Al amanecer, muy de mañana, casi al alba entre melodiosas audiciones, silbidos, trinos jubilosos y alebrestadores ejecutados por parvadas en preludio de una jornada soleada, aparecía a paso apurado la viejilla. En esa composición ella empezó una disertación de los últimos años del siglo XIX cuando descendía por la pedregosa e inclinada cuesta de la añeja barranca de Santa Apolonia, chueca calleja de El Caballito, hoy Patoni, no aclaró si para dirigirse a hacer compras o para asistir de mocha al templo de doña Asunción –hablaba a sus jumentitos pelones– “debemos mirar nuestro pasado, valorar objetos a conservar, recordar y actuar con necesidad de apreciar la herencia, el acervo aprendido, guardar como un legado de hechos que se van tejiendo poco a poco, como iba surgiendo la vida del mineral de Pachuca con las altas y bajas en la producción de plata, con auges sorprendentes, espontáneos como el de la rica veta de San Juan Analco en la mina El Rosario en 1850.
La anciana suspiró, “la villa se creó por etapas como capas de rocas y tierras en los tiros y socavones sobreponiéndose unas a otras, en algunas ocasiones, pocas, sin borrar, sin desaparecer las anteriores”. En ese antiguo Real de Pachuca, desde su fundación y traza han existido éxitos y carencias, momentos de bonanza y épocas de pobreza (1770-1820), todos ellos aún los tristes han enseñado, han legado construcciones, fincas, materiales y formas utilizadas, hábitos sociales, costumbres, la oralidad, los comercios; lo material y lo inmaterial que se entrelaza, se urde de tal forma quedando como memoria de nuestra población, esa es exactamente nuestra herencia, legado cultural de la vida de este real.
Se quejó, “esta población no ha producido ni la comida, ni la mayoría de los artículos que requiere una región minera argentífera en progreso desde la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, dependiendo para su abastecimiento de mercados de fuera, cuando aumentó la concentración de trabajadores llegados de los reales de Guanajuato, Zacatecas, Estado de México y Michoacán”. En las minas, en la última década del siglo XIX, se vieron muchos mestizos, criollos, indios, cambujos, negros… a todos había que satisfacer sus necesidades de alimentos de todo tipo, de vestido, calzado, medicinas, materiales, maquinarias, herramientas, de la escasa educación y hasta de curas.
La lodosa calle de Patoni fue lugar de asentamiento o acomodo de diversidad de comerciantes que venían a abastecer los requerimientos de la creciente población, llegaban cargados de variadas mercaderías traídas de diversos lugares, “veíanse muy cerca de la antigua plaza de Mercaderes-Constitución, también atestada de puestos improvisados y ambulantes, los comercios se extendían a unas cuantas varas de la finca oficial en donde se habían atrincherado los serranos poblanos como gobernadores, esa trinca infernal de los Craviotos que despachó de 1876 a 1897 en ese recinto de don Lambert”.
Desde el amanecer exponían una atractiva variedad de productos sobre la pedregosa calleja empinada, entierrada y hasta maloliente. Gritaban para ofertar, pregonaban las muchas mercancías contenidas en grandes y pesados bultos de mantas, en fuertes ayates de ixtle, en enormes y pesados canastos de carrizo quemado rajado y urdido armoniosamente movidos en equilibrio y gran habilidad, llevados en la cabeza por floreros, panaderos, tocineros, fruteros, verduleros… los pisos de los comercios en tierra bien aplastada, disparejos, muy barridos con ramas de pirú y regados de aguas de la fuente del Jardín Constitución.
De los improvisados puestos de endebles estructuras levantadas con palos, trozos de tabla, algunos claveteados con gruesos hierros alcayatas atados firmemente con fuertes lazos de ixtle de un extremo a otro, sobresale el frente, fondo y costado de un espontáneo negocio del que penden guirnaldas galanamente acomodadas de todo tipo de sombreros alternando con tendederos de muchas maneras de guaraches, ofrece en el puesto don Ugalde, otro de los segregados y anónimos forjadores del real minero. Él, el señor Pedro, venia de Colón, pueblo de la Sierra Gorda otomí; Sierra de Zamorano Querétaro, tierra de mecos; chichimecos Jonaces y otomís, donde abunda el mezquite, pino, cucharilla, tronadora, popotillo, encino, huizache, nopal y biznagas, productores de cestería de vara y carrizo. “Por muchos años, ahí se conoció el primer asiento de lo que luego sería La Abastecedora”.
Los techos de los comercios presumían dignamente cubiertas de maderos, tablados, chuecos apolillados, sosteniendo con clavos la cubierta de aguas de tejamanil o de láminas oxidadas de grueso fierro, los menos lucían mantas gruesas dadoras de sombra para vendedores, mercancías y compradores. Lo que más ojeaba la abuela era a las mesillas de trastabillantes maderas viejas, apolilladas y mugrosas que se utilizaban para poner los morrales, los guangoches al refugio de multitud de ratas.
Reveló ser asidua concurrente a excitantes productos que ofertaba la conocida mercillera, gustaba de dorados botones, agujas gruesas y chiquitas, agujas “arrieras” de ojo grande para costal, alfileres, hilos, estambres, listones, jaretas, blondas, dedales, ganchos, bastidores o aros, figurines impresos para delicados bordados, cascabeles, peinetas. ¡Mostrada ante ese vicio! recatadamente se santiguó con vista a La Asunción, ágil recordó muy devota “los días de ayuno y abstinencia de carnes, están dichos por San Juan para los mayores de 21 años y menores de 50; el Día de Ceniza, el Viernes Santo, la Vigilia de la Purísima Concepción el 17 de diciembre, el 23 de diciembre, ¡ustedes mayores de siete obedientes a la abstinencia de carnes según lo escrito en el catecismo de don Jerónimo de Ripalda!

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