Pasaba las tardes tomando licores y chocolate en tertulias con las damas de la alta sociedad. No era un anciano don Miguel Hidalgo. Era, sí, un hombre recio y vigoroso que tenía 57 años y mucha fortaleza cuando se arrojó a la más grande aventura de su vida. En sus rudas campañas cabalgaría de Sol a Sol a veces, y cuando fue apresado en Coahuila hubo de atravesar los vastos desiertos del norte mexicano hasta Chihuahua, donde la muerte lo esperaba. No habría podido hacer eso un ancianito de rostro manso, en los ojos la mirada dulce, nimbada la venerable calva por una aureola de albísimos cabellos. Don Lucas Alamán, dice que Hidalgo era de mediana estatura, moreno, de ojos verdes, algo calvo y con cabello entrecano que le llegaba hasta los hombros. No habla de él, sin embargo, como de un anciano.

Era un jugador consumado, todo un tahúr, le gustaba mucho la baraja al señor párroco. Las vecinas chismosas de Dolores aseguraban que años antes, cuando Hidalgo había terminado sus estudios en Valladolid, el cabildo de la catedral le había entregado unos dineros para que fuera a la muy noble, insigne leal e imperial Ciudad de México a hacerse doctor de teología. Sin embargo, no llegó allá el estudiante, porque perdió la cuantiosa suma en una noche, jugando albures.

En esas tertulias llegó a conocer a los más nobles e importantes miembros de una sociedad decadente y narcisista. Reuniones interminables en las que se hablaba de frivolidades, pero también de política naturalmente y en aquellos días la invasión a España en 1808 era el tema a tratar.

Hidalgo luchaba por sus ideas, claras y concisas, pensaba que la libertad solo se obtendría si se aprovechaba la conflagración que acontecía en Europa y así resolver la ansiada autonomía de la metrópoli. Si bien la palabra independencia no embargaba su pensamiento ya que, era un gran pensador y amante de la libertad, sin embargo, no obstante el ser criollo y conocer la importante influencia de la Corona le impedían siquiera pensar en esa palabra prohibida y peligrosa.

Entre las personalidades que llegó a conocer Miguel Hidalgo y que influirían a lo largo de su vida se encuentra Juan Antonio Riaño, amigo cercano y estimado que Hidalgo perdió justamente por no converger en ideales.

Don Juan Antonio de Riaño, uno de los mejores y más ilustrados españoles peninsulares que en la Nueva España conociéronse en aquellos días, últimos de la dominación de los descendientes de Hernán Cortés. Miguel Hidalgo al igual que Antonio Riaño opinaba:
“¡Grande hombre!” -decía este hablando de aquel,- “lástima que entren tan pocos españoles peninsulares como Riaño en las hornadas que remite a estos reinos la metrópoli: este Juan Antonio Riaño debió haber nacido criollo”.

Se dice que Hidalgo llegó a leer muchos libros de la biblioteca de Antonio Riaño ya que para un criollo no era tan fácil obtener los debidos permisos para poder adquirir ejemplares del viejo continente. La enciclopedia realizada por varios personajes ilustres y que revolucionó y marcó una época dando el parte aguas para movimientos emancipadores, condensaba las ideas de estos en varios tomos que solo podían ser adquiridos por aquellos que podían darse el lujo de obtener la colección; fue leída por Hidalgo gracias a que Antonio Riaño contaba con esos libros. Incluso copió algunos capítulos en los que se explicaba los mecanismos del funcionamiento de los cañones y que ocupó esos planos copiados en plena lucha de independencia.

Y llegó aquel 14 de septiembre de 1810, donde Hidalgo estuvo bebiendo y platicando con el señor Riaño, amigos muy cercanos. Antes de salir de casa, Don Miguel le pidió un préstamo de 200 pesos, mismos que Riaño le entregó haciéndole pasar a la habitación en la que tenía su caja de caudales. Hidalgo agradeció, se despidió y salió a su casa a efecto de dormir ¿Que buscaba Hidalgo con el pretexto del préstamo? simplemente conocer el lugar donde se guardaba el cúmulo de tanta riqueza. Esta ayudaría más tarde a la causa insurgente.

La pérdida de una amistad tan bien lograda y placentera llegó a su fin justamente por los ideales de ambos; Hidalgo emancipador y amante de la libertad tuvo que enfrentarse ante un Antonio Riaño conservador y amante de la tranquilidad que gustaba vivir en la Nueva España. Ambos estaban destinados a llegar a una ruptura tarde que temprano, las ideas los separarían.

Antonio Riaño, que por cierto fue el creador arquitectónico de la Alhóndiga de Granaditas tomada por Hidalgo un 29 de septiembre de 1810, presenció como una muchedumbre furiosa peleó entre los españoles que se resguardaban en la alhóndiga y una turba furiosa sedienta de venganza, cerca de 2 mil muertes acontecieron y una en particular que marcó a Hidalgo.

Los religiosos del convento de Belén lo llevaron consigo sobre una parihuela por las calles. Le rindieron sencillas honras fúnebres en la capilla conventual y lo amortajaron después con un lienzo que ni siquiera alcanzó a tapar los pies de aquel cuerpo, desnudo como todos, el cadáver pertenecía a un español.

Miguel Hidalgo turbó su vista ante aquel cadáver de cráneo destrozado por una bala que entrándole en un ojo había abierto la tapa de los sesos. Largamente lo contempló y luego, mandó se recogieran las pertenencias del muerto y que se mandaran a la viuda del muerto con una barra de plata. Aquella muerte le dolía tanto. Y le dolía en efecto, hasta el fondo de su corazón, aquel cadáver era de su entrañable amigo Antonio Riaño.

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