Tienes que ir —mi madre me extendió la llave de casa de tía Amalia—. Si no te abre, entras.
—¿Por qué esperaste una semana? —le pregunté, ella levantó los hombros como respuesta y siguió picando manzanas en silencio.
Mientras conduje, recordé los días del padre en el colegio, los primeros años mi madre me colocaba el termómetro y me decía que me encontraba muy enfermo, la tía Amalia se acostaba conmigo, pedíamos pizza, me regalaba un videojuego y nos quedábamos en cama. Conforme los años pasaron, ya no fue necesaria esa farsa, yo, por voluntad propia, me quedaba esperando a mi tía, la pizza y el juego. No conocí a mi padre, pero la tía Amalia me decía que era un buen hombre que se había quedado muy lejos. No sé cuál es el origen de mi familia, ni el sacrificio de mi abuelo, la abuela se aferra a contar que hace más de 20 años encontraron una fortuna enterrada en el rancho, su rancho, que nunca he conocido. Es como si no existiera nadie más que nosotros en este mundo, ni un familiar. He escuchado pláticas entre puertas donde ellas tenían miedo de que los descubriera el patrón.
—Cállate Amalia, no digas estupideces, agradécele a tu padre lo que hizo. Acuérdate cómo vivíamos, se sacrificó por nosotras.
—Yo hubiera preferido quedarme pobre y feliz, estamos solas.
—Cállate idiota.
—Todo lo hemos hecho sobre mentiras, la casa, la tienda, todo…
Solo importa la familia, la gente es mala. A las tres mujeres les cuesta trabajo hablar con los otros, relacionarse, confiar. Yo mismo he aprendido que no deben venir mis compañeros, que los amigos deben quedarse fuera de esta casa, de los interrogatorios de la abuela.
—¿A qué se dedica tu padre?
—Es abogado.
—Entonces miente y roba.
—No señora, es abogado laboral.
—Entonces miente y roba a nombre de las empresas.
La tía Amalia se mudó sola hace dos meses y compró un gato. Ella es fea, no mide más de un metro cincuenta, con el pelo grifo y sucio, unos lentes gruesos que pasaron de moda hace muchos años, guarda dinero en su ropa interior. Se puso a dieta (aunque solo la cumple en la mañana y la rompe en la tarde), adquirió esa casa al otro lado de la ciudad, compró muebles color chocolate, la moda, decía ella, son como japoneses. No tenía muy buen gusto, llenó cada rincón con objetos dorados. Compró ropa una talla más pequeña porque, como estaba a dieta, no iba a tardar en quedarle bien, todos sus botones parecían estar a punto de estallar. Se fue al salón de belleza, pidió que le tiñeran de rubio el pelo y cambió sus lentes por unos de armazón pequeño. No cabía duda, estaba enamorada.
Hace dos semanas la abuela le dijo a la tía Amalia que nadie podía quererla, que era fea y tonta, que estaba amargada, que lo único bueno que tenía era el dinero, “eso es todo lo que un hombre puede ver en ti, ¿o qué crees que se van a fijar en tu panza?”, dijo con sorna la abuela y mi madre, como coro dispuesto, estalló en carcajadas. Yo abracé a la tía Amalia, salí con ella a la calle y me deseo feliz viaje, me extendió un sobre con dinero. Pasé una semana fuera, lejos de tanto misterio, de tanta mujer nerviosa.
Llegué a la casa de la tía Amalia, las luces estaban encendidas y se escuchaba un murmullo, sin duda ella estaba adentro, ¿y qué si no quiso trabajar en la tienda esta semana?, toqué el timbre, nadie se asomó, supuse que me había visto, sin embrago, no cesó el ruido, golpeé con los nudillos, esperé unos minutos, nada. Abrí la puerta, todo estaba como recién utilizado, en la cocina el televisor encendido con un programa de revista, en la sala su bolso cerrado, subí al segundo piso, cuando abrí la puerta de su cuarto, olía a orines y mierda, salió desesperado el gato, un poco lento y con un maullido ronco, ella pendía de la lámpara y de su pie un pedazo de carne desprendido, supongo, el alimento del animal. Mi tía tenía un tono azulado, abrí la ventana y dejé entrar la luz. Llamé a la policía y luego a mi madre.
Nadie más subió al cuarto, para qué, si ya lo había hecho yo. Mi madre abrazó al gato flaco y lo llevó al veterinario, mi abuela me extendió un sobre con dinero y un papel que explicaba dónde se encontraba la tumba del abuelo.
—Ve y arréglalo todo —me dijo tajante.
En el cementerio me indicaron la importancia de la exhumación, los restos tenían que estar en la misma caja, había que sacar al abuelo, firmar papeles. Repartí billetes para agilizar los trámites, en menos de una hora ya tenía una cuadrilla de peones caminando hacia la tumba donde mi abuelo yacía desde hacía 20 años. Llegamos al sitio, los tipos me trataban con deferencia y si acaso insinuaban una complicación, yo rápidamente la solucionaba con otro billete grande. Comenzaron a cavar, busqué sombra bajo un árbol cercano y prendí varios cigarrillos. Por fin la pala topó con un ruido metálico.
—¡Uy!, joven es de metal —dijo un tipo mirando con asco a los demás.
Saqué el sobre de las complicaciones, se levantaron de hombros, cubrieron su rostro y abrieron el féretro, ahí estaba un cuerpo líquido, mi abuelo que no había logrado ser polvo, sustancia pútrida que me hizo vomitar a un lado de las criptas.
Los hombres se apresuraron a tirar ese contenido en la tierra y cubrirlo con cal, sacaron los huesos y los lavaron en el chorro de agua fría.
—Aunque sea más caro, deberían hacer el esfuerzo y enterrar a su familiar en madera— me dijo un peón como si me diera un gran consejo.
Entonces entendí que la muerte nos recuerda quiénes fuimos.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.