*El rechazo a Salinas; el veto de Televisa
*Cecilia Occelli, la llave en Bellas Artes

“Hasta qué, te conocí…
Comencé a vivir la vida con dolor”
1988. El año infausto para la democracia mexicana. Los tiempos de Carlos Salinas de Gortari y el fraude electoral que lo llevó a Los Pinos. Antes, su campaña. Sus promesas. Sus delirios que nos llevaron, a todos, con el tiempo, a la crisis financiera más grave y dolorosa de la historia.
Sobre la marcha, el equipo de campaña del candidato Salinas invitó a Juan Gabriel – en su esplendor Juanga, vibrante el corazón con sus canciones, con sus dolores de amor, con sus letras de enamorado y su música imposible de no bailar– a que lo acompañara en una de sus giras. Que mostrara públicamente su respaldo al poderoso candidato del PRI. Poderoso el partidazo (todavía). Poderoso Salinas. Poderoso el priismo.
Pero Juan Gabriel les dijo no. Fue un no rotundo. Un no inequívoco. “Yo le voy a Clouthier”, les mandó decir.

Y Salinas enfureció

Comenzó, entonces, con Salinas ya presidente de México, entronizado de la mano del fraude electoral, del engaño, de la trampa que hasta hoy mantiene herida a nuestra incipiente democracia, una persecución contra Juan Gabriel. El presidente no le perdonaba al ídolo el desaire de campaña. ¡Cómo se atrevía a rechazarlo! En esos días, una petición del candidato priista era una orden para cualquiera. Así fuera Juanga.
Inició el acoso del priato al Divo a la manera del priato: buscando que debía al que considera enemigo. Deudas pendientes. Impuestos, sobre todo. Y por allí se le echaron encima. Juanga comenzó a sentir el rigor, las auditorías excesivas, el evidente cobro de facturas por lo que él sabía: el desaire hecho a Salinas.
Pero Juan Gabriel, a pesar de la adversidad brutal y dolorosa que sufrió desde niño, siempre estuvo en su vida rodeado de ángeles. Desde Juanito, el maestro musical de la infancia, hasta la prostituta Meche en el Noa-Noa. Desde el maestro Magallanes, hasta la esposa del presidente de la República.
Cecilia Occelli de Salinas no solamente intervino para frenar el acoso con sabor a venganza en contra de Juanga. Fue mucho más allá aquella primera dama discreta, respetable.
Occelli fue la llave que, en 1990, le abrió las puertas a Juan Gabriel del Palacio de Bellas Artes, cuando las voces mojigatas y moralinas se desgarraban, ofendidas bajo su hipocresía, por aquella intención de un “joto que quiere pisar Bellas Artes”. ¡Es una blasfemia!, decían.
Nada valió. La autoridad de Cecilia Occelli se impuso, y no solo se frenó el acoso salinista contra Juan Gabriel, sino también, se le cumplió el gran sueño al hijo menor de Victoria y Gabriel, humildes campesinos michoacanos: cantar en Bellas Artes.
Y Juanga cantó. Bailó. Brincó. Bromeó. Estremeció. Enamoró. ¡Conciertazo! Y por eso saludó hasta un balcón, en el corazón de Bellas Artes, esa noche de 1990, con respeto y con reconocimiento público, a Cecilia Occelli de Salinas, porque gracias a ella pudo estar él, el Divo, en Bellas Artes.

****

El paso de los años, y de las circunstancias de vida, cambian algunas cosas en el ser humano. En sus hábitos. En sus costumbres. En sus preferencias.
Si bien rechazó a Salinas, Juan Gabriel decidió apoyar públicamente a Francisco Labastida Ochoa, candidato priista a la presidencia para el 2000. Famoso fue y es aquel estribillo de…“ni Temo, ni Chente…Francisco será presidente”. Lo cantaba entusiasta Juanga, a quien le faltó un asesor que le advirtiera sobre lo que muchos advertimos: la derrota histórica del PRI estaba a la vista, con un tren imparable enfrente llamado Vicente Fox. Respetable, por supuesto, la decisión de Juan Gabriel.

Francisco perdió, y Chente ganó

Juanga siguió enfrentando problemas con Hacienda. Fue detenido en junio de 2005 en el aeropuerto de Ciudad Juárez – su amada tierra adoptiva, la cuna del Noa-Noa–, acusado de evasión fiscal. Eran tiempos de Fox.
Juanga resolvió, de momento, el problema, y se fue a dar un concierto más.

*****

Como el PRI, Televisa era un poder – o el poder– dominante en el México contemporáneo. Artista que no salía en la televisora de los Azcárraga, desaparecía del mapa. Era borrado porque no había otras plataformas para presentarse. La radio era alternativa, sí, pero resulta que la XEW también pertenecía al monopolio de Chapultepec 18. Ni para dónde hacerse. Era la patadita de Raúl Velasco o nada. Y Alberto Aguilera Valadez lo sabía.
Por eso, astuto al inicio de su carrera frente al poder televisivo, ya bajo la piel de Juan Gabriel, Alberto se dio a conocer, se hizo famoso por su enorme talento y su inagotable ángel musical: todo mundo lo cantaba: desde “La diferencia” hasta “Querida”. Desde “Me nace del corazón” hasta “Amor del alma”. Desde “Se me olvido otra vez” hasta “Pero qué necesidad”. ¡Quién carajos no ha cantado una rola de Juanga o bailado con sus compases!
Entonces, cuando Alberto Aguilera Valadez ya era Juan Gabriel – endiosado, adorado, intocable– a Televisa la cegó la soberbia, y como Juanga se brincó las trancas y rechazó la exclusividad en la televisora de Azcárraga, pues tuvo la mala puntada de “vetar” a Juanga. ¡Ja! Error mayúsculo. ¿Por qué? Porque Juan Gabriel ya estaba más allá de Televisa. Su figura iba más allá del corredor Chapultepec-San Ángel. Ya era mucho más que Televisa. Ya no los necesitaba. Y los mandó al Diablo.
“Televisa no me vetó. Yo veté a Televisa”, dijo Juan Gabriel, medio en serio, medio en broma.
“Televisoras hay muchas. Juan Gabriel solo hay uno”, le embarró Juanga la frase a la soberbia de los televisos, y los venció.
Por eso, hoy vemos que Televisa intenta soslayar la muerte de uno de los grandes compositores mexicanos e hispanoamericanos de todos los tiempos. Error: no se dan cuenta del fenómeno popular sin precedente que se ha desatado, en el corazón y en el fervor de millones de mexicanos, en torno a la muerte del “palomo”.
Hasta en su muerte, Juan Gabriel desechó a Televisa.

*****

La relación de los famosos con el poder siempre ha sido fascinante, misteriosa, con un encanto mórbido y oscuro.
Juan Gabriel no fue la excepción: con políticos, con poderosos de la televisión, siempre mantuvo una relación de independencia, aún con su apoyo a Labastida, que más sonaba a arreglo comercial que a convicción personal. Cada quién.
Lo innegable, lo imborrable, es que Juan Gabriel ya forma parte, con letras doradas, de la galería de los siete grandes compositores mexicanos de toda la historia: Agustín Lara, Consuelito Velázquez, Álvaro Carrillo, Roberto Cantoral, José Alfredo Jiménez…y Juan Gabriel. Nos queda vivo el otro grande: Armando Manzanero.
Nada mal para el último hijo de humildes campesinos michoacanos, crecido entre la desventura, el abandono de padres, la circunstancia adversa, el azar pesaroso, el dolor.
Nada mal para Alberto Aguilera Valadez.

Comentarios