Nunca supo cómo le había sucedido aquello, el por qué había pasado de jugar con sus muñecas a aquella suciedad que le envolvía el aliento y la vida con la fetidez de gargantas podridas ávidas de su cuerpo de niña.

La habían arrancado una mañana a la salida del colegio de monjas donde estudiaba. La habían metido en una camioneta de color negro y tapado la boca con un plástico de basura.

Eran dos hombres que reían y decían groserías violentas sobre ella y las otras dos niñas. No las veía, pero presentía que estaban ahí. Sentía sus lágrimas desnudas caer por sus muslos.

Le hacía daño el trapo que le habían puesto en los ojos como venda y las ligaduras, de esas que se utilizan en las maletas, que le ataban las manos por detrás de la espalda.

No sabía cuánto tiempo viajó. Le pareció un viaje eterno. Su imaginación se iba a tramos por la cara de sus padres y sus hermanos que se iban desdibujando pese a sus esfuerzos.

El dolor de su cuerpo iba en aumento. Ya no sentía las lágrimas de las otras dos niñas en su piel cansada, tampoco sentía su respiración entrecortada por el llanto. Se había quedado sola.

La bajaron de la camioneta a empujones. La voz de los nuevos hombres era áspera, arrugada por el alcohol y la maldad. Uno de ellos se le acercó y le dio un beso en la boca. Sintió un asco profundo en todo su ser.

El otro dijo algo que no entendió muy bien, pero que la estremeció por completo. La mujer presente no habló mientras el hombre la llevaba a empujones a un cuarto sucio: el infierno donde permanecería hasta que se le secarán los ojos con el hielo de la muerte.

Después ya no supo de sí. Cada día la rompían más, cada día se hundía más en la miseria de un cuerpo destrozado por innumerables manos que la atravesaban hasta saciarse en sus huesos quebradizos.

Alzaba al cielo sus brazos buscando una compasión que no llegaba. Vaciada por completo se ungía cada noche en un sacrificio que no había pedido y para el que no estaba preparada.

La encontraron con vida y la sacaron de allí. Demasiado tarde, hacía tiempo que su espíritu volaba en las alas de la locura, donde cada noche los veía llegar con su cruel risa desdentada.

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