Tiene razón Enrique Peña Nieto. No creo que ningún presidente de la República se haya levantado jamás pensando cómo joder a México, pero cómo hubiésemos deseado que algunos días simplemente no se hubieran levantado, que se hubieran quedado en su cama babeando almohada. Que el día en que Videgaray llegó a Los Pinos con la brillante idea de invitar a Trump, Peña hubiera dicho “díganle que vuelva otro día, hoy no estoy para nadie”, se hubiera dado la vuelta y roncado. O que el día que a Calderón se le ocurrió que su estrategia de seguridad sería una guerra contra el narco hubiera dicho “no ando de humor”, me quedo en cama. O que el primero de julio de 2001, día en que Fox decidió casarse con su vocera y constituir formalmente “la pareja presidencial” se le hubieran pasado los somníferos y le hubiera evitado al país una presidencia a cuatro manos. Pero nada de eso pasó. Los señores se levantaron y, sin pensarlo (porque me queda claro que no lo pensaron), jodieron a México. Es cierto, sabemos muy poco de cómo se toman las decisiones, esas cosas casi no se cuentan, pero cuentan mucho. “Joder a México” (este programa es público y queda prohibido su uso para fines distintos al subdesarrollo nacional).
Hay amargura en las palabras del presidente. Peña está desesperado porque nadie ve el país que él ve. Quizás simplemente porque en la soledad del poder, encerrado en la burbuja del Palacio Nacional y en el búnker de Los Pinos, el presidente Peña Nieto, que seguramente solo lee las noticias que le pasan en tarjetas, que solo platica con sus colaboradores, que no tiene más contacto con la opinión pública que las encuestas, que ya sabe cuánto cuesta un kilo de tortillas, porque no lo volverán a agarrar en curva, pero no ha vuelto a comprar unas en años, vive en una realidad que no se parece en nada a la que vivimos los mexicanos.
El problema no es solamente la manera en que los presidentes deciden, sino cómo deciden sobre lo que hay que decidir. Esto es, quién decide qué es un problema nacional y cómo se llega a esa definición. En cada pregunta viene implícita la respuesta; en cada problema su solución. Los presidentes toman decisiones sobre los problemas que les plantean sus colaboradores, ven al país a través de ellos y nunca ven lo que ellos no quieren que vean. Seguramente, por poner un ejemplo, al escritorio del presidente el tema del aumento al salario mínimo llegó como la locura que está proponiendo la oposición y no como un estudio serio, que le permitiera plantearlo siquiera como un problema a analizar.
No es pues la voluntad de joder lo que hace un mal presidente, o por el contrario las ganas de hacer bien las cosas lo que hace un buen mandatario, sino la capacidad o incapacidad de entender y atender un país diverso, plural, complejo, polarizado y desigual.

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