Enid Carrillo
@enidbug

El Sol ha muerto en Pachuca. En plaza Juárez la mirada pesada de un héroe de piedra vigila la noche. A sus pies, un grupo de motociclistas intercambia anécdotas que los hacen felices, las risas los dejan al descubierto. El sonido de los coches es un fondo discreto apenas presente que nos avisa que, aunque no lo creamos, esta es una ciudad. En ese lugar la luz es igual de discreta que el ruido, pero más bella; la luz siempre es más bella.

Personas sin prisa atraviesan la plaza, solos, en parejas y hasta en pequeños grupos, todos parecen tener un destino que no es este, van a otros lados en busca de algo más grande que una plaza insípida en la que apenas se detienen algunos. Como el señor a mi lado, un hombre de pueblo que rompe el ritmo de la balada nocturna que arman los coches. Su voz es la de un abuelo que cuenta historias, creo que me gusta. El hombre habla con una mujer que parece su hija, otra llega y lo saluda con mucho amor, hasta acá se siente. Los motociclistas reciben a más amigos cada vez mientras el frío comienza a dormirme las manos. Frente al teatro Hidalgo me encuentro sentada bajo el asta bandera, escribiendo algo. ¿Por qué escribo? desde hace años me lo pregunto sin encontrar una respuesta satisfactoria. Hoy la pregunta se me aparece en una noche sin Luna y siento que es porque hay algo especial. Me extraña el aire calmado de hoy que apenas y mueve las hojas de los árboles que están junto al teatro y que se ofrecen misteriosos a mi imaginación. La pregunta no se va. Provocadora, camina junto a las personas, pero se harta del recorrido y se sienta molesta junto a mí. La miro de reojo y luego le entrego mi vista a la plaza para ver qué encuentro y al vislumbrar una respuesta, la pregunta se marcha y me deja allí con esas historias enredándose en mis dedos, saliendo al papel, ganando la guerra contra el olvido.

Pachuca, centro

Alma Santillán
@alma_santillan

Todavía no hay calles desiertas. Es tarde para quienes viven de la mano del Sol; es temprano para quienes la vida comienza cuando comienza la oscuridad.

En el centro de la ciudad la primera cortina de metal en caer es la que guarda los vestidos de novias, quinceañeras y bebés por bautizar; los pastes no saben faltar antes de las nueve más treinta, y los esquites y hot dogs, menos.

Más limón, sin queso y chile del que pica, por favor. Así sobrevivo yo a una noche fría, cuando el otoño está instalado pero ya le pisa los talones el invierno.

Semáforo peatonal en verde, 15 pasos y comienza la plaza que caminan unos cuantos, que no sirve de escaparate suficiente para los malos de las motos, que no saben ser malos sino por presuntuosos. Al frente, el cubo con luces encendidas, así como si hubiese gente trabajando al interior; quizá la hay, quizá son otros presuntuosos que no tienen adónde llegar cuando terminan su jornada de cada día. Nadie lo sabe, ni lo sabrá.

Al fondo, a la izquierda, un laberinto por el día luminoso y por las noches tenebroso, el lugar que alguna vez fue un jardín para mi yo niña y me sentía grande al llegar a la cima de las piedras que ahora son invisibles, aburridas e inservibles para mi yo adulta.

Quienes caminan con desenfado por la plaza y se internan en el jardín son los que no conocieron esta ciudad hace dos décadas, cuando el desenfado era real, casi inocente. Yo dejé de aventurarme hace 10 o 15 años, mi instinto de supervivencia simplemente no me lo permite.

Bajo la luz fría de un reflector me siento segura, comienzo a escribir después de superar la enchilada porque pedí del que sí pica.

Dentro de esta piel está helando, intento disimularlo con una bola de estambre tejido por unas manos amorosas; tal vez no sienta mis manos, ni mi nariz, ni mis orejas, pero sí siento lo reconfortante de estar abrigada por un corazón ahora lejano que yo llevo adonde sea en forma de bufanda.

A veces pasa que el tiempo corre y no necesita relojes para medirse. Hoy lo dice la plaza cada vez menos transitada, cortinas de metal que azotan contra el piso, la ausencia de los autos que se han llevado sus bocinas, el frío que arrecia en silencio, porque sí, en esta ciudad a veces la vida pasa sin avisar.

Director del mal: Jorge A. Romero
Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Luis Frías, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, Óscar Baños, Rafael Tiburcio, Tania Magallanes, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Víctor Valera,
Sonia Rueda, y otros que, si bien no están, podrían
caer en el vicio algún día.

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