“Huir es la vida; quedarse es la muerte…”

Que la única y mejor alternativa para afrontar realidades es permanecer con la frente al frente… lugar común y emblema de los legionarios del optimismo y la superación humana. La razón los respalda, en el deber ser, cada quien tendría que hacerse cargo de sus asuntos, por muy horrorosos que sean, sobre todo cuando suponen una cadena de desastrosas secuelas; sin embargo, ¿quién vive en un mundo de deberes seres?
Válida sería la condena para quien huir sea su lucha, si alguien en algún rincón de la Tierra se proclamara exento, si quiera, de no desear o haber deseado tomar para pronto la salida de emergencia porque imagina que el agua le llegó al cuello.
Bien, este preámbulo innecesario tiene motivaciones en una frase minimalista no dicha, escrita sobre un trozo de papel muerto, para una escena sustancial de la cinta sueca Déjame entrar (2008) de Tomás Alfredson; en opinión de Guillermo del Toro, “un cuento de hadas glacial tan delicado; atormentado y poético…”.
Tenemos entonces, como dijo Del Toro, una historia atormentada y poética que por su condición aprueba la huida. En este cuento de hadas, puede que haya intenciones por la belleza, pero no la belleza afecta a las cosas que en lo general y en lo particular serían vistas con aplausos.
No obstante, su deshonra a la rectitud de un clásico cuento de hadas, cualquiera se rinde ante la belleza del horror, la finura sombría de la nieve, apología de la soledad y la melancolía; la elegancia de la muerte aferrada en las raíces de un bosque de invierno perpetuo; la exaltación que provocan los labios partidos por el frío; la sangre delatada por la neutralidad del hielo.
Todo esto importa más que contarte que esta es una película cuyos protagonistas, adolescentes, están involucrados en las mismas tramas que el antiquísimo Drácula; de ahí el imperativo “Déjame entrar”. Un vampiro no entra a tus aposentos a menos que así lo permitas, tampoco un amor.
Dejar que entre, incluso sin solicitud, es entender que no habrá valor que te respalde cuando el resultado de tu concesión te desborda el alma.
Dejar que entre es aceptar con delicia que el ácido consuma tu rostro envejecido; asumirse en la excitante complicidad del crimen; tomar el riesgo de embelesarse en la pasión de un imposible.
Dejar que entre también es hacerse de la determinación de huir, cuando quedarse es la muerte.

@lejandroGALINDO
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