“¡Qué hay maldad, la hay!” Se decía K con gran énfasis y las manos cerradas en forma de puño, y era el caso que quería desahogarse con un muñeco hasta sacarle el último cachito de espuma de su interior, dejarlo tan hueco como la cabeza en la que pensaba.
Era una situación extraña para él, siempre tan pacífico y colaborativo con el mundo que le rodeaba, pero qué iba hacer si así se presentaba la situación, si así tenía que abordarla; tal cual venía, sin más dimes y diretes que los que había.
Le empezaba a doler la cabeza de tanto alboroto de minucias insustanciales que los que le perseguían hacían enormes, con una saña falta de inteligencia, es decir, con la tontura propia de los faltos de razón.
Estaban ellos afanados en hacerle daño a través de los chimes inciertos, creando meta-verdades a modo, a ver si les caía la suerte y creían sus mentiras inventadas o sacadas del armario a forma de conejo escondido en algún sombrero tan negro como su alma podrida, misma que se escondía en los abismos de la maldad.
Estaban, pues. Sí, estaban en esa ubicación de los malos siempre pendientes de los detalles para atacar sibilinamente la mente de los buenos; intentando hacerlos polvo con sus ademanes sucios y sus actitudes fulleras.
M no se los iba a permitir, iba a levantar en su defensa las murallas de Jericó, iba a convocar a los arcángeles para tenerlos de su lado; la crema y nata de los cielos iba a estar apoyando a su marido en la gran batalla contra la maldad que anida en los corazones envidiosos.
¡K no se amilanaría, no cedería ningún espacio! Abriría su corazón a la razón más pura y la acogería con el ímpetu de un soldado dispuesto a acudir a la batalla con la mente predispuesta a dar de sí todo lo que tiene.
Ahora K ya no atendía a elementos negativos procedentes de la maldad, sino que su entendimiento lo llevaba a encontrarse con la bondad de su ser y la de seres como él que se comportaban con dignidad; ultrajada a veces sí, pero firme como una roca.
M lo ayudaba en las tribulaciones a las que lo habían sometido, lo ponía a salvo de la insania de mentes perturbadas. Su mujer no dejaría que lo ofendieran, él no dejaría que lo envolvieran en mentiras. Sus buenos amigos entrarían en la batalla para ayudarlo contra las infamias.
Ahora K estaba tranquilo, con la mente puesta en el amor de M, agradecido de tenerla a su lado. Apoyaba su cabeza en el corazón de su mujer, oía el murmullo del mar en él. Se adormecía en esas olas procedentes del lugar donde nace el amor.
Afuera la tarde lucía espléndida, de un color rosado que le gustaba. La música de Bach sonaba en su interior. La calma llegaba después de la tormenta. Vendrían más, la maldad no cesaría de acosarlo. Tenía con qué defenderse.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.