Jonathan Frei era un hombre de su tiempo, de su ciudad y de su país, por ese orden. Había nacido en Londres el 20 de junio de 1837 en plena ceremonia de coronación de la reina Victoria.

Su nacimiento había sido una molestia para Lady Helen y lord Frei, quienes no habían podido asistir a la entrega del cetro y la corona al monarca, al estar ocupados en el nacimiento de su séptimo hijo.

Había nacido varón y era, hasta el momento, el único hijo de ese sexo. Por lo menos eso había sido una satisfacción para los duques, quienes ya creían que el ducado pasaría a una de sus hijas.

No es que tuvieran nada en contra de que el ducado pasara a una de ellas, al fin y al cabo el país había tenido mujeres poderosas que lo habían gobernado con inteligencia.

Además, en esos momentos estaba siendo proclamada como monarca una reina. Ellos no eran de los que creían que las riendas de una propiedad estaban mejor en las manos de un hombre, simplemente preferían que así fuera, quizá porque en su familia siempre había sido así.

Hay que señalar que los duques eran primos y que su rama familiar no se alejaba en demasía la una de la otra. De hecho era demasiado próxima, pues coincidían en dos abuelos y tenían algunos tíos comunes.

El niño nació sano, que era lo importante. Sus ojos vivarachos y sus manos que agarraban el dedo del doctor Barrow con fuerza presagiaban un carácter decidido que agradó a sus progenitores.

Lo bautizaron en Westminster, gentileza del arzobispo de Canterbury, quien movió tierra y cielo para que se cumpliera el deseo de la hija de su mejor amigo, George Percy, quien era a la sazón quinto duque de Northumberland.

El destino del niño era promisorio, tanto que hasta la propia reina lo sostuvo en brazos para que fuera bautizado por el arzobispo. Todo indicaba que su vida iba a ser tan amable y gentil como la de sus padres.

Al cumplir 21 años, después de terminar sus estudios en leyes en Cambridge, como empezaba a marcar la tradición de la aristocracia inglesa, sus padres le buscaron un acomodo prestigioso en la India. El que obtuvieron fue el mejor posible, como cabría esperar de las múltiples relaciones que la familia tenía.

El muchacho fue nombrado asistente personal de lord Canning, quien había sido elegido por aquellos días primer virrey de la India. Viajó con el conde, y en el largo viaje que los llevó a su destino hicieron una profunda amistad que duraría toda la vida.

Charles, como lo llamaba en la intimidad el joven, era una persona íntegra, pero a la vez poseía una personalidad delicada que le hacía amar el arte de una manera natural, sin afectación alguna.

Lo que encontraron al llegar no fue nada agradable, la India estaba envuelta en un motín que no había podido ser controlado hasta el momento. El conde de Canning no perdió ni un momento y puso al ejército en las calles para dispersar a los revoltosos.

La medida surtió efecto, en poco tiempo el motín fue controlado y todo volvió al orden debido. Un triunfo que había demostrado que la reina no se había equivocado al confiar la perla más hermosa del imperio a aquel hombre.

El prestigio obtenido aquellos días por su amigo también distinguió a Jonathan Frei, uno de los artífices de semejante logro, palabras del virrey, quien de veras tenía un gran afecto por él.

Nada podía presagiar la tormenta que se avecinaba en su vida en forma de mujer. Fue en el mercado donde unos ojos negros como el carbón de Gales le llamaron poderosamente la atención. El resto del rostro no lo pudo ver, pues estaba tapado con un velo de color azul cielo con elefantes blancos dibujados en él.

Aquellos ojos le estremecieron de tal forma que no pudo contenerse y a empujones separó a la gente que lo separaba de ellos, no sin que los damnificados lo maldijeran por su actitud tan impropia.

No pudo alcanzarla. La muchacha se alejó entre la multitud con un paso más propio de una gacela africana que de una joven de aquellas tierras. Frei se quedó perturbado y volvió al palacio de gobierno. No volvería a ser el mismo.

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