El detonante para el desplazamiento humano son las condiciones desfavorables que les impiden a millones de personas permanecer en la tierra donde nacieron. No “deciden” dejar su terruño o lo “deciden” en pocas ocasiones, al contrario, a través de la historia los migrantes han experimentado la obligatoriedad de movilidad como resultado de las insoportables condiciones sociales, económicas o políticas, de la violencia cotidiana, de los desastres naturales o bien, de los conflictos bélicos o religiosos.

Así comienza la introducción de Eduardo González Velázquez en su libro Historias mexicanas desde Nueva York.

Y también cita: “Estuve en Nueva York en el verano de 2016. Arribé sin contactos, sin pistas qué seguir, sin un guía que me esperara, pero con el entusiasmo de andar. Una sola cosa tenía en claro: las huellas que buscaba, las pisadas que debía seguir, los indicios que me permitirían levantar el andamio para asomarme a través de las ventanas y aprehender y entender las realidades entrelazadas de familias que escaparon por carecer del derecho a no migrar”.

El doctor González Velázquez es historiador, cronista y analista político. Profesor investigador de la Escuela Nacional de Ciencias Sociales y Gobierno del Tecnológico de Monterrey.

Es autor de Con todo y triques, Frontera vertical y Ciudadanos a la mitad.

En lo que llama días, consecutivos del uno al 14, ofrece relatos de quienes, por diversas razones, emprendieron el largo viaje hacia Estados Unidos.

La mayoría de los entrevistados coincide que su problema es mantenerse como ilegal, ya que los trámites, a través de abogados expertos son muy caros.

Hay excepciones, como quien se llama Jaime. Es originario de San Agustín Metzquititlán, Hidalgo, y cuenta con 45 años. Él refiere: “Llegué a Nueva York en 1989. Yo sí tengo mis papeles, por eso voy a México dos veces por año. Mis tres hijos nacieron aquí. Mi esposa es de Puebla.

“A mis hijos les dimos educación: una hija es arquitecta; otra, administradora por la Universidad de San Diego, y el varón se va a graduar de ingeniero químico en una escuela de New Hampshire.”

Confiesa que era su sueño retornar a su país, “pero México está muy mal, tiene muchos problemas con las drogas”.

Gladys dice que es de Navojoa, Sonora, y que hace 25 entró por Mexicali rumbo a San Diego y luego a Nueva York. “Vengo de una condición demasiado pobre”, pero la vida le cambió: “Soy la dueña de Kahluas Café. Empleo a 14 mexicanos, después de que trabajaba en otros restaurantes. Llegué a tener tres empleos y de ahí surgió la meta de abrir mi propio negocio”.

Porfiria a su vez relata: “Soy de Tlapa, Guerrero. Crucé por Altar, Sonora, en 2004, por ese lado casi no hay vigilancia. El “coyote” me cobró 3 mil 500 dólares, no salió tan caro como ahora. Fue una gran satisfacción dejar mi pueblo, pero aquí andamos. También es un sacrificio estar aquí, uno nada más se viene a enfermar. Eso ha sido mi peor experiencia, estar siempre enferma”.

En la última parte del texto, González Velázquez incluye imágenes, bien registradas, de aspectos del acontecer de la gran urbe y se advierten anuncios de diversos giros, muchos con nombres en español.

El escritor, de algún modo hace una apología de que el salir a la aventura, con muchos riesgos, pueda representar la consolidación de un mejor horizonte. Únicamente cuenta experiencias.

De ediciones Proceso, la primera edición es de enero de 2018.

Historias mexicanas

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