La primera vez que recuerde tuve una sensación semejante a la que ahora llaman infoxicación, refiriéndose al bloqueo de pensamiento producido por la cantidad de información existente en Internet, fue cuando un amigo me grabó en unos discos toda la discografía de la banda de rock progresivo británica Yes. Se trataba de 36 álbumes oficiales, unos 10 piratas, una docena de compilaciones y una veintena de vídeos. Cuando vi aquel material en mis manos, convertido en unos y ceros pero que contenía unas 50 horas ininterrumpidas de música, me dio vértigo.
Luego fue peor, la avalancha de libros en PDF que puedes encontrar en la red es apabullante y los números de artículos de divulgación y científicos de cualquier tema medianamente de moda superan con creces la vida del más longevo de los investigadores.
Pero, curiosamente, en el momento en que más posibilidades tenemos de intercambiar información de alta calidad y de formar grupos a nivel global que desarrollen cualquier aspecto de la ciencia, nos encontramos en el momento donde más se están aplicando los modelos contrarreformistas e iconódulos que representó la Iglesia católica desde 1545. La imagen le ha ganado a la palabra y lo invade todo, y como tal tiene un lenguaje que no nos han enseñado a descifrar, pero que consumimos a diario.
Las redes sociales son espacios en los que la interactividad entre los individuos fluye con velocidad asombrosa solo con situarnos 10 años atrás, y los horarios industriales tampoco permiten el tiempo del regocijo de la lectura pausada y reflexiva. Consumo, consumo de información rápido y efectivo, con todos sus ingredientes telenovelescos, el bueno, el malo, la trama, y la capacidad de multiplicar y juzgar rápidamente. Un vídeo de minutos que ahora están tan en voga producidos por el diario El Universal, El País o la página Playground son capaces de, en cinco minutos, explicar los más de tres milenios de cultura egipcia antigua, o en tres minutos desentrañar el complejo proceso de la desintegración de la URSS. Un puñado de imágenes a veces completamente erradas, salpimentado de adjetivos calificativos y un mensaje claro y directo… en unos minutos te puedes creer experto en semiótica.
Finalmente Joseph Goebbels ha triunfado, incluso nosotros, los profesores de universidad, utilizamos estos vídeos a modo de ilustración en redes académicas. Nosotros, doctores en ciencias sociales y humanidades deberíamos tener el deber, la decencia intelectual, de actuar como curadores de esta información, no propagadores de odios, bulos, faltas de información o acusaciones. La diferencia entre el pensamiento crítico y la propaganda es esa, la reflexión sobre el hecho, con la calma que merece, la información contrastada y precisa, pues no es lo mismo defender una causa que señalar culpables.

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