A los 72 años retrata su presente con una admirable fidelidad, en contraste con el Pachuca que le tocó vivir

Pachuca.- A los 72 años, alejado de la práctica de la medicina, el médico Juan Cuéllar Torres retrata su presente con una admirable fidelidad, en contraste con el Pachuca que le tocó vivir y que respeta al ser el marco de su desarrollo profesional y familiar.

En su casa, “casi conurbada con la clínica uno del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS)”, cuenta de su formación y establece que nunca tuvo dudas en el destino que escogió para labrarse un futuro.

Su caminar por el mundo en su profesión ha sido intenso: hospitales, consultorios, pacientes y que, muchas veces, metafóricamente, la cigüeña no tiene palabra de honor en la puntualidad
de sus arribos.

Es mediodía y en su hogar se advierte una apacible calma, donde campea el espíritu de cordial bienvenida.

Pronto, diría después, está el proyecto de una mudanza en aras de evitar escaleras y sobreesfuerzos.

Pareja feliz, unida

Al entrar presenta a su esposa Irma Mondragón Castañeda, quien amable invita a pasar. Juan Cuéllar no lo manifiesta, pero se entiende: compañera de una feliz existencia.

Ginecobstetra, vivió, en sus mocedades, en la colonia Gómez Farías, universo entonces de sus andanzas. Y esos buenos recuerdos se reflejan en su cordialidad porque los disfrutó a plenitud.

Su primaria la cursó en el plantel Hijas de Allende; la secundaria y preparatoria fue en el ICLA. “El director era el doctor Francisco Zapata”, apunta.

De su superávit académico solo comenta, entre una sonrisa, de confianza con sus interlocutores y de honestidad: “Me reprobaron en español. Solo ese pequeñísimo incidente, que en su momento sí me afectó, empañó sutilmente mis estudios”.

Entonces, tres carreras

En ese entonces, la hoy Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) mantenía restringida su oferta educativa
a tres carreras: derecho, medicina y trabajo social.

“Venían de otras entidades, entre ellas Chihuahua, Jalisco y otras más cercanas, hasta del extranjero, a inscribirse. Ya desde entonces el nivel docente era de gran calidad.”

Se inclinó, sin titubeos, por medicina. “Los dos primeros años se cursaban en Pachuca y los restantes en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Perdí un semestre: se nos cruzó el movimiento estudiantil de 1968, con su carga de violencia”.

¿Alguna materia complicada?

“El coco era patología. La pasé con seis; ya, en adelante, fue diferente… sin cocos. Venía casi siempre los fines de semana. Nunca olvidé, Pachuca, tierra natal, y a su gente solidaria.”

Su especialidad transcurrió durante cuatro años en el centro hospitalario 20 de Noviembre.

Nunca se arrepintió.

Un recordatorio: esfuérzate

“Mi mamá siempre reiteraba, en consejo: ‘Quiero que seas un médico exitoso’. Era un acicate.”

En 1972, con su compañero y compadre Víctor Hernández pensaban ir a Ciudad Valles ante una incidencia de paludismo, pero también en la Bella Airosa se sufría de embates críticos de tifoidea.

“Nuestro amigo era Waldo Lechuga y eso nos llevó a ingresar a Salubridad. Juntos, Víctor y yo, fuimos comisionados a Tulancingo. Él se quedó y a mí me enviaron a Huasca; un año.

En 1973 pasó al 20 de Noviembre: cuatro años, uno rotatorio y tres de especialidad. Ya en 1977 había plazas en el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE).

“Pero el director del hospital civil, otro gran amigo, Miguel Ángel Licona, me designó subdirector. Un año me desempeñé en ese cargo. Otra muy sentida experiencia.”

Le ofrecieron una base en el Seguro Social, donde permaneció tres años y renunció. “Entro en servicio el hospital general. Exactamente un primero de agosto, pero también continuaba en el civil y empecé como docente de medicina en la UAH; 35 largos años ininterrumpidos”.

UAEH, la de ayer y la de hoy

Da pie a la interrogante: “Doctor, ¿advierte cambios sustanciales en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), la de antaño, comparándola con la de hoy?”.

