A Rocío, que sacó un beso de su chistera para regalármelo

“¿Para qué me levante hoy?”, se preguntaba mientras se lavaba los dientes con algo más de fuerza de lo habitual. Y es que le esperaba un día pesadísimo. No era para menos, tenía que presentarle a sus jefes el informe anual de actividades.

Llevaba una semana durmiendo una hora turbia por noche, totalmente insuficiente para estar despejado, pese a la mucha cafeína que introducía en su organismo, cada vez con dosis más extremas.

La ducha tampoco lo despertaba, se quedaba dormido arrullado por el sonido del agua al caer por su cuerpo. No le importaba que estuviera helada, para él era mucho más importante dormir.

Pero el tan temido informe se había metido en su cabeza y cuando lograba conciliar un sueño presuroso detrás del rincón de sus pestañas, los números lo asaltaban como 100 batallones de cañoneros.

Por suerte aquello terminaría pronto, de una manera u otra el día infausto de la presentación había llegado y solo le quedaba realizar una exposición decente y sobrevivir un año más.

Cuando todo acabase se tiraría en la cama y dormiría todo un fin de semana seguido sin que eso le pesara lo más mínimo. Ese era su único deseo en la vida; echarse un largo sueño y despertar cuando el hartazgo de estar dormido lo hiciera abrir los ojos.

Llegó a la oficina con el tiempo suficiente y su apariencia era decente, pese a las ojeras que le llegaban hasta el suelo y un extraño tic en la boca que no podía controlar y que era producto del estrés.

Apenas saludo a su secretaria, una mueca fatigosa fue suficiente para darle a entender que no quería que lo molestasen. Aprovechó la media hora que le quedaba, antes de reunirse con sus jefes, para repasar unos números que saltaban como conejos y no se dejaban atrapar.

No supo muy bien como le había ido. La cara de sus superiores era todo un enigma de seriedad que se volvía opaca en la tan temida fecha de la evaluación del personal. No le importó demasiado, solo pensaba en dormir.

Cuando despertó cinco años después el mundo había cambiado. Él también, tenía la barba crecida y arrugas debajo de los ojos. Estaba tan descansado que le dieron ganas de salir corriendo a la calle y gritar lo bien que se encontraba. No lo hizo. Se volvió a quedar dormido.

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