Josef Mengele, médico y antropólogo por la Universidad de Múnich, y más tarde oficial alemán de las Schutzstaffel (SS) durante la segunda Guerra Mundial, fue uno de los nazis más buscados al terminar el conflicto bélico pero nunca fue atrapado.

Nacido en Gunzburgo, Baviera, el 16 de marzo de 1911, al parecer murió ahogado mientras nadaba en una playa brasileña en 1979 y lo inhumaron con un nombre falso.

Posteriormente, sus restos fueron exhumados e identificados por un examen forense en 1985.

En el campo de concentración de Auschwitz fue un galeno de obsesiones.

Seleccionaba a las víctimas que iban a ser ejecutadas en las cámaras de gas y al tiempo llevaba a cabo experimentos mortales con los prisioneros.

Su sonrisa burlona y su tacto suave, pero letal, hicieron que se le apodara el Ángel de la Muerte. Solo tuvo un hijo, Rolf, quien llegó a citar que su padre nunca demostró ningún remordimiento por sus actividades durante la guerra.

Se han escrito libros sobre su incomprensible forma de actuar y cómo logró huir en Sudamérica a la persecución de Alemania occidental, Israel y cazanazis, como el tenaz Simón Wiesenthal, con la intención de llevarlo a juicio.

Hubo peticiones de extradición de Alemania occidental y de las operaciones clandestinas del Mosad, servicio de inteligencia israelí, pero sin éxito.

Tres de quienes han analizado ese fatídico suceso posbélico han sido coincidentes en sus líneas argumentales.

Ira Levin, escritor neoyorkino, publicó en 1976 su novela Los niños de Brasil, donde el personaje central era Mengele. Posteriormente, fue la obra llevada al cine en 1978 en una coproducción británica-norteamericana.

Levin, por cierto, fue desafortunado en dos matrimonios que terminaron en divorcio.

Los actores principales de la cinta fueron Gregory Peck, Laurence Olivier y James Mason. Se rodó en Viena (Austria), Reino Unido, Portugal y Lancaster, Estados Unidos.

No dejó de llamar la actuación que Peck fuera el tenebroso doctor Mengele. Enle en sus mejores momentos fue figura hollywoodense de agradable personalidad. Llegó a encabezar repartos de cintas muy bien recibidas como Los cañones de Navarone, Duelo al Sol y otras de factura muy a tono con las décadas de 1940 y 1950.

Como el médico alemán fue convincente, en sus extremos de gentil y sus giros de extremada crueldad.

Hay otros dos libros: Mengele: el médico de los experimentos de Hitler, de Gerald L Posner, y La desaparición de Josef Mengele, del francés Olivier Guez.

Este relata el último día del exoficial nazi: “Es 7 de febrero de 1979. Pese a sus dolores de espalda, acierta a levantarse, se embute el traje de baño, se viste y sale, sin beber ni comer nada. Alcanza la playa de la casa de verano… y de súbito Mengele empieza a hablar, confusamente, de escombros, de sus parientes, entonces, impulsado por una fuerza oscura, entra solo en el agua turquesa, cabeza abajo, y flota… cuando bruscamente su nuca se agarrota, sus mandíbulas se cierran, sus miembros, su vida se paralizan… Mengele se ahoga”.

Rodolf Mengele vive y trabaja de abogado en Múnich. Ha cambiado su apellido por el de su mujer. En una entrevista a un periódico israelí en 2008 pidió al pueblo judío que no lo odiara por los crímenes que había perpetrado su padre.

En julio de 1946, con la ayuda de una red de antiguos miembros de la SS, Mengele navegó a Argentina. En un principio vivió en Buenos Aires y alrededores, pero huyó a Paraguay en 1959 y a Brasil en 1960.

Sus atrocidades nunca se olvidaron. Aprovechó su estancia en Auschwitz como oportunidad para seguir con sus estudios antropológicos y sus investigaciones sobre herencia genética. Los prisioneros fueron utilizados literalmente como conejillos de indias.

No se tomaba en cuenta su salud o sufrimiento físico. Estaba en especial interesado en los gemelos idénticos, gente con heterocromía –ojos de distinto color– enanos y sujetos con anomalías físicas. De él, un médico que era prisionero dijo que Mengele era capaz de ser muy amable con los niños para que le tomaran cariño, les daba caramelos, pensaba en los detalles cotidianos de sus vidas… y a continuación el humo de los crematorios y, al día siguiente o media hora después, esos niños eran enviados allí.

Fue responsable de la muerte de un número desconocido de víctimas que inmoló a través de inyecciones letales, disparos, golpes e intervenciones quirúrgicas letales.

En el recuento de esa guerra, la más desastrosa en la historia, Josef Mengele vino a ser uno de los máximos verdugos, no en campos de batalla, sino en su enfermo afán de demostrar que la raza aria era superior.

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