Kobda Rocha*

José odia a Jesús, lo aborrece con todas sus fuerzas porque sabe que ese niño no es su hijo, porque nunca profanó el sexo de María. Para él, Jesús es un bastardo hijo de algún maldito desgraciado que nada tiene que ver con Dios, con su Dios bueno y justo. Ningún lazo, sanguíneo o afectivo, lo une a ese niño ajeno. Sí obstante y con harto embargo, José ama desmesuradamente a María. La ama por dos razones:

1 Él es un hombre sabio. Es un joven de no más de 30 años con una formación moral, espiritual y humana íntegra, proba y excelsa. Él ama a Dios, a su Dios bueno y justo, sigue sus mandamientos, atiende una vida honrada, decente y santificable. Además, es un hombre sabio e inteligente, tal vez uno de los más sabios e inteligentes de su tiempo, quizá también del nuestro.

2 Ella es una mujer hermosa y perfecta. Tan hermosa y perfecta que Dios, el Dios bueno y justo, la eligió para engendrar a su hijo, el dador de luz, el salvador de la humanidad. Ella es una mujer hermosa en todos aspectos (en lo espiritual, en lo interno, en lo externo, en lo sentimental, en lo moral, en lo físico, en lo anatómico, en lo biológico, en lo químico, en lo emocional, en lo intelectual, ¡en todo!).

Sin remedio y sin medida, José ama a María. La ama, incluso, más que a Dios, a su Dios bueno y justo. Pero las leyes divinas que él adora lo obligan a revelar el pecado de María en público… (Imagine que su esposa le dice que está preñada –aunque diga que de Dios–, ¿usted le creería? ¿La defendería? Si aún ahora con tanta ideología open mind nos cuesta trabajo aceptarlo, imagínelo en aquella sociedad antigua de preceptos sociales mucho más cerrados)… Y, sin embargo, José prefiere a María que a sus leyes, que a su vida, que a su Dios, el Dios bueno y justo. Ese es el amor que debemos aprender.

José odia a Jesús y ama a María. Porque la ama a ella, lo cuida a él. El hombre sabio enseña al niño todo lo que sabe, todo lo que es. Toda la filosofía, política, ideología, moral, toda la profesión cristiana no es de Jesús, es de José; aquel otro solo la popularizó. Un hombre con la sabiduría de José, un hombre con el amor de José hacia María, un hombre con el valor de José para abandonarlo todo –incluso a su Dios, un Dios bueno y justo–, un hombre con la inteligencia de José, un hombre con la paciencia de José ante un niño que no es suyo, un hombre con los hábitos de José por mantener la cordura en situaciones infernales, un hombre con las cualidades de José, solo un hombre como José podría encumbrar la palabra de Dios.

Eso transmitió José a Jesús. Le enseñó a ser un hombre bueno, le enseñó a ser un hombre sabio, le enseñó a ser un hombre amoroso. José, solo José pudo ser maestro de Jesús, el hijo de Dios, un Dios bueno y justo. A pesar del desprecio que sentía por ese tal Jesús, se dedicó a darle una formación sublime, soberbia y suprema.

María los mira sonreír, los escucha platicar, los sabe existir. Ella ama a Jesús por ser su hijo, por ser hijo de Dios, su Dios bueno y justo. Ella ama a José. Lo ama sobre todas las cosas; lo ama más que a su hijo, el hijo del Dios bueno y justo, lo ama inclusive más que a Dios mismo, su Dios bueno y justo.

Jesús crece ignorando el odio de su padre y advirtiendo el amor de su madre. Jesús ignora que José no preñó a María. Para Jesús, José es su único y verdadero padre. Jesús admira a José, lo respeta, lo adora. Cuando se va de casa y comienza a predicar la palabra de su padre, cuando le preguntan quién es su padre, él responde “¡Mi padre es Dios, el único y verdadero, el bueno y justo!” y en verdad está pensando en José, en su padre, en su Dios, su Dios bueno y justo, no en un espíritu omnisciente –acaso inexistente. Porque solo quien ama a una mujer tan hermosa y perfecta y todo lo que de ella es, porque solo quien enseña toda la bondad y todo el amor a un hijo que no es suyo, porque solo quien tiene el talento y la capacidad de producir un Cristo, porque solo José puede ser Dios, el bueno y justo.

*kobdarocha.blogspot.mx

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