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“Tu cuerpo olía a sangre. Sentí frío, estaba sucio y tú estabas con tierra en tu cuerpo, te quité con mis manos la tierra de tu cara y ese amasijo que se hizo con la sangre seca, olorosa. Lo que no te pude quitar fueron las siete balas incrustadas en tu cuerpo.”
Soledad Jarquín describe con esta fuerza la manera en que tuvo que ir a identificar el cuerpo de su hija, una joven de 27 años, María del Sol Cruz Jarquín, asesinada el sábado 2 de junio. Lloro conmovida. Palpo mi fragilidad, pero mi amiga y colega me da un ejemplo de extraordinaria fortaleza al escribir este texto para no olvidar, para llenarme de fuerza y exigir justicia.
Conocí a Soledad Jarquín en 1992, gracias a Sara Lovera durante el nacimiento de Comunicación e Información de la Mujer (Cimac). Desde el primer instante supe que estaba junto a una reportera en todo el sentido de la palabra. Nació en Oaxaca, la tierra de mi mamá, de mi abuela, de las mujeres de quienes heredé fuerza y sensibilidad.
En 1999 volví a encontrarla, aunque fue ella la que me reconoció y me ayudó, con esa generosidad tan característica de las mujeres de la Tierra de Jade. Estaba yo haciendo una investigación sobre jóvenes, medios y sexualidad. Sol me vio y se acercó para recordarme que nos conocíamos y apoyarme. Esa vez conocí a Las Caracolas, ese espacio periodístico que ella fundó para hacernos visibles en el periodismo. Después, otro acto generoso, nos invitó a Josefina Hernández Téllez y a mí a entregar unos premios a jóvenes mujeres periodistas de Oaxaca. Yo esa vez di un discurso y la voz se me quebró, estaba en tierra de mi mamá, estaba frente a jóvenes tan valientes y palpaba la escuela que Sol estaba construyendo a fuerza de necedad y coraje.
Ir a Oaxaca representó desde entonces no solamente palpar a mis ancestros femeninos, sino también a periodistas de hecho y de palabra. Periodistas aguerridas y valientes, críticas y comprometidas. Y siempre encontrarme con Sol Jarquín, abrazarnos, charlar, querernos. Celebré gozosa cuando ganó el Premio Nacional de Periodismo. Leerla y citarla. Regresar a Oaxaca y volver a encontrarla.
Por eso, hoy, desde el fondo de mi corazón, con todo mi coraje e indignación, pido justicia, exijo justicia, suplico justicia. Su hija Sol fue asesinada en Oaxaca. Creí que no tenía palabras para delatar este dolor tan enorme, que no iba a poder teclear otra vez y otra vez la palabra justicia, pero aquí estoy, pidiendo justicia.
Desde lejos me consuelo cuando Sara me dice que Soledad es fuerte, que está entera, íntegra, de pie. Pero no puedo dejar de llorar… ¿Qué está pasando en este país? ¿Cómo pueden matar a gente buena? ¿Dónde está la justicia, dónde está la compasión, ya no podemos palpar la paz y el amor?
Lloro, pero la palabra justicia murmura a mi oído. Sigo llorando, pero la palabra justicia me dicta su nombre. No paro de llorar, pero la palabra justicia se bebe mis lágrimas y tomo fuerza para gritar su nombre una y mil veces: ¡Justicia para María del Sol Cruz Jarquín!
Querida Soledad Jarquín, amiga y compañera, aquí estamos clamando justicia y siguiendo la fuerza de tu ejemplo.

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