Si la expresión “niño genio” tuvo razón de ser, comenzó en toda su intensidad con Arthur Rimbaud. Apenas a los 14 años, tras huir de una vida rural en la Francia del siglo XIX para internarse en un París de luces donde la crema y nata de la cultura estaban cambiando la visión del mundo, el entonces adolescente recién salido de la pubertad cambiaría las letras francesas con Cartas del vidente, Una temporada en el infierno e Iluminaciones, para abandonar la literatura, apenas a la edad de 17 de años.
Después de una obra brevísima pero que estremecería la literatura para siempre, Rimbaud, el niño que sedujo a un Paul Verlaine de 26 años quien abandonó a su familia para convertirse en amante, secretario, editor y publirrelacionista, el mismo chiquillo que también fue retratado con un rostro angelical pero contribuyó a la caída de Verlaine, encarcelado por cargos de sodomía y pedofilia, una vez concluida su aventura como enfant terrible, habría de iniciar otra marcada por atrocidades.
Si Da Vinci, en sus Aforismos, Sei Shonagon con El libro de cabecera, Yukio Mishima en Caballos desbocados, el Conde de Lautreamont con sus Cantos de Maldoror… cada uno abordó al mundo con un fragmento de obra que lo dejaría boquiabierto, en cada caso con el uso de prestanombres para dar a conocer su trabajo, dado que no habían terminado de salir de la niñez cuando ya estaban produciendo materiales que ningún adulto de su tiempo llegó a soñar siquiera, otro tanto sucedía con sus vidas íntimas, plagadas de secretos y osadías fuera de serie.
Rimbaud, el poeta, llegado el momento, se convertiría en Rimbaud el traficante de esclavos, el traficante de armas; el peregrino de su propia fortuna en el desierto del Sahara, tratante de blancas; el demonio blanco en la cuenca del Mediterráneo sobreviviendo de sus negocios turbios entre África y Europa; indiferente al género, tomando y abandonando amantes de todo origen, hasta que la vida le fue reclamada por un cáncer súper agresivo que, por una paradoja del destino, también padeció Verlaine en los últimos años de su existencia.
Si la obra de Rimbaud sobrevivió, fue gracias a la oportuna intervención de Verlaine, quien la dio a conocer y la instaló como una de las más audaces de su tiempo y que a largo plazo, marcó la pauta de la literatura francesa.
No obstante, es en Iluminaciones donde se aprecia no solo la extraordinaria belleza de una pluma brutalmente precoz, ahí, entre las líneas de prosa y verso hay una especie de testamento previo de aquello a lo que aspiraba cumplir Rimbaud y funcionaría como una suerte de tortura aciaga del andariego en que se convirtió, hasta antes de fallecer.
Hector Zazou, uno de los compositores y antologistas más brillantes que dio la música del siglo XX, en su momento se acercó a la obra de Rimbaud y, tomando como punto de partida Iluminaciones, confeccionó Sahara Blue.
A partir de un fragmento que componen las “Frases” de Iluminaciones, el disco inicia con “He tenido cuerdas de campanario en campanario; guirnaldas de ventana en ventana; cadenas de oro de estrella en estrella, y bailo”. A partir de ahí, el trabajo funciona como una especie de flashback con Rimbaud en el desierto del Sahara, recordando un tiempo en que la escritura de su poesía describe no solo sus emociones, sino el sentir de una época a la que perteneció.
Como en una película, además así ensamblada por Zazou, en la que participan actores de la talla de Gerard Depardieu y Richard Bohringer, músicos como John Cale, Brendan Perry, Lisa Gerrard, Ketema Mekonn, entre otros, el título discurre de manera tal que el orden de la selección de los poemas permite ver a un sujeto que no solo envejece, sino que gradualmente se va apagando e incluso la participación de los músicos lleva de un sentimiento festivo, eufórico, hacia una gradual madurez, aunque insatisfecha, lúcida.
Justo donde la meteórica y deslumbrante capacidad de Rimbaud cegó a una generación, su mediocridad humana se encargó de despedazarlo hasta dejar de él menos que un triste guiñapo, al que Zazou procura cerrar en calidad de homenaje a una de las más grandes paradojas en el seno de la humanidad, quien pasó de inigualable representante de la esperanza, a sujeto por completo despreciable, descomponiéndose en vida.
Después de Sahara Blue, Zazou se elevaría a la calidad de ensamblador de los proyectos más plurales e inclusivos a que dio luz el siglo XX.

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