Cualquiera que lea más allá de los encabezados de esta columna, sabrá que estoy en Pachuca y con un poco de suerte y nociones de geografía, entenderá que el título de hoy es un eufemismo porque en mi ciudad no hay mar y a causa de la pandemia de aquí no he salido. Pero no le hace, faltaba más, imaginemos pues.

Llegas a una playa que esperas sea tranquila, limpia y apacible, pero ¿qué encuentras? un atascadero humano, un cochinero mundano y una furia marina. Ok, te resignas. Decides caminar descalzo por la arena para entrar en contacto con la naturaleza del lugar y ¿qué ocurre? algún desdichado se dedicó a sembrar tapa roscas y ya se te enroscó una en el espolón del talón izquierdo. Aguantas como los merititos machos –ajúa– y decides “seguir disfrutando” ante lo cual buscas quien te rente un camastro para descansar. Primero no encuentras uno disponible y cuando lo hallas, se aparece el hermano menor de Benito Bodoque en versión costeña y mega requemada para decirte: “jon 30 dolarej patrón” casi le avientas el camastro encima y decides mejor tumbarte sobre la playa con tus propios medios y es aquí donde entra en acción tu gloriosa toalla. La colocas en una –curiosamente– despejada área y cuando estás a punto de tumbarte, surge de la nada una vocecilla que dice ¡Hey cuidado! ¡Me vas a aplastar! y entonces descubres al puberto enterrado y olvidado en el lugar. Buscas otra opción y encuentras espacio cerca de unas rocas, te acuestas seguro de que ahí no habrá nadie en el subsuelo y, a punto estas de relajarte, cuando una fatídica ola te sorraja contra las piedras. Confiado en que no era sino una advertencia celestial de lo riesgoso de la zona, te regresas al hotel caminando y disfrutando de la arena en tus pies cuando te das cuenta de que la ola se llevó la llave de tu habitación. No importa, pides otra en la recepción y te dicen: la reposición de llaves tiene un cargo extra. Solo es dinero en comparación con la calma de la que ahora disfrutarás y te dispones a ir a la alberca donde seguramente si podrás descansar. Logras apartar una palapa, pero como era la única, no tiene techo y el Sol te pega con ganas, ¡No le hace! ¿Venir a la playa y no quemarse? Te quedas dormido y lo que te despierta es el olor a tostado de tu piel. Totalmente engarrotado avanzas hacia tu habitación y a medias oyes el consejo de la anciana que intenta sugerirte: eso se te quita con aceite de coco. Pides al botones que te consiga el mentado aceite que piensas sería una bagatela, pero te lo venden a precio oro. Lo recibes y después de descubrir tus habilidades como contorsionista, encuentras que el mejor método de untarte el aceite es rociándolo con ayuda de la regadera manual que hay en el baño de la habitación. Todo queda hecho una sopa. ¿Y qué? mañana limpian las camareras, te relajas. Obviamente no logras pegar ojo en toda la noche y no solo por tu rostizada condición, sino porque en cuanto los cierras te visualizas a ti mismo como banquete de los incontables mosquitos que te rodean.

Al otro día, todo picoteado solicitas tu check out y cuándo van a hacer la revisión del cuarto, te quieren cobrar desde la regadera hasta las sábanas inservibles por las manchas de aceite de coco. Tú no sabes ni cómo defenderte y acabas pagando lo que no traías no sin antes empeñar tu palabra, tu honra y hasta a tu abuela.

De regreso en tu hogar llegas a una conclusión simple: ¿Descansar? ¡Cuándo me muera! Gracias a Dios mañana voy a trabajar.

¿Queda claro por qué prefiero la montaña?

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