K se tomó un respiro, es decir, dejó a Piedad, don Rogelio y al joven poeta en una encrucijada de su vida, la del inicio de algo que iba mucho más allá de ellos mismos. No es que le causara satisfacción alguna dejarlos precisamente ahí, pero es que M le había dicho por la mañana que tenían que hablar.

Se preguntaba qué querría su mujer y cuál era la premura del llamado tan urgente. Las mil y una conjeturas que se hizo fueron las detonantes de que perdiera la concentración y dejara su relato en situación tan crítica para los personajes.

Todavía faltaban varias horas para que la conversación tuviera lugar, pero no hubo modo de seguir trabajando en lo que tenía entre manos hacía varias semanas. Le podía la inquietud y estaba ansioso de que llegara la hora en que se despejarían todas sus dudas.

El tiempo pasaba demasiado despacio, pese a que se dio un buen paseo por el barrio, notando que nada había cambiado desde que se había encerrado para escribir y no dejar de escribir sobre Piedad y sus andanzas por este mundo.

Saludó a varios de sus vecinos, quienes todavía se acordaban de él y le dieron saludos para M. También acarició la cabeza de varios perros que eran amigos suyos, y le restregaron el lomo, recuperando de esa forma ellos y él sensaciones que creían perdidas.

Al entrar a su casa se estremeció, nunca la había sentido tan sola y gélida como en aquel instante. Su mujer todavía no había llegado, y lo malo era que todavía faltaba mucho para que la llenara con su presencia.

Volvió a su escritorio e intentó trabajar, pero sin conseguirlo. Cada segundo parecía un minuto, cada minuto una hora y las horas nunca tenían fin. Vivió una eternidad en la que por su mente pasaron mil palabras, 10 mil imágenes y un millón de silencios.

que formaba su corazón a punto de volverse estrella. Le gustó esa frase y la escribió a mano en su cuaderno de las ideas perdurables que nunca haría públicas.

Subió al dormitorio y se hecho en la cama. En duermevelas soñó un sueño que se soñaba a sí mismo en el hueco de su corazón. Intentó agarrar el hueco y se estremeció al sentir sus manos frías en el centro de su alma.

Buscó con desesperación el reloj de su vida y halló las agujas torcidas en el laberinto que se bifurcaba en la oscuridad del infinito. Gritó y sonó a una burbuja estallando en el eco de un estremecimiento.

Sus manos se alzaron al cielo crispadas en el último suspiro de su respiración agitada. Abrió los ojos y allí estaba M, mirándolo desde arriba, la mirada interrogante y a la vez dubitativa. Se acercó y le dijo: “Tenemos que hablar”.

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