En estos días aciagos, nos acechan no una ni dos, sino varias pandemias. Una que no nos ha dejado desde que el entonces presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico es la de la violencia. Hidalgo, que hasta 2016 se encontraba en el primer lugar nacional del Índice de Paz México (IPM), hoy se ubica en la posición seis debido a que ha visto incrementar sus tasas de homicidios, delitos con violencia e infracciones cometidas con arma de fuego, según reportó el IPM a finales de mayo. La caída al sexto lugar de la entidad no es gratuita. En los últimos cuatro años, Hidalgo ha sido en varias ocasiones el estado con el mayor número de tomas clandestinas de combustible detectadas a nivel nacional, lo cual refleja que el robo de hidrocarburo se convirtió en una actividad delictiva frecuente que al mismo tiempo provoca una escalada en actividades delictivas. El propio gobernador Omar Fayad Meneses ha expresado que la violencia homicida en la entidad se debe a que ha sido elegida por bandas del crimen organizado para operar, debido a que es lugar por donde cruzan prácticamente los más importantes ductos del país. Y estos días de pandemia no han sido la excepción ni para el país ni para el estado en cuanto al registro de homicidios. Tan solo ayer en nuestra entidad fueron encontrados los cuerpos de cuatros personas muertas con huellas de haber sido torturadas. En suma, de enero a abril se registraron 103 homicidios dolosos en Hidalgo, lo que representa un aumento del 27 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Ni el aislamiento provocado por la pandemia ha permitido que la violencia homicida nos dé una tregua. De filón. Y la otra pandemia, la sanitaria, tampoco se detiene. Hasta el corte de ayer, Hidalgo sumó 2 mil 169 casos del Covid-19 y 394 defunciones. Vaya tiempos que vivimos.

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