Sería una estupenda medida recordar y celebrar a las mujeres los 365 días del año. Para ello, debería haber un decreto de sororidad para que 364 días del año fueran nombrados como el No Día Internacional de la Mujer, como un recordatorio afirmativo de que no solo el 8 de marzo se les debe celebrar.
Sin embargo, esos decretos no son posibles con tanta cultura patriarcal a cuestas, por lo que hombres y mujeres estamos convocados a ser genuinos feministas, de hechos y no de palabras huecas.
En México ser mujer tiene diversos costos. Las estadísticas más graves señalan que siete de ellas son asesinadas diariamente, víctimas de sus esposos, novios, delincuencia organizada, y/o familiares hombres que ha segado la vida desde 2012 a cerca de 7 mil 400 mujeres. Asesinadas en la impunidad, en el olvido, bajo el cobijo de la corrupción de una institucionalidad misógina y acompañadas de una sociedad cómplice que solo ha tenido el tino de decir: “se vestía muy provocativa”, “andaba de noche”, “se drogaba”, “ya no estudiaba”… “ella se lo buscó”.
En términos numéricos la población de mujeres en México representa más de la mitad de la población total (51.4 por ciento) con respecto a la población de hombres (48.6 por ciento), esta paradójica demográfica no es coincidente con la distribución de los salarios, los puestos privados o públicos y mucho menos con el acceso al poder político. Las decisiones públicas de beneficio para las mujeres en México las han tomado o dejado de tomar en su mayoría los hombres, filtrando patriarcalmente sus libertades, sus cuerpos y sus conciencias.
Luchas feministas para colgar las naguas y los pantalones en el mismo tendedero

A pesar de este crudo panorama, hay microhistorias de feminismos que vale la pena hacer visibles, que sin ser declaradas luchas anticapitalistas o de gran calado teórico, son profundamente antisistémicas y antipatriarcales.
En el Valle del Mezquital, en una región azotada por la migración masculina, crecen historias de mujeres que contradicen su rol de género, que decidieron resignificar su historia mientras esperaban al marido que se fue “al otro lado” con la esperanza de una vida mejor. Las “penélopes del Valle el Mezquital” enjugaron sus lágrimas y ciñeron su falda tras la partida del marido, ahora se hacen llamar las Naguas Bien Puestas, quizá en resistencia a lo que siempre escuchaban en casa, donde el mandato único y escuchado era el de los “pantalones bien puestos”.
Ellas dicen que no quieren los pantalones, solo hacen el recordatorio de que también hay faldas con decisiones, voluntades y esperanzas. Así lo han hecho, estas mujeres mixquiahualenses han desinhibido su palabra, a su modo y a su estilo han sembrado en sus hijos otra manera de interpretar la vida. Y allí andan neciamente tocando puertas, dicen que es mejor que derribarlas. Sueñan con que sus hijos estudien una profesión, no saben qué, pero están seguras de que esa carrera debe de ir acompañada de la música; formaron una banda sinfónica con sus hijos dirigida y coordinada por mujeres.
Estas mujeres ya no esperan en el llanto, paradójicamente la partida del marido les dio la oportunidad de reconocerse vivas, abrir brecha y sembrar esperanza. Con tanta rebeldía las Naguas Bien Puestas están resignificado el papel de la mujer rural, pero además nos enseñan que la lucha no es entre géneros o sexos, la lucha es por la vida y la esperanza de un mundo mejor.
Sin ser expertos de la teoría feminista, en esta columna nos sumamos a las voces del grito de ni una menos y contra la violencia hacia las mujeres.

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