Empezó a escribir K antes que los afanes del día comenzaran a sepultarlo entre miles de hojas muertas cuya principal característica era el tiempo perdido en las ansias del acabamiento. Deseaba dedicarse a tareas más importantes, según él.
Se sentía realmente enterrado en ese tiempo inocuo de la dedicación perpetua y sin fin a lo intrascendente envuelto en la capa de lo sustancial. Él sabía que ese ejercicio tenía su correspondencia con la mitología griega.
Su labor era como la de las hijas del rey Dánao, por un lado, y el por el otro como la de Sísifo apunto de coronar su tarea. En ambos casos no lograba acabar un trabajo urgente cuando salía otro más urgente que el anterior y que necesitaba una prioridad absoluta.
El castillo, por entero el de Kafka, lo tenía aprisionado en cuerpo y mente. Bastaba un segundo de libertad para que la máquina empezara a funcionar de nuevo y tragara sus ilusiones, cada vez más perdidas, de integrar sus pensamientos en forma de letras, palabras, frases, párrafos y textos.
No era para tanto le decía M, y le decía bien. No era para tanto estar en un tiempo sin tiempo, en un tiempo perdido y jamás recobrado. Era cuestión de perspectiva, y la de su esposa era mucho mejor que la suya, de eso no le cabía la menor duda.
Ante todo se debía imponer la disciplina del realismo práctico, jamás la de un realismo mágico inventado por él mismo para satisfacción más propia que de extraños. Eso tenía sus reglas y debía aplicarlas de la mejor manera.
Era cuestión de supervivencia, de vislumbrase en tareas positivas, las que le tocaba hacer, desde el mismo ánimo propicio y propiciatorio de las que tenía arrinconadas, y que eran su ilusión guardada para el minuto exacto de su liberación.
Esperaba ese minuto con ansia y se apresuraba para tenerlo, pero no lo conseguía. Siempre había más en su escritorio, más y más que echarse a la cabeza y a las manos que eran su instrumento.
Se animaba a sí mismo, con esperanza y cada vez más hábil para ganar tiempo. Pero el tubo aumentaba su exigencia: expulsaba encomiendas perentorias con mayor premura. Se asfixiaba en ese acontecer diario de 1984.
Despertó K de ese sueño de pesadilla, a su lado M dormía plácidamente el sueño de los justos. Sudaba frío y se sentía desfallecer. Por suerte él no estaba en el pellejo del sí mismo soñado. Disponía de la libertad y del tiempo para escribir.
Se levantó, fue hacia su escritorio, puso entre sus dedos una pluma y empezó a narrar su sueño en un papel inmaculado. Llenó de esperanza soñó que soñaba que era él en la madrugada escribiendo bajo las estrellas.
Queridos lectores me despido de ustedes hasta después de las vacaciones, viernes 28 de julio. Les deseo lo mejor. Con afecto.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.