Amabas lanzar la jabalina, es una estrella sin luz, pensabas, con ella rozo la noche, la orilla del mar hiperbólico, que circundan las islas que anuncian el porvenir.

Eres inmortal, porque todos los días vives en un universo entero, en la reflexión del tiempo.

De niño, amaba las palabras solitarias, los fantasmas y la niebla donde desaparecen.

Corres con tu hermana, siempre muy lejos de la tierra, rodeado de gaviotas, para perderte en las nubes, en la bruma irreal.

Mi madre agradece su voz áspera y resbaladiza, su reflejo que se vuelve eternidad, juego risueño donde fluye el agua.

Soñaba con su jabalina, amaba los perros, pero quería ser cazador de osos, porque ellos siempre cambian de rumbo, son como dioses del agua, del trueno y el viento; crecen como el destello lento del viento, para, llegado el día, transformarse en estrellas, en rugido y nostalgia.

Siempre ha sido un viajero incansable, como jaguar ávido de libertad, como cisne que es luz, parpadeo intenso, sin pausa, siempre con causa.

Lo he amado todos estos años, porque es mi hermano, mi hijo, torrente fugaz, torre que celebra los años sin edad, el agua que arrulla los crisantemos y los lirios, impenetrable profundidad que acaricia la noche.

Siempre corre al borde de la luz transparente del mediodía, para que la mirada de la tarde marque de arena su figura.

Es alquimista, por eso tiene un pájaro azul y una tarántula chiquita que descansa junto a él.

Sentado frente a ti, me cuentas de ciervos y grullas, también de osos; entusiasmado me dices que la flor y la primavera son dos cuerpos que colisionan, su sueño se funde con las mariposas para dar fuerza al florecimiento de la primavera, desde ahí miras al mundo y la fuente donde te sientas a platicar, a levantar la voz para que te escuche el río.

Me has enseñado que el recorrido sigue, que las sombras debemos descifrarlas. Cuánto he pensado en ti, en tu calidez que invita a visitar los bosques y ciudades que habitan en tu imaginación, los recuerdos que viven en los viejos barrios, en tus ojos que inventan Babilonias y Alejandrías.

No has cambiado, en tu mundo el silencio y las garzas son la almohada que nos invita a soñar. Me dices: lo que cuenta es el canto, el amor y la casa.

Tu historia es mi patria, mi pasado, mi memoria, lo que fue; nosotros ligeros, ausentes, intermitentes, las personas que amamos, nuestros padres, el cristal del viento que cansado sonríe.

Amo lo que eres, el jardín que llevas dentro. Salimos de tus noches apurados por el viento, por la lluvia que nos anega por dentro.

Eres la primera línea del mar, el primer llanto, el niño que abre la puerta de mi vida, tus ojos que escriben mi destino, el pequeño que descubre quién es el Hombre Araña.

La mano y la voz que bebe mi mirada, mi ansia, nuestro amor. Somos la escritura muda, el temblor de las palabras, la inocencia sin movimiento, la plenitud que nos lanza al tiempo a nuestra historia.

Cuántos osos has casado, te pregunté, no quería sentirme defraudado, cubriste con silencio tu respuesta, es mejor ser jardinero, aseguras, llenas de vida los prados, los estanques y árboles.

Es mejor ser jardinero o pescador, puedes ir al mar, ser feliz ahí, esperando una gaviota o rescatar el siglo entero que te revele los secretos ocultos de la tierra.

Puedes esperar ahí a que vuelvan las noches, los sargazos, las medusas, el ave gigante con Ulises a cuestas; puedes correr tras un destello invisible, atraparlo, conversar con los silencios de la madrugada, ser relámpago, espuma, abismo o eterna causa.

Amar el oleaje que vuelve como mariposas, como suspiro que duerme en la luz. El mar que conoces es atrevido, sus vericuetos, sus montañas son laberintos inacabables, bosques de eucalipto que entierran las horas de zozobra, los días desorbitados, el desánimo y los tiempos sin clemencia.

Es mejor ser pescador de agua dulce porque usas tu jabalina, puedes viajar a la isla de circe, emocionado abrazar la madrugada del Sol, nunca dormir, tener muchos destinos, caminar entre abismos y ceniza, atravesar el Sol colapsado, viajar hacia el río de la muerte. Ese tren que llega a tiempo a su destino.

Es mejor ir al mar para que tus ojos sean el amanecer, la tierra firme, el paraíso que tañe el laúd. Ir al mar jocoso, juvenil, interminable, universal.

En el pasillo final, ave y hombre, hermano e hijo, en el mar nos volveremos a abrazar.

Para Urs, en su doble celebración. Para Jaime, que ama la jabalina

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