La exploración fue grande, sobre todo su interiorización hacia adentro les sirvió para mucho, pero no en términos utilitaristas sino en los de una paz basada en reflexiones que ambos compartían.
El norte les había dejado ese poso de misticismo adherido a las profundidades de su sensibilidad. Esa que no osarían manifestar en absoluto, aunque formara parte de lo más importante de sus personas.
Con propiedad podríamos hablar de un cambio sustantivo en su manera de pensar, algo que podía percibirse apenas si se prestaba la suficiente atención en sus formas de mirar y moverse por la casa.
En todo caso, se trataba de una insuficiencia que era menester tener en cuenta para futuros pensamientos. Una insuficiencia decimos y decimos bien, pero no de la clase del menoscabo, de la pérdida, de la ausencia.
Su insuficiencia era de otro tipo, no tenía nada que ver con sus aprendizajes exteriores, que habían sido espléndidos y se habían posado en ellos con una permanencia absoluta, propia de lo inmortal hecho carne.
Su insuficiencia era una inmanencia que los acercaba al conocimiento de ellos mismos desde la mirada del otro. Aprendizaje difícil aquél que solo las condiciones de la soledad en tránsito había hecho posible.
M y K eran ahora más una unidad de substancia que una dicotomía autónoma que reivindica su libertad a cada momento, libertad propia del egoísmo del ser en competencia con su semejante.
Ser una unidad no quería decir constituirse como un todo perdurable, que en este caso podríamos llamar amor, tampoco significaba conformarse como una encarnación de la felicidad.
El ente que recién conformaban mantenía algo de todo aquello sin ser un conjunto mayor. Con eso queremos decir que K y M no se habían convertido en un híbrido. La cosa no iba por ahí, por los lados hermafroditas de un norte ensamblador. En todo caso, la nueva situación les hacía sonreír felices, ajenos a cualquier circunstancia de un devenir prometeico.
K tenía que decirle algo a M antes de irse a dormir, le dijo: “No sé si es el momento ni el lugar, no sé si las palabras que voy a decir son correctas o no, pero, ¡qué importa!, las voy a decir de todos modos:
“Anoche soñé que soñaba y el sueño eras tú. Estabas sola, nadie importunaba tu presencia. Te miraba desde la ventana de la memoria. Ahora puedo decírtelo sin temor, con la certeza absoluta de los días pasados…”

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