Tenía el mundo partido, azorado por una duda bebía el jugo de la indiferencia y se fundía en la crudeza de una realidad muda. Acaecido el tiempo profundo del vacío caía una y otra vez.

Todo había iniciado una semana antes de forma azarosa, sin que la voluntad interviniera en el suceso que acabaría por postrarlo. Alguien le había dicho algo y él había nadado hacia su naufragio.

Fue ingenuo, demasiado para la persona cerebral que era. La trampa del destino era tan simple que se daba de topes con la pared por no haberla presentido en su exacta dimensión de catástrofe.

Al principio no comprendió el contenido de las palabras. Obviamente, creyó que expresaban algo serio, aunque después supuso que enunciaban una broma de mal gusto.

Se había equivocado con aquellas consideraciones demasiado halagüeñas en su ingenuidad. Era una trampa bien preparada urdida hasta el mínimo detalle y sobre todo trascendente y aniquiladora.

Ahora, que podía verlo todo con claridad diáfana, era demasiado tarde. Estaba derrotado, lo sabía y nada podía hacer para cambiar la realidad de ahogo en la que se había sumergido.

No había salida, el golpe terrible sufrido lo estrangulaba con la niebla espesa de la desesperanza. Metido en aquella camisa de fuerza, el tiempo cíclico se repetía una y otra vez.

La pared blanca del hospital no era un consuelo, las gomas lo encadenaban a las gotas lentas que caían de la bolsa de plástico abierta en canal. Ese odre de la vida en realidad era un transporte hacia la muerte.

Ya no recordaba su nombre, se sumergía lentamente y con dispersión en la confusión de recuerdos difusos e imágenes fragmentadas de la habitación desnuda y aséptica donde terminaba el juego.

Blanca era solo alguien que ya no estaba, el repentino airecillo que producía el revoloteo de una libélula en el pantano de miasmas del tío Bartolomé, una niña que había dibujado su imaginación de adolescente en busca de un ideal, la razón de su existencia.

Más tarde vino la enfermera a cambiarle la bolsa y su mirada era ausente mientras le tocaba la mano y contaba en el reloj su huida. La observó, era joven y temblaba. Dudaba demasiado. No dudaría en aquella profesión de medidas inútiles.

Se lo diría. No, claro que no. Era demasiado tímido. No, era demasiado cobarde para articular la palabra precisa en el momento exacto, acercarse en el momento oportuno y tomar sus manos entre las suyas y mirarla directamente a los ojos con una súplica.

Tenía la certeza de que aquella imagen sería lo último que vería en su vida. Pese a todo, no había sido una persona especialmente triste y su huella había impregnado, aunque débilmente, las playas de otras vidas, quienes lo recordarían cuando se fuera.

Descartaba aquello con la precisión de un bisturí de cirujano, lo cortaba con las tijeras de un sastre, lo descosía con los dedos de una costurera. Demasiado roto el ovillo de su existencia, demasiado irrecuperable para anudarlo y tener esperanza.

Solo aquella imagen lo salvaba y se adhería a ella como una luz que atravesara la niebla del mundo y lo guiara hasta el recuerdo de la niña, de su pensamiento hecho realidad, del beso redentor que lo salvara de la vida oscura.

Pero era inútil, la palabra no había salido, el gesto no había llegado, el instante se había esfumado dejándole la soledad y la indiferencia del tiempo huido. La balanza se le había inclinado hacia el sueño de los cobardes.

El hombre se revolcaba en las gotas que caían en sus venas. Después desapareció el dolor y el recuerdo. Quedó la duda.

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