Trisha Ziff, la realizadora británica radicada en la Ciudad de México, quedó deslumbrada con la historia de un fotógrafo de accidentes, por accidente, Enrique Metinides, cuya existencia y nacionalidad mexicana también llegaron por accidente pues sus padres griegos se quedaron acá tras vacacionar en Veracruz, pero la guerra en su nación los obligó a quedarse.
Pero no estamos aquí para referirnos a Metinides, de eso ya se encargó Trisha, y de qué forma. Un documental sensible y sentido que te envuelve en una historia que más bien sabe a la ficción más vibrante y, es verdad que el personaje aporta esta cualidad por sí solo, pero, vamos, Trisha Ziff se encarga de la justicia, sí, esta que carecen tantos magos que andan por el mundo corriente, no buscan desde luego el mérito del entorno, su objetivo no está en la visibilidad propia ante el mundo, hay que cazarlos, desmenuzarlos, comerlos como en un acto de rapiña de hadas. Es justo eso a lo que invita El hombre que vio demasiado, el documental sobre el fotógrafo de accidentes por accidente.
La historia contada aquí no es la misma que con facilidad encontrarás al guglear “Enrique Metinindes”, no, desde luego que no; a mí, por ejemplo, me ha hecho cambiar la manera de juzgar la nota roja porque, confieso, en mi breve trayecto periodístico no me bajaban del carro de la indignación cuando las páginas de ¡Alarma!, el Gráfico, La Prensa o el rotativo que se te antoje brillen en la delantera de los estanquillos de periódicos por sus altas ventas dado el morbo que desatan en sus páginas que escurren sangre.
El hombre que vio demasiado llama al juicio que justifica la imagen explícita en un México resistente que no teme a la crudeza de la realidad, o que por otro lado, a la que está gravemente acostumbrado. Más allá del cómo la muerte, la muerte violenta, la muerte sangrienta o la tragedia es capitalizada por los medios de comunicación, hay en todo esto otra manera de ver el tiempo, Metinides no es historiador, no se asume como fotógrafo ni como periodista, antes compara su trabajo con el del personal que limpia el drenaje profundo, el hombre que hace el trabajo sucio, el que nadie quiere hacer pero el que alguien tiene que hacer, es, desde luego, un cronista, el cronista del México rojo, el que nadie quiere presumir.
Pensaríamos que quienes construyen las imágenes más sensacionalistas carecen de sensibilidad o de respeto por los momentos o las personas involucradas ¿qué tendrán en la sangre? ¿Cómo dormirán tan tranquilos? Cada duda o prejuicio sobre el ser de los oficiosos de la nota roja queda en suspenso, la documentalista, a través de Metinides, abre el foro para que ellos ofrezcan su derecho de réplica y para que tú, espectador, te des la oportunidad de ser más comprensivo con algo que no se reduce al simple hecho de tener la sangre fría o de vender el tiraje entero que, al final, no beneficia más al fotógrafo que al dueño del medio.
El resultado es más estremecedor de lo que uno pueda imaginar. Y si a esto sumamos los impulsos estéticos, las tomas, la manera de acercarse al objeto que documenta, de acoplarse y hacerse escucha de la trayectoria que descubre que hay lágrimas que nunca se atrevieron a salir. Como las lágrimas de las familias que perdieron a su hijo, hermano o esposo fotógrafo por culpa de su quehacer al que dio toda su pasión. La mención a este bando no queda impune en el trabajo de Trisha Ziff, dispuesta a rendir un rodaje redondo y con método inductivo, parte del particular caso del fotógrafo de accidentes por accidente para hacerte terminar sin aliento con las generalidades de un fotógrafo que no muere por accidente.

@lejandroGALINDO
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