Había una vez un escritor soltero, desesperado por no tener el encanto enamorador del poeta. El escritor estaba tan solo y era tan palurdo que terminó por escribirse una mujer: la mujer (¡su mujer!) a su medida, a su imagen y semejanza. Escribió que la mujer buscaba sus llaves entre los cachivaches de su bolsa de mano, que abría la puerta y lo llamaba.

“Amor, ya llegué. ¿Estás en casa?”

El escritor, en un ejercicio de total inmersión con su obra, contestó en voz alta que “sí”, que estaba en su estudio escribiendo (¡describiendo!) un personaje. Escribió que ella se acercaba al escritorio, rodeaba y abrazaba por la espalda a aquel hombre cabizbajo autoproclamado escritor. Él sintió el alivio de la compañía y escribió un beso: él levantaba la cabeza, echándola hacia atrás sobre el respaldo de la silla, y ella por detrás, desde arriba, lo besaba suavemente. Pero hacía falta escribir el sabor de sus labios… ¿Usaría labial? ¡El perfume! Se le olvidó describir el olor de la dama. Se dio cuenta que ella no sabía ni olía a nada; era tan simple como el agua y además estaba desnuda porque a él se le olvidó escribirle un vestido –lo dio por hecho, gran error de escritor primerizo–; como ella iba llegando y andaba desnuda, seguro la violaron o, cuando menos, la llamaron loca. Entonces, el escritor tachó todo lo escrito y rompió la hoja. En ese momento, otra vez se quedó solo.

Había una vez un escritor soltero, desesperado por no tener un enamorador encanto de poeta. El escritor estaba tan solo y era tan tímido que lo único que se le ocurrió para terminar con su soledad fue escribirse una compañera. Escribió que la mujer estaría durmiendo en su recámara mientras él escribía, que ella despertaba y lo llamaba.

“Buenos días, amor. ¿Estuviste despierto toda la noche?”

El escritor, en un ejercicio de total inmersión con su obra, contestó en voz alta que “sí”, que estaba en su estudio escribiendo (¡describiendo!) un personaje. Escribió que ella salía de la recámara, aún desnuda, y se aproximaba hacia él. Él levantaba la mirada para mirarla con redundancia enamorada pero se dio cuenta que ella era completamente imperfecta porque a él se le olvidó escribirle todos esos detalles que potencian la hermosura de una persona: los lunares en lugares inusitados, los granitos discretos casi imperceptibles, las estrías acaso, el cabello alborotado y reseco, las legañas por haber dormido tanto, los pequeños vellitos en los brazos. La mujer parecía una modelo de fotografía: estática, sin movimientos bruscos, sin gestos naturales, sin poros en la piel siquiera. Entonces, el escritor rompió la hoja y la tiró al bote de basura, condenándose nuevamente a la soledad.

Había una vez un escritor que ya no estaba solo, porque hacía unos días se había escrito una mujer. La describió como “perfecta a los ojos del escritor” para no tener que sufrir de maniquíes sin chiste. El problema es que, como no le dedicó más páginas a su descripción, se le había olvidado definir el tono de su tez, el color de sus ojos y de su cabello, la estatura, el peso y hasta el idioma de la mujer. Entonces, cada vez que la miraba, ella se veía diferente: a veces pelirroja chaparra, a veces argentina de 15 años, a veces abuela obesa, a veces negra cancerosa, a veces rusa pechugona, a veces rubia de tres metros. En fin, siempre era tan diferente que el escritor terminó por romperla y tirarla a la basura.

Había una vez un escritor solitario que, cansado de su soledad, decidió escribirse una mujer. La describió con tanto detalle para no volver a sufrir los percances de la imaginación que por fin le gustó. Ella, ahora sí, era perfecta para él. Había logrado su más excelso personaje. Escribió que ella lo llamaba.

“¿Por qué siempre me escribes sumisa y enamorada de ti? ¡Macho típico! Lo escritor no te quita lo misógino. ¿Crees que yo voy a estar aguantando tus pasajes de autocompasión y lástima? Yo no te voy a abrazar por la espalda, desnuda, ni te voy a dar un beso de consolación para extinguir tu soledad de escritor. ¡Hombre necio! Todos son iguales: machos y estúpidos. Vete a chillarle a tu madre que yo no te voy a estar soportando esos circos de tristeza. Y si algún día lo superas, cuando hayas madurado, entonces me hablas y ya veremos; pero por ahora, ¡a volar, chulo, que esta es mucha mujer para ti!” El escritor entendió entonces que no podía crear una mujer perfecta porque los humanos son imperfectos de facto. Tendría que lidiar con ella, entenderla y descifrarla como a cualquier otra mujer. Pero… ¿entonces qué caso tenía estar con su personaje si era exactamente igual a cualquier otra mujer real de carne y hueso? Por lo tanto, rompió la hoja, se puso una chamarra y salió a buscar un bar donde conocer a una mujer de verdad.

