo del retrovisor.
“Lo resolvimos, Antonio –dijo el comisario Alcide. Sí, con suerte, pero lo hicimos –le contestó su amigo. El capitán González no lo creía y su brillante subordinado tuvo que enseñarle los detalles diáfanos de la fotografía durante media hora para que lo hiciera. El caso estaba resuelto pero las consecuencias para la ciudad serían catastróficas.
“Cómo asumir que existían cajeros automáticos que intentaban robar a los clientes que iban a sacar dinero de ellos. Cómo admitir que se habían vuelto asesinos. ¿Y ahora?, ¿Cómo sería la vida sin ellos?”
K dejó de escribir, sonreía. Durmió tranquila y profundamente por varias horas hasta que el Sol y un beso de M lo despertaron.

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