Los intelectuales actualmente, son la réplica de una antigua división social que fue fundada por quienes crearon las bases sociales de la religión y la filosofía. Teólogos, filósofos y ahora intelectuales tienen como origen la misma matriz. Son el resultado del surgimiento de una antigua manera de representarse a la sociedad, en donde existen los que piensan y constituyen el segmento “pensante”; la otra parte de la sociedad, más o menos el resto, son los que únicamente poseen cuerpo y una chispa de pensar asociado por lo general al cumplimiento de una determinada tarea corporal, en donde el esfuerzo físico está guiado por una racionalidad.

Esa manera de creer que la sociedad se divide entre los que piensan y los que no piensan tiene fundamentos religiosos, filosóficos y de las creencias modernas como ya hemos dicho. Aunque con el tiempo ha ido cambiado la manera en que este modo de pensar se presenta. Casi siempre permanecen combinados, aunque con jerarquías distintas según el tiempo y el contexto. Por regla general tiene como propósito fundar a la sociedad que lo sostiene en creencias distorsionadas que legitiman la existencia de sociedades en donde lo que se produce socialmente termina distribuyéndose desigualmente.

En última instancia de lo que trata la filosofía, la teología y la intelectualidad es de colocar al cuerpo como algo a lo que se puede despreciar. Al pensamiento, la razón, lo intelectual, filosófico o teológico, lo sagrado, lo respetable, lo que justifica la existencia y razón de las cosas. El cuerpo, es el lugar donde predomina lo pecaminoso, lo sucio, lo mal vestido, lo enfermo, lo sometido a ocho o más horas de trabajo. El filósofo, el teólogo, el intelectual, son los que dedican su vida al cultivar el pensamiento, las ideas, la reflexión, la filosofía, la causalidad de las cosas, su razón de ser. O, como decía Sócrates, razón es igual virtud y virtud es igual a felicidad.

En la lógica de occidente, de donde viene matriz de la intelectualidad, para infortunio o no de los intelectuales modernos, aunque por supuesto no todos, ha surgido una clase de ricos a los que por lo general sirven y de cuyo sector se alimentan. En el pasado, los filósofos griegos guerreaban, contemplaban el universo y se podían reproducir su vida a costa de una sociedad de esclavos. En el medioevo, los teólogos lograron la supremacía al interior de la sociedad sobre el principio de un campesinado apegado a la tierra. En la modernidad, los intelectuales son los que aceitan los mecanismos nocivos de lo moderno, el progreso, la democracia.

En la lógica lineal de occidente tenemos esclavos y campesinos, más tarde se encuentra una sociedad cruzada por múltiples contradicciones, en donde una multitud de segmentos sociales son quienes ocupan su cuerpo en actividades que en última instancia permiten a un sistema como el nuestro reproducir sus desigualdades. Para ellos se crea la sociedad del espectáculo, con eventos que son construidos con un sentido: despertar del hartazgo cotidiano y el cansancio a millones de seres humanos que después de gastar sus energías en jornadas de trabajo deben ser “electrocutados” con palabras, imágenes, chismes, desnudos, canciones, noticias, deportes, politiquerías, etcétera, como eslabones de una cadena.

La sociedad actual no es ninguna Grecia, pero ha logrado crear un núcleo social de la llamada intelectualidad que justifique la anormalidad. Quienes se dedican a reflexionar, pensar, etcétera, pueden algunos de ellos dedicarse a la filosofía y otras actividades que se incluyen en el concepto de intelectuales. Ahora bien, en tanto el concepto de intelectual ya ha pasado a consolidarse como parte de las sociedades modernas, en sí mismo representa un rebajamiento o pérdida de valor de lo antiguamente era el pensamiento refinado, el de los filósofos. Intelectual es algo así como una actividad menor, sea dicho lo anterior con todo respeto para quienes se creen o autonombran.

Ahora bien, aquella sociedad jerárquica requiere de intelectuales que justifiquen y legitimen a la sociedad desigual y del espectáculo. Estamos hablando del uso de la razón, el pensamiento, la reflexión, la racionalidad, aplicado a la historia, la economía, la sociedad, la psicología y la psiquiatría, la antropología, la medicina, el derecho, etcétera. Todo ese conocimiento, es un conocimiento creado con el fin de analizar cómo son los seres humanos, como se comportan, a qué aspectos reaccionan, cómo viven, qué hacen, a qué se dedican, cuánto ganan, cómo son las familias, los hijos, de dónde vienen, etcétera, etcétera. Ese conocimiento es una caudal de información que se ocupa para conocer hasta sus entrañas y establecer normas para regular su conducta.

El intelectual en la modernidad por lo general, aunque existen excepciones por supuesto, es un personaje de la vida pública que está dedicado a la academia. Ahí cultiva una especialización y ante determinadas circunstancias que a veces se convierten en dominantes, llegan a vivir por fuera del mundo académico o comparten la academia y sus conocimientos con la vida pública, que puede ser el periodismo, los medios de comunicación electrónicos o la prensa escrita y, ocasionalmente, de manera permanente, se buscan un lugar en la administración pública o de plano como asesores políticos. Los académicos al pasar a la vida pública generalmente lo hacen haciendo gala de algo que caracteriza al mundo académico, que es el “prestigio” que ahí predomina desde los inicios de la creación de las universidades en todo el mundo.

Jalife a quien los intelectuales así autollamados odian, es un caso especial, como Wittgenstein. Hijo de migrantes libaneses, el mismo ha dicho que es un hombre rico, aunque luego en las entrevistas ha dicho que no rico sino “un poco rico”. Sí tiene sus ahorros, pero bueno eso es otra cosa. Lo importante es que es uno de los intelectuales que nos ha descubierto la cuarta transformación y que, a pesar de su riqueza e influencia en el mundo, es un hombre que ha puesto al pensamiento al servicio de la transformación y del proceso de cambio que vive México. Esto es lo fundamental de los intelectuales. Los intelectuales que copaban con sus opiniones los medios de comunicación en el pasado, colocaron su manera de pensar al servicio del viejo régimen.

Intelectuales mexicanos enviaron una carta a López Obrador demandando el fin de la deriva autoritaria y el regreso a la democracia. Hacía algunas semanas algunos de los que ahora firman esta carta, habían reaccionado como grupo ante la insinuación de que Alfredo Jalife pudiera ocupar un lugar dentro del gabinete del actual gobierno de López Obrador. En aquel entonces, rechazaban que Jalife pudiera ocupar un puesto en el gabinete, debido a que, argumentaron, sus discursos promueven el odio y la desavenencia. Firmaron la carta 142 intelectuales. No les gusta Jalife porque entre él y ellos chocan visiones de lo que es el obradorismo y, sobre todo, de que los autollamados intelectuales han sido acusados por Jalife Rahme, de representar la decadencia de un régimen, como fue el del periodo neoliberal. Jalife no les ha perdonado su docilidad frente al neoliberalismo depredador y su crítica feroz contra el gobierno de la cuarta transformación.

Es verdad que Jalife tiene su estilo, pero lo que le más posee es algo que los intelectuales que firman la carta no tienen: actuar conforme a la verdad.

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