Había una vez un escritor que se sentía cada vez más solo porque, cada vez que salía a tratar de conocer a alguna mujer, regresaba más solo que antes. Lo grave de su soledad no era carecer de compañera, sino haber pasado de ser rechazado a ser ignorado en tan poco tiempo y siendo él aún muy joven (37 años) como para dejar de ser atractivo para las féminas. Así que, en un arranque de desesperación e impotencia, retomó su viejo hábito de escribirse mujeres y nuevamente se encomendó a la suerte de su imaginación. Escribió que ella era hermosísima, no por sus atributos fisiológicos –los cuales por seguro eran encantadores–, sino por sus cualidades intelectuales. Escribió que ella era una mujer talentosa, licenciada en sociología o en ciencias de la comunicación, quizá con un diplomado en historia del arte y una maestría en pedagogía de las humanidades. La escribió con preferencias literarias afines a las suyas y con una adoración desbordada por su forma de escribir. Ella era la mujer perfecta para un escritor: una fanática aficionada a sus libros.

“Léeme algo. ¿Qué has escrito últimamente? Explícame tu segundo libro que nunca le he terminado de entender.”

El escritor, en un ejercicio de total inmersión con su obra, contestó en voz alta que “sí”, pero que ahora estaba en su estudio escribiendo (¡describiendo!) un personaje y que, en un momento, cuando acabara, le leería lo que escribió. Cuando terminó de escribirla, comenzó a leer para ella pero, en esa metadiégesis complicadísima, ella se tomó del pie izquierdo y se empezó a romper hasta llegar a la cabeza. Él se quedó solo una vez más.

Había una vez un escritor que, un día que se sintió muy solo, decidió escribirse una mujer. Pero la inspiración no llegó ese día y se quedó solo otra vez.

Había una vez un escritor muy solitario, desesperado por no tener el encanto enamoradizo de los poetas. El escritor estaba tan solo y era tan antipático que terminó por escribirse una mujer: la mujer (¡su mujer!) era (¡tenía que ser!) perfecta. Escribió que ella lo amaba y lo llamaba.

“Amor, no me importa quién seas, yo te amo.”

El escritor, en un ejercicio de total inmersión con su obra, contestó en voz alta que “sí”, que él también la amaba sin importar quién fuera. Sentado en su estudio, escribiéndola (ya sin describirla), levantó la mirada y vio a la mujer (¡su mujer!) hermosa y desnuda frente a él, mirándolo con una sonrisa angelical. Escribió que ella comenzaba a bailar al tiempo que él comenzaba a leer lo que acababa de escribir. Escribió que esta vez nadie rompería la hoja y que vivirían felices para siempre. Pensó que, de ser necesario, escribiría un “Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”. Pensó que, por ella, él sería capaz de romperse a sí mismo y tirarse al cesto de la basura. Nada, no dejaría que nada –ni siquiera él mismo– extinguiera a la mujer (¡su mujer!). La miró. La besó. Después escribió que se fueron a la recámara y se dispusieron a dormir abrazados (¡empiernados!) entre ellos como a sí mismos.

Había una vez un escritor que despertó solo en su recámara porque su imaginación no rebasaba los límites del sueño y, al caer dormido, sus personajes se extinguían. El escritor se levantó desesperado, aún desnudo, corrió hacia su estudio y comenzó a leer lo que había escrito la noche anterior, pero la mujer (¡ya no la suya!) estaba inmortalizada entre palabras; ahora era –hasta para el escritor que la (d)escribió– imposible traerla de vuelta a la vida. Entonces, se quedó solo otra vez.

Había un escritor que estaría solo por siempre, porque ya había escrito (¡descrito!) a la mujer perfecta para él y ahora le sería imposible escribir (¡describir!) un personaje tan hermoso y tan perfecto como ella.

“¿Todavía no acabas tu cuento, querido? Deberías venir a la cama.”

El escritor, en un ejercicio de total inmersión con su obra, ignoró la voz de su esposa que, aún desnuda, lo llamaba a su recámara.

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