Indagar, según Herodoto, era el sentido primigenio de la palabra historia. Investigar, para desentrañar aparentes contradicciones. Por ello, nos hemos propuesto indagar la Independencia de México, uno de los episodios-hitos de la historia nacional que nos ha dado a varios de nuestros más ilustres héroes, pero, ¿sabemos qué hicieron, dijeron o propusieron? ¿Acaso tenemos claro el contexto de este acontecimiento tan importante? A lo largo de cuatro partes responderemos a estas interrogantes sobre el movimiento independentista.
El siglo previo a la consumación de la Independencia tuvo como una de sus características más claras el declive financiero español y, como contraparte, una acentuada bonanza en las finanzas internas de la Nueva España –generada, entre otras razones, por el aumento de las ganancias en la minería, en la producción industrial y en el comercio exterior–. Este hecho motivó que la corona Española procurara una reestructuración del gobierno colonial con miras a lograr una mayor centralización administrativa, que redituaría en más poder político y económico.
Esta serie de cambios administrativos y de gobierno es conocida como reformas borbónicas, medidas implementadas en la Nueva España por el visitador José de Gálvez a partir de 1765 y que consideraban una nueva división territorial por intendencias (1786), con la intención de estrechar la observación en la recaudación de impuestos y un freno al desarrollo económico del virreinato, con la idea de dar mayor empuje a las industrias españolas.
Entre los preceptos considerados por los monarcas borbones también se encontraba la restricción de acceso a las altas esferas de poder –político, religioso y militar– impuesto a los criollos, es decir, a los hijos de españoles nacidos en México, quienes se decían poseedores de derechos ancestrales para la administración del país. Además, comenzaron a sumarse otros factores que, como ingredientes de un buen caldo, daban el primer hervor. Entre ellos no está de más mencionar la Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica (1776) y las severas crisis agrícolas de fin de siglo –como la ocurrida en 1786, que generó una severa hambruna–. No obstante, la sangría económica impuesta desde España siguió dando de qué hablar, convirtiéndose en un importante elemento en la generación de un descontento, que a partir de 1804 se hizo más o menos generalizado.
En ese año dio inicio un nuevo conflicto bélico entre España y Gran Bretaña, lo que allegó nuevas deudas a la metrópoli, que, apurada –por no decir con el agua hasta el cuello–, hizo continuos llamamientos a ayudas financieras voluntarias hasta que llegó un punto en el que las necesidades fueron superiores, lo que movió a las autoridades a echar mano de los préstamos forzosos, bajo la forma de la Real Cédula de Enajenación de Bienes Raíces y Cobro de Capitales de Capellanías y Obras Pías para la Consolidación
de Vales Reales. Disposición de nombre casi tan complicado como su aplicación.
Esta nueva reglamentación afectaba tanto a la Iglesia –entonces, la institución más poderosa y rica de la Colonia– como a sus deudores, entre quienes había lo mismo mineros que agricultores y comerciantes, ya que el capital de las obras pías y capellanías significaba, en muchas ocasiones, el único aliciente para incentivar la agricultura, la minería y el comercio de la Nueva España. La situación de una parte gruesa de la población había sido alterada y la incomodidad se hizo patente.

El que no transa no avanza

Se trata de un libro enfocado en un problema que ha acompañado al ser humano desde que se asumió como un ser político y social:
la corrupción.
En sus páginas recorremos sus antecedentes, causas, participantes, ofensores y ofendidos, víctimas, métodos y esfuerzos para combatirla, analizándolos de una manera inteligente y con sentido del humor. Si alguna vez se ha preguntado por qué damos “mordidas” o nos arreglamos “bajo el agua”, El que no transa no avanza es el libro perfecto para usted.

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