Una economía cerrada es aquella que no mantiene vínculos con el resto del mundo; contrariamente, una economía abierta establece relaciones con el resto de los países bajo tres mercados: el de bienes y servicios, que implica la elección por parte del consumidor con respecto al consumo de mercancías internas o externas; el de factores de la producción, que incentiva el traslado de plantas de producción a países con menores costos; y el financiero, que brinda a los individuos la posibilidad de optar entre activos financieros nacionales o internacionales. En este texto se busca identificar los aspectos más relevantes en torno a la liberalización de este último mercado y su efecto en la inversión productiva de México.

De acuerdo con el “Directorio estadístico nacional de unidades económicas” elaborado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en México existen cerca de 5 millones 79 mil unidades económicas; cabe mencionar que la cifra incluye organismos públicos y privados clasificados en: micro, pequeñas, medianas y grandes empresas. El financiamiento de toda actividad productiva requiere la conformación de un capital, cuando los recursos son insuficientes, las empresas acuden al apalancamiento proveniente del sistema financiero, cuya función principal debiera ser transferir recursos económicos de los agentes económicos superavitarios hacia los deficitarios.

La globalización ha permeado en los diversos mercados y actividades económicas, y el mercado financiero de las economías en desarrollo, como lo es la economía mexicana, no ha sido la excepción. México inició un proceso de liberalización financiera a fines de la década de 1980, desde entonces ha desregularizado paulatinamente su sistema financiero, eliminando en forma progresiva los controles de capital, permitiendo la libre flotación de la moneda y condicionando los flujos de inversión (directa e indirecta) a la percepción que los inversionistas extranjeros forjan en base al comportamiento de los denominados fundamentales.

En pleno proceso de desregularización se desató la crisis de 1994, que el sector financiero superó gracias a que el gobierno implementó la reestructuración del sector bancario, el rescate de los deudores, la recapitalización del sistema y la apertura a la inversión extranjera en el sistema bancario; actualmente, la banca comercial trabaja con capital mayoritariamente extranjero. Uno de los justificantes de la apertura financiera es el hecho de que la escasez de ahorro interno puede subsanarse con capital externo que impulse el desarrollo productivo y crecimiento económico del país, no obstante, la realidad muestra que las únicas empresas que se han beneficiado de esa apertura financiera son las de mayor tamaño.

Del total de unidades económicas que hay en México, la Bolsa Mexicana de Valores (BMV) únicamente tiene enlistadas cerca de 150 empresas, cantidad irrisoria considerando el tamaño de la economía mexicana y la lista de empresas que cotizan en las bolsas de valores de otros países con semejante estatus económico; en orden de importancia, las fuentes de financiamiento que las empresas utilizan en México son: proveedores (80 por ciento), banca comercial (40 por ciento), empresas del mismo grupo corporativo (20 por ciento), banca de desarrollo (4 por ciento) y emisión de deuda (ni el uno por ciento); estos datos revelan la ineficiencia del sistema financiero en México ante las necesidades de apalancamiento de la mayoría de las empresas.

Las micro, pequeñas y medianas empresas en México aportan el 72 por ciento del empleo total y el 52 por ciento del producto interno bruto (PIB); en su mayoría, estas empresas se han visto privadas de financiamiento que les impulse a crecer, el capital de estos negocios deriva de ahorros y/o préstamos familiares; si bien los gobiernos de cada sexenio, por medio del Programa nacional de financiamiento para el desarrollo (Pronafide), plantean estrategias que fomenten el desarrollo integral y sustentable del país, enfocadas a promover la inclusión financiera y el financiamiento interno del sector privado, las micro, pequeñas y medianas empresas difícilmente logran acceder a tales recursos.

La apertura financiera no ha impactado seriamente en el crecimiento de las empresas mexicanas, los grandes capitales buscan negocios rentables y el financiamiento no ha permeado en el ámbito de las micro, pequeñas y medianas empresas, pese a la escasez de ahorro interno, el autofinanciamiento se ha posicionado de forma histórica como la principal fuente de capitalización en el país.

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