Mantenía un vínculo cercano con el cerco de las dudas que lo envolvían en un denso silencio. Acariciaba con dedos temblorosos el aire sucio de la habitación oscura. Quería expresarse en él y agarrarlo con la mirada.

Con los ojos bien abiertos, cual ventanas que airean de mar las casonas de la costa de los sargazos, mantenía una lucha en pos de una harmonía que estaba lejos de conseguir después de lo sucedido.

Miraba el techo blanco sin artesonados, liso como la piel de un bebé; lo incrustaba en sus pupilas como un filoso filo cortante de inmaculada pureza. Lo hacía justo un momento antes de que su corazón se llenara de dudas acuosas.

Abarcaba toda la palpitación, ahora con los ojos cerrados y apretados. Sin esperanza se abarcaba a sí mismo pendularmente desde un bosque de hayas por el que se adentraba sin rumbo cierto.

Ya no estaba más, aunque un hilo de pensamiento, encerrado muy adentro, le impedía ser la nada que pretendía ser. Se aferraba a esa pretensión, que en el fondo era como una huida en la insignificancia.

Volvió a abrir los ojos y se encontró más fuera de sí que antes de que los cerrara. Ahí seguía inalterable la blancura del techo: tranquilizadora y casi espiritual. Hizo un movimiento al azar y le dolió.

Sintió que la herida profunda que tenía dentro del cuerpo le quemaba mucho más que otras veces. Pretendió concentrarse en ella para determinarla y que no lo determinara, pero le fue imposible hallar el origen exacto de su mal.

Se puso a respirar más profundamente, como le habían enseñado años atrás sus maestros de yoga, pero de nada le sirvió. El dolor crecía en todo su ser hasta dejarlo exhausto. Solo el silencio y el techo, siempre blanco, le aliviaban un poco.

Quiso dormirse y volver a soñar con el mar de los sargazos, donde había sido feliz buceando entre los peces de colores. No consiguió más que unos segundos de tregua antes de que un pinchazo más fuerte que los anteriores le hiciera estremecer.

Gruesas lágrimas surcaron por su rostro, que se contrajo en un rictus de dolor que ya no le daría tregua hasta el final. Ese conocimiento le entristeció pero no le causó ningún temor, ya estaba demasiado lejos de todo lo humano.

Al llegar la noche desapareció la habitación en la negrura de las sombras. Entró en una especie de somnolencia que le alejó de la vida. En silencio emprendió una huida sin retorno. Se sintió feliz.

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