Revira: “Claro que sí. Diferencias ostensibles, en infraestructura, número de maestros, nuevas carreras, programas actualizados, indiscutible presencia en el estado, preocupación por seguir adelante.

¿Lo atribuye a…?

La pregunta no concluye. Responde de inmediato, sin cavilaciones, respuesta zigzagueante: “Mire, digan lo que digan, lo cuestionen, casi lo colocan en el centro de discusiones, pero el gran gestor de esa casa de estudios que yo conocí con la actual es el presidente del Patronato Universitario Gerardo Sosa Castelán; para mí son incuestionables sus méritos. Siempre lo he sostenido.

“Me comentaron de la llamada Torre de Posgrados que estará terminada el cercano año. Fruto de inversión pero también de un proyecto.

“No olvidaría mencionar el distinguido lugar en que se sitúa a la máxima casa de estudios de la entidad, en el espectro nacional, de los primeros lugares, y en un disputado ranking internacional.”

En el general estuvo 39 años; 15 fueron como jefe de servicio y otros 15 de subdirector.

Casi paralelamente fue el segundo director del Hospital de la Mujer.

Surge tema de la política y deja escapar un casi silencioso “¡hummm!”.

De política, poco

“Apoyé en algunas cosas a José Guadarrama. No había otras pretensiones personales.”

El doctor Cuéllar Torres enfermó hace alrededor de ocho años de un problema renal; de los que demandan particular atención.

“Bajé el ritmo en mis actividades. Me jubilé de la Autónoma de Hidalgo y me retiré del hospital general. Opté por cuidarme.”

Otro desempeño, fresco en su memoria, fue haber colaborado en el DIF municipal de Pachuca. “Fueron alcaldes Adalberto Chávez Bustos y Mario Viornery. Mantenía mi consultorio en Las María Luisas. Se advertirá que, por fortuna, nunca estuve
de inactivo”.

Muy cerca de Otoniel Miranda

Expresa que siempre tuvo un acercamiento, fraterno, con el médico Otoniel Miranda.

No hay mayores comentarios que los de un compartido y sólido afecto de años: “Nos vemos, lo frecuento y caminamos. Excelentísima persona. Alguna vez él viajó a Europa y transitoriamente ocupé su consultorio en la clínica Londres, en el Distrito Federal”.

No se le pregunta de política relacionándolo con el medico Miranda. Pero sí de aficiones, entre las que revela: “Futbol. Casi infaltable, los domingos iba al estadio Revolución. Seguidor de los Tuzos, en las buenas y otras medio malas. Jornadas inolvidables. Entre porras y alegrías”.

¿Y algo más?

“Noticias en el Canal 40, me gusta estar informado de lo que ocurre en el país; leer, no solo de temas médicos y escuchar música, la de antaño, de esos mis añorados buenos tiempos: danzones, Carlos Campos, románticas, tríos, como Los Panchos, Los Tecolines, como tantos otros.”

Ríe, se frota las manos y agrega: “Mucho de qué hablar sobre ese asunto y también de otro de mis gustos: la fiesta brava. Y si me pide nombres, le doy dos: Manolo Martínez y Eloy Cavazos… y hay otros más de ese temple que tanto brillaron en México y en el extranjero.

“Curioso, a mi esposa le gusta el boxeo; yo no tanto, aunque sí veo peleas consideradas como estelares.”

Acaba de asistir a un congreso certificado por el Consejo Mexicano de Ginecología. Fue fundador del Colegio Hidalguense de Ginecología y Obstetricia.

“Estoy actualizado; lo que demuestra que no me equivoqué en mi decisión.”

De su matrimonio hay dos hijos y cuatro nietos: dos niñas y dos niños. “Comprenderá, mi permanente adoración. Mi esposa es enfermera, fue jefa en el ISSSTE, pero la vine a conocer en Pachuca.

“Mi hija, la mayor, Irma Cuéllar Mondragón; el varón, Juan Cuéllar Mondragón, abogado administrador del patronato del hospital general.”

Agrega: “Como verá no depongo voluntades y no olvido a los buenos amigos. Muchos, que fueron parte de un pasado que disfruto al recordar.

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