Leo el texto con un nudo en la garganta y no puedo más, lloro de corazón, lloro conmovida, lloro estremecida, el escritor mexicano José Agustín sufrió un grave accidente el primero de abril de 2009. Una fatal caída, después de una exitosa presentación en un auditorio de Puebla, puso en peligro su vida y aunque lograron salvarlo, padece amnesia. Apenas en estos días se dio a conocer esa situación.

José Agustín, el mismo que antes de pronunciar su nombre siempre digo “mi novio”. El mismo que impactó a mi grupo de tercer semestre en el Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades (CCH) cuando leímos su novela La tumba. Que me enseñó que la palabra ignominia representaba el mejor adjetivo para confesarle a alguien cuánto lo amo. Del que aprendí a juntarpalabrasparaexagerarmiestilo. Y cuya vida memoricé luego de leer su autobiografía El rock de la cárcel.

La obra que más me marcó por siempre fue Ciudades desiertas, qué ganas de ser Susana, rebelde y contestataria, escaparme como ella, arriesgarme en el amor y el desamor. Sigo buscando a Eligio, ese machín tan lleno de sororidad, amoroso como él solo, destruido por el patriarcado, inventado por el feminismo. El día que vi anunciada en la cartelera de cine el filme que se basaba en esa novela, protagonizado por Gael García, de verdad que corrí a la sala donde se proyectaba. Y si bien, la actriz que representó al personaje femenino central se quedó muy corta, la historia mantuvo la misma fuerza que yo encontré en cada página de esa novela.

Estoy segura que tengo todos sus libros, todavía hasta la fecha dejo a mis grupos leer Tragicomedia mexicana para que entiendan la historia de nuestro país, la palpen desde una perspectiva crítica e irónica, irreverente y verosímil. Nunca olvido el pie de página de una foto de Luis Echeverría con su esposa donde José Agustín advertía: “El señor presidente y su esposa, disfrazada de meserita de Samborns”.

José Agustín, mi querido escritor es ahora recuperado por su hijo del mismo nombre y este joven, con un estilo tan apasionado como el de su padre, nos conmueve profundamente al relatar la manera en que la vida de su progenitor y de nuestro novelista cambió para siempre, no poder escribir, no poder recordar, beber para olvidar lo que ya no recuerda, brindar por esta vida traicionera que le puso tan terrible prueba. Casi no puedo leer lo que José Agustín Ramírez nos comparte con dolor y con decisión, pero las lágrimas no impiden que continúe mi lectura. El joven narra el accidente, comparte sus miedos y sus odios, padre e hijo en una relación amorosamente desgastada y renovada: “Por ahora se cierra el telón de este teatrito de los sentidos: justo cuando el manantial se ha secado, y mi padre, al menos como escritor, como la estrella azul que había sido siempre, se extingue finalmente, dejando en el centro de nuestra casa un abismo negro de incertidumbre y un silencio sepulcral, como de alguien que nació en una tumba, aun cuando vivirá para siempre en sus grandes obras, o mientras haya buenos libros y lectores mexicanos” (https://www.milenio.com/cultura/laberinto/memorial-de-nuestra-amnesia).

José Agustín, me dueles, me dueles tanto que tengo que consolarme leyendo tu obra una y otra vez.

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