Quédate en casa es la principal sugerencia para evitar la expansión de la pandemia, atender la indicación no tiene el mismo significado y consecuencias para todos, eso depende de la forma en que hemos construido nuestros hogares, no me refiero al material o tamaño de la vivienda, en realidad me centraré al tipo de relación de las y los habitantes de la casa.

Los informes sobre la condición de las mujeres en sus hogares en México y otras partes del mundo coinciden en señalar que el número de llamadas de auxilio por violencia familiar incrementaron a la par de la implementación de la cuarentena, también, están al alza los casos de mujeres que deben abandonar sus hogares para, junto con sus hijos, acogerse a un refugio.

Permanecer en casa enfrenta a personas que desde hace tiempo dejaron de ser familia para convertirse en inquilinos que duermen, se asean y a veces consumen alimentos ¿Quién tiene la culpa del alejamiento emocional de los residentes de la casa? Quizá la culpa está en las jornadas de trabajo que apenas dejan tiempo para cumplir mecánicamente las labores de abastecimiento y limpieza de la vivienda, también pueden considerarse los horarios dispares de escuela y trabajo que impiden horas de encuentro en familia, hay que incluir a los intrusos tecnológicos que ocupan nuestras manos, vista y oídos porque es casi imposible sustraerse de las redes sociales; en fin, cada quien en su dinámica, cada cual en su espacio, casi todos con su propio dispositivo electrónico, todos ensimismados en sus preocupaciones sin tener una conversación real.

Pretextos y condiciones sobran para justificar que la cuarentena pone cara a cara a extraños y extrañas cohabitantes de la misma casa; la permanente e ineludible compañía pone a prueba nuestra capacidad de tolerancia y respeto al espacio, ruidos y actividades de los otros, solo que nuestra cultura mexicana de inspiración machista no parte del principio de negociación sino de obediencia antecedida por la imposición, de padres para sus hijos, del padre para la madre, de los hermanos mayores sobre los menores, etc.

En algún momento la cadena jerárquica se cuestiona para desencadenar una crisis doméstica; también hay crisis que se gestan desde el exterior de los hogares, sin que haya una premeditada intención de daño, su origen se debe a la respuesta que impone una situación excepcional como la cuarentena por el Covid-19, me refiero a la estrategia articulada por la Secretaría de Educación Pública que, haciendo uso de las tecnologías de información, busca cumplir con los contenidos de sus programas escolares.

Súbitamente madres, padres o tutores se convierten en los docentes domésticos de los estudiantes de educación básica, así contenidos complejos, llenados de cuadernos de trabajo, actividades escolares y todos lo demás debe ser documentado y enviado como evidencia.

Esa nueva situación documenta que no todos los hogares tienen acceso a tecnologías de comunicación o cuentan con espacios exclusivos para la realización de actividades escolares, la peor situación es que los padres o tutores en su calidad de adultos tampoco saben o entienden los contenidos temáticos para ayudar a sus hijos, pues ellos mismos en su momento carecieron de una formación escolar de calidad porque nuestro país lleva varias décadas con crisis educativa, solo que pocas veces ambas generaciones concurren para compartir las insuficiencias del sistema escolar mexicano, sumado a ello que se descubren como extraños portadores del mismo apellido.

Por lo anterior me atrevo a afirmar que una razón de crisis al interior de los hogares en época de cuarentena es el dilema ¿Quién y cómo ayudar a los niños y niñas con sus interminables labores escolares? En ello, el grueso de la responsabilidad será de las mujeres, ellas cuyos hogares son campos minados por el vigilante patriarca que también se queda en casa.

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