El hombre debe ser más importante que el mercado

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Abel Pérez Zamorano

La economía capitalista organiza la asignación de recursos a través del mercado, mediante los precios como sistema de señales que indica el tipo y cantidad de satisfactores requeridos; por ello se la llama economía de mercado. En la enseñanza se le considera tabú, incuestionable e intocable; según Adam Smith, este mecanismo se autorregula, una “mano invisible” lo organiza, y, por tanto, dicen los fundamentalistas del mercado, no es recomendable que el Estado interfiera, pues solo introduce desorden y corrupción. Lamentablemente, al asignar recursos el mercado tiene un claro sesgo clasista: atiende solo a quienes tienen para comprar y excluye a los desposeídos, a los desempleados, o a quienes poseen muy bajos ingresos, pues responde solo a la relación de oferta y demanda entre vendedores y compradores solventes. Quienes no tienen dinero no existen, son fantasmas, almas en pena.
El mercado, frío e insensible, nada sabe de carencias y dolor humano. Si hay personas enfermas que no sean derechohabientes de instituciones o no hayan pagado cobertura de seguro médico, sus carencias no existen. Si alguien es rechazado en universidades públicas y no tiene para pagar una privada, se queda sin estudiar. La vivienda dejó de ser un derecho humano y quedó reducida a simple mercancía, para quien pueda pagarla. En fin, el mercado y sus imperativos, sus leyes, como dotados de un poder sobrenatural, se han erigido en fuerza superior a la sociedad, y más que servir a la gente, la subordinan. Las mercancías, creación del hombre, devienen así un poder que impera sobre él. Por ejemplo, la empresa para ser competitiva debe abatir costos laborales y despedir trabajadores, sin importar que millones de familias queden en la calle y sin comer: así lo ordena el mercado, ese Moloch terrible que exige sacrificios de seres humanos; incluso en situaciones de desastre natural, cuando más escasean y se requieren satisfactores, se especula y lucra con el dolor y la necesidad, elevando los precios para obtener ganancias extraordinarias en medio de la desgracia. Por su naturaleza, el mercado no es solidario.
Su lógica no está guiada por el beneficio social, sino por la maximización de la ganancia, para lo cual es el mecanismo ideal, más aún si se le “desregula” y se lo deja en absoluta libertad. Para los pobres queda solo la publicidad, el espejismo, los cantos de sirena que les llaman; ninguna realidad material que les haga felices. Pero como todo en el mundo, contiene una contradicción: la acumulación de riqueza ocasiona un empobrecimiento masivo que incapacita a sectores sociales crecientes para comprar mercancías, y sin compradores la producción se frena y el crecimiento económico se ralentiza. Si los potenciales consumidores no tienen para comprar, ¿a quién venderán las empresas? Los pobres son necesarios porque, obligados por la necesidad, han de vender diariamente su fuerza de trabajo, pero además, son compradores de las mercancías producidas. He aquí la contradicción de la economía capitalista: una progresiva e impresionante capacidad de producir mercancías, pero a la vez, una terrible caída en la capacidad de compra de la sociedad. Esto causa las crisis de sobreproducción relativa.
Mas siempre la realidad se abre paso, aunque se quiera poner puertas al viento. No obstante que el neoliberalismo excluye la intervención económica del Estado y la sociedad, modelos revolucionarios están aplicándose en el mundo y pueden enseñar nuevos caminos a la humanidad. China sigue un esquema que no deja totalmente libre al mercado como mecanismo de distribución; lo refuerza con la intervención social y del Estado, por ejemplo, mediante una vigorosa acción sindical. Es una economía híbrida, con una base económica con fuerte presencia capitalista, grandes empresas privadas e inversión extranjera, complementada con una importante presencia del Estado en la propiedad de los medios de producción y una enérgica política distributiva. Así se combina la eficiencia productiva capitalista y la justicia distributiva ejecutada por un gobierno popular. En China se le llama “socialismo de mercado”, y permite producir mercancías, muchas, pero también aumentar el número de consumidores solventes.
En la polémica sobre si debe prevalecer el mercado o el Estado, la realidad enseña que como el primero normalmente falla y conduce necesariamente a la acumulación, el Estado debe intervenir como correctivo, generando o propiciando la creación de empleos permanentes y bien pagados; reduciendo impuestos a los más pobres. Los subsidios son indispensables para redistribuir, aunque la doctrina neoliberal los considere populismo; el gasto público debe reorientarse mayormente hacia los sectores más desprotegidos, como los pequeños productores agrícolas; debe apoyarse a las empresas nacionales, medianas y pequeñas, para fortalecer su competitividad ante las trasnacionales, esto para consolidar una economía con un fuerte sistema de empresas mexicanas. Para elevar el bienestar popular es menester acotar las fabulosas ganancias de los corporativos y liberar recursos para distribuir entre la población; sin embargo, eso no puede ser obra del mercado. Se requiere de una fuerza exógena, en este caso, el Estado.
Pero a fuera de realistas, en el mejor de los casos, aun cuando este lo intentase, se enfrentaría a los intereses de las élites empresariales, de cuyo apoyo depende. Por eso es improbable que un gobierno emanado de las empresas, compuesto por empresarios o representantes suyos, introduzca cambios que reviertan la acumulación. Un gobierno que pretenda privilegiar a los pobres necesitaría de su apoyo. La historia es elocuente. Cuando el general Lázaro Cárdenas expropió el petróleo y afectó intereses de las compañías petroleras extranjeras; cuando expropió millones de hectáreas a las grandes haciendas, necesitó antes un respaldo popular firme y entusiasta, y organizó las grandes centrales de campesinos y obreros. Lamentablemente, hoy el gobierno, al optar por la gran empresa, se ha alejado de ellos.
En conclusión, cuando el mercado falla como proveedor de bienestar social, y también el Estado, por sus propias limitaciones y compromisos con los grandes capitales, se hace necesaria la participación de la sociedad civil organizada y consciente, y se impone un cambio en la clase gobernante, indispensable para aplicar cambios que permitan el acceso de los pobres a la riqueza por ellos mismos creada. Lo cierto es que ya no puede continuar el actual estado de cosas donde, junto a fabulosas riquezas y un cúmulo de satisfactores campean el hambre y la indigencia. Así que, o bien se proporciona a todos el dinero suficiente para satisfacer sus necesidades por la vía del mercado, y así, de paso, se activa el crecimiento o, en su defecto, se establece un mecanismo diferente de asignación de recursos que gobierne y regule al mercado para garantizar el bienestar general. De esa forma, en vez de que el mercado domine y sacrifique al hombre, será este quien gobierne al mercado.

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