Hace un par de semanas hacíamos la analogía en este espacio entre Javier Hernández y algunas figuras históricas del balompié nacional. Como si hubiese leído la columna a la que hago referencia –y quizá fue así–, Chicharito volvió a colocarse en el ojo del huracán mediático tras declarar su repudio a este tipo de comparaciones. Más tarde en el día en que escribo estas líneas, me topé con una entrevista a Miguel Herrera en televisión donde declaraba que, durante su estancia en el tricolor, existió el código de que todos los jugadores debían atender a la prensa. Incluso, el timonel expresó su gusto por ser la monedita de oro en el saco roto de la atención mediática mexicana.
¿A qué va todo esto? Precisamente a la palabra clave de la última oración: medios. Es bien sabido que los medios de comunicación, considerados el cuarto poder y avalados por pensadores como Marshall McLuhan y Néstor García Canclini como formadores del pensamiento, representan una fuerza fundamental en las decisiones que conciernen al deporte. Pensemos en esto: ¿por qué Miguel Herrera dejó la selección? Por caer en los excesos de prestarse para modelar ante cada cámara y reflector para, finalmente, armar un escándalo con un periodista. ¿Por qué algunos jugadores ponen trabas para incorporarse a la selección? Debido, en parte, a los malos tratos de una prensa invasiva e inquisidora.
Sin intención de exhibir ni defender a nadie, se debe reconocer que, al menos en México, los medios tienen un peso insostenible en la vida deportiva y administrativa de las instituciones del rubro correspondiente. Podría señalarse como causa –¿o consecuencia?– el hecho de que uno de los clubes más populares del país le pertenece a la compañía de medios de habla hispana más importante del mundo, así como la inversión de empresarios multimillonarios como Carlos Slim y Jorge Hank. Sea cual sea la razón, está claro que hay una enorme cantidad de intereses de por medio. Pero no nos meteremos en ese tema.
Lo que sí nos concierne es la ética del buen periodismo. La especulación forma parte de las prácticas más banales y sensacionalistas, pues nada podrá sustituir los hechos comprobados. Existe una corresponsabilidad en la emisión y recepción de mensajes, no solo en el deporte sino en todos los aspectos: un entrevistado que contesta con educación y honestidad y un reportero que retribuye con información sustentada. Cada quien haciendo lo suyo, cumpliendo y dejando al otro trabajar.

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