Juicio a Miguel Hidalgo

1933
Arturo Moreno Baños

Sin duda el padre de la patria es Miguel Hidalgo y es exactamente un 30 de julio a las 7 horas cuando en el actual estado de Chihuahua fue fusilado, terminando con él la primera etapa de la Independencia de México; teniendo un juicio el cual lo degradó como sacerdote y podría decirse incluso como ser humano, comenzando el suplicio un 23 de abril de 1811, Hidalgo arribó a Chihuahua en calidad de prisionero para ser juzgado y fue recluido en el estrecho cubo de la torre del excolegio de la Compañía de Jesús, donde pasó los últimos dos meses y medio de su vida.
Por ser la cabeza de la insurrección, por tener una causa pendiente con la Inquisición y por el proceso eclesiástico al que debía ser sometido el juicio de Hidalgo tomó más tiempo que el del resto de los jefes insurgentes. 15 días después de su llegada, Ángel Abella comenzó el interrogatorio que se prolongó tres días y en el cual Hidalgo respondió con entereza y serenidad a 43 preguntas.
Sin caer en ambigüedades y sin delatar a nadie, Hidalgo confesó su convicción de que la Independencia sería benéfica para el país, haber levantado ejércitos, dirigido manifiestos y ser responsable de los asesinatos cometidos a españoles presos en Valladolid y Guadalajara.
También sostuvo, sin vacilar, haber actuado por el “derecho que tiene todo ciudadano cuando cree la patria en riesgo de perderse…”; no haber abusado de su condición eclesiástica para incitar al pueblo a la insurrección y reconoció que nada de lo que había hecho convenía con su estado religioso.
El 18 de mayo, Hidalgo formó un documento donde se retractaba de los errores cometidos contra Dios y el rey, pedía perdón a la Iglesia y a la Inquisición y rogaba a los insurgentes que se apartaran del errado camino que seguían: “Compadeceos de mí, yo veo la destrucción de este suelo que he ocasionado, la ruina de los caudales que se han perdido, la sangre que con tanta profusión y temeridad se ha vertido y, lo que no puedo decir sin desfallecer: la multitud de almas de los que por seguirme estarán en los abismos…”
El arrepentimiento de Hidalgo fue quizás el natural recurso para aspirar a la vida eterna y presentarse limpio ante el juicio divino. Los cargos religiosos que se le imputaron los respondió ciñéndose a sus creencias católicas, sabedor de que su deber como sacerdote era retractarse de sus pecados.
El tribunal de la Inquisición tenía abierto un proceso contra Hidalgo desde julio de 1800, acusándolo de hereje y apóstata de la religión, proceso que se reanudó en septiembre de 1810 en el que se le declaró “amante de la libertad que proclamaban los enciclopedistas y en consecuencia hereje, judaizante, libertino, calvinista y grandemente sospechoso de ateísmo y materialismo”. El 7 de febrero de 1811, el doctor Manuel de Flores, inquisidor fiscal, presentó formal acusación en su contra fundada en 53 cargos. Atendiendo a los requerimientos del Tribunal de la Fe, Hidalgo envió el 10 de junio un largo escrito rechazando los cargos de hereje y apóstata de la religión y explicando las causas para encabezar la insurrección.
Consideradas agotadas las averiguaciones, el licenciado Bracho formuló su dictamen enumerando las agravantes, concluyó que Hidalgo era “reo de alta traición y mandante de alevosos homicidios” y que “debe morir por ello, confiscársele sus bienes y quemar públicamente sus proclamas y papeles sediciosos”.
A la ejecución de Hidalgo debía preceder la degradación hecha por un juez eclesiástico. El canónigo Fernández Valentín, por órdenes del obispo de Durango, procedió al acto de la degradación el día 29 de julio, con todas las ceremonias estipuladas en el Pontifical romano.
En una mesa colocada cerca de un altar improvisado en uno de los corredores del hospital militar, se colocó una vestidura eclesiástica, ornamentos, un cáliz con patena y unas vinajeras. Hidalgo, escoltado y encadenado, compareció ante el juez eclesiástico Fernández Valentín y dio principio la ceremonia.
Se le despojó de los grilletes y lo revistieron con las prendas eclesiásticas; Hidalgo echó en el cáliz un poco de vino, puso sobre la patena una hostia sin consagrar y con el vaso sagrado entre sus manos se puso de rodillas a los pies del juez. Quitándole el cáliz y la patena, Fernández Valentín pronunció las palabras de execración, y con un cuchillo raspó las palmas de sus manos y las yemas de sus dedos, y dijo: “Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir que recibiste con la unción de las manos y los dedos”.

Comentarios

SHARE
Artículo anteriorPiden intervención estatal para evitar despojo de ejidos
Artículo siguienteCapacita PRD a mujeres sobre violencia política
Edad: Sin - cuenta. Estatura: Uno sesenta y pico. Sexo: A veces, intenso pero seguro. Profesión: Historiador, divulgador, escritor e investigador que se encontró con la historia o la historia se encontró con él. Egresado de la facultad de filosofía y letras de la UNAM, estudió historia eslava en la Universidad de San Petersburgo, Rusia. Autor del cuento "Juárez sin bronce" ganador a nivel nacional en el bicentenario del natalicio del prócer. A pesar de no ser políglota como Carlos V sabe ruso, francés, inglés y